Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 43 Born for this
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BLAKE

A las seis en punto de la tarde recibí la llamada de Gianno, que daba el pistoletazo de salida a la misión.

—Todo listo, Blake.

Colgué, cogí el dispositivo de comunicación y me lo puse en la oreja.

Todos mis hombres estaban escuchando. Esta era una operación coordinada.

Debíamos mover la mercancía desde el almacén propiedad de los Gulio hasta el puerto, una vez que el cargamento hubiera pasado los controles de seguridad de la embarcación.

La primera parte estaba hecha. Gianno se había encargado de que el granelero atracara en el muelle antes de la hora prevista y el contenedor que debíamos plantar estaba preparado en la parte posterior de un camión conducido por Beto.

Yo estaba monitorizando la zona desde la sala de vigilancia de mi primo. En ese momento, el agente de aduanas estaba marcando los contenedores revisados. Cuando terminó, rellenó un documento y le dio a Carlo el albarán sellado.

—Giordano, ¿listo?

—Sistema hackeado. Cuando quieras.

—Gianno, empieza a hacer ruido.

—Voy.

Se escucharon los gritos de Gianno por el pinganillo y esperamos pacientemente a que el guarda que teníamos sobornado llamara al agente de aduanas para decirle que había alguien quejándose del trato recibido y este se marchara con él para aclarar la situación.

—Reinard, danos vía libre. —Ataviado con la chaqueta de una empresa de reparto y una gorra tras la que no se le veía la cara, como todos mis hombres, dio un vistazo a su alrededor y comprobó algo en su tablet.

—Os puedo dar diez minutos con seguridad. Luego no os prometo nada.

Miré el monitor al que mi primo me había dado acceso, controlando el perímetro, y comprobé que no había nadie a la vista. La idea era entrar y salir sin que se dieran cuenta y sin que quedara ninguna prueba de ello en las cámaras.

—Mete la grabación, Gio —di la orden—. Ahora.

Todas las pantallas se reiniciaron y nos devolvieron la imagen del puerto minutos antes. No podíamos verlos, pero escuchábamos sus movimientos.

—Listo —dijo Carlo tras cinco minutos eternos—. Espera. No cambies las cámaras todavía. ¡Stephano! —gritó.

—Carlo, habla más bajo —le pedí. Podía haber gente en los almacenes contiguos. Que no nos vieran, no significaba que no pudieran escucharlos ellos también. Había que hacerlo con sigilo.

—¿Qué está pasando, Carlo? —preguntó Reinard impaciente. Su hijo quizá estuviera en peligro.

Pasó otro minuto más. No sabíamos qué estaba ocurriendo.

—Hecho. Corta el bucle.

Cuando las cámaras volvieron a la hora actual, vi que el contenedor ya estaba escondido a plena vista en el almacén, marcado y listo para ser subido al granelero.

Un minuto después, el agente volvió disculpándose con Carlo por la espera y ordenó la acción de carga a la grúa.

—Beto, quédate allí hasta que el barco zarpe. A los demás os quiero en mi casa en una hora. —Corté la comunicación .

—Yo también me quedaré un rato vigilando, por si acaso —me dijo Giordano—. No seas muy dura con Stephano.

—Tranquilo, solo lo asustaré un poquito.

Subí a mi habitación, me duché y comencé a vestirme para la salida que había prometido a mis primos. Con un poco de suerte, los despistaría y acabaría en la galería de tiro.

Me puse un vestido negro corto y ceñido a mi cuerpo, y mis tacones de aguja.

Me dejé el pelo suelto y me maquillé un poco para tapar las ojeras.

Los chicos estuvieron en la mansión antes de que la hora llegara a término.

Rory les abrió la puerta y vi como Gianno y ella se miraban antes de poner su atención en mí.

—Acompañadme. —Pasamos al despacho de mi padre para tener intimidad—. ¿Qué ha ocurrido?

Carlo se veía inquieto. No quería delatar a Stephano traicionando a Reinard, pero si había habido un error, yo debía saberlo. Debía impedir que ocurriera de nuevo.

—Stephano no ha obedecido la orden de salida.

Lo miré. Llevaba con mis hombres cuatro años y nos entendíamos a la perfección.

Estábamos muy entrenados para captar los movimientos de los otros, pero enseñar a alguien desde cero nos iba a llevar tiempo.

Stephano todavía era inocente. Tenía ese brillo adolescente que nos hacía creernos invencibles. Bendita ignorancia.

En ese momento entendí a lo que mi padre se refería con la lealtad.

—¿Por qué lo has hecho, Stephano? —El chico estaba nervioso. Miraba a su padre y me miraba a mí intermitentemente—. ¡No mires a tu padre! —exclamé, tajante—. Mírame a mí. Aquí las preguntas las hago yo.

—Blake, te prometo que no se va a volver a repetir —intercedió Reinard—. Pide perdón, Stephano.

—Lo… lo siento —dijo compungido.

Gianno no había hablado, aunque todos sabíamos lo que estábamos pensando cada uno en ese momento.

—Quiero saber que has entendido lo que has hecho mal —me puse delante de Stephano, que era demasiado corpulento para su edad y me sacaba una cabeza—, y que, efectivamente, no se va a repetir porque si no…

ya sabes lo que tendría que hacer. —Dejé la frase inacabada.

Que lo interpretara como quisiera. La realidad era que no iba a hacerle nada y su padre lo sabía.

Vivíamos al margen de la ley, sí, pero entre nosotros nos respetábamos.

Solo quería meterle miedo para que no nos volviera a defraudar.

—Stephano, asiente si lo has entendido.

El chico asintió. A buen entendedor, pocas palabras bastaban.

Cuando salimos del despacho y mis hombres se dispersaron, me encontré a tío Agostino en la puerta, sosteniendo una taza de café.

—No te he preparado uno porque ya duermes demasiado poco —me dijo con toda la razón del mundo—. ¿Qué te traes entre manos, pequeña?

—El transporte para Sylvana —contesté sin dar más detalles. Él ya sabía a lo que me refería, pues lo habíamos tratado en una de nuestras reuniones.

—¿Has verificado los contactos?

—Sí, todo está en orden.

Mi tío me regaló una sonrisa.

—Lo estás haciendo bien, Blake. —Su mirada se entristeció—. Se nota la ausencia en la persona, pero no tanto en el regente —comentó, pensando en mi padre.

No podía haberme hecho mayor halago que equipararme con él, pero yo sabía que ambos lo añorábamos muchísimo en todos los sentidos.

—Tus hijos piensan que estoy obsesionada. Me han obligado a salir esta noche.

—Tienes que delegar más en tus hombres y en ellos. En unos años yo también me jubilaré y tendrán que estar preparados para llevar las riendas de todo lo que hemos construido.

—¿No echarás de menos ser el avvocato de la familia? —le pregunté.

Una vez que él se retirara, tendríamos que buscar a alguien que le sustituyera en esa área. Pese a que era yo quien había estudiado Derecho, los cargos de la famiglia no podían estar reunidos en una sola cabeza, y menos en la de su reinante. Ese sería un error garrafal.

—Te aseguro que no echaré de menos las intrigas, aunque siempre me tendréis para aconsejaros.

—Agostino era un hombre sencillo pero muy inteligente.

No ambicionaba ser el líder, prefería la retaguardia.

Siempre decía que más valía prevenir que curar—.

Lo que me recuerda que venía a hablarte de algo.

—Entremos —ofrecí.

Pasamos al despacho y nos sentamos en los sillones.

—Verás, ha llegado a mis oídos que el altercado de Roma no va a ser el último —se refería a lo ocurrido con los Léoni—. No sabemos quién lo ha hecho, pero los Spígola ya planean aprovecharlo para extender su jurisdicción de Sicilia a Roma.

No me extrañaba. Antes de abandonar Nueva York dejaron muy claro que eran enemigos acérrimos de los Léoni y que la muerte de Santos y Ricardo les había venido muy bien para sus propósitos.

En mi mente rondaban mil teorías sobre quién podía haberlos asesinado, pero no había llegado a ninguna conclusión.

—No tienen suficiente, ¿eh?

Mi tío dio un sorbo a su taza, hablando con calma.

—Nunca es suficiente para la gente ambiciosa y ese es su punto más débil.

—Pues les pilla un poco lejos —pensé en voz alta. Roma estaba a demasiadas millas de Sicilia como para controlar las dos ciudades .

—Tienen un clan aliado allí: los Pinazzo.

—Entiendo. ¿Y cómo nos afecta a nosotros?

—Quiero cortar lazos con ellos, pero no podemos aún. Otra de las condiciones que nos impusieron es seguir colaborando.

Hablaba del pacto que hicieron cuando a los Spígola les encargaron asesinar a esa persona tan importante para ellos.

—¿Por qué debemos tantos favores cuando tenemos tanto poder? —le pregunté extrañada.

—Porque no lo hemos tenido siempre y de eso va el juego.

Por supuesto. De eso mismo se estaban aprovechando ahora los Ricco.

—Tío, ¿quién es la persona a la que protegéis y por qué? Creo que tengo derecho a saberlo, ¿no? —reclamé.

—Tienes todo el derecho del mundo, Blake. Sobre todo cuando se te pide tanto a cambio, y lo sabrás a su debido momento.

—Ojalá me lo contarais, todo sería más fácil —me lamenté—. Al menos sabría el motivo por el que me estoy sacrificando.

—No eres la única que está sacrificando algo, aunque ahora mismo no lo veas —dijo, enigmático—. Si lo hemos tenido oculto durante más de treinta años es por una buena razón, te lo aseguro.

Ni siquiera podía empezar a explicar el daño que me hacían sus palabras. Bajó la mirada de nuevo a su taza para darle otro sorbo.

—¡Blake, nos vamos! —gritó Giordano desde la entrada.

—Tengo que irme.

Me levanté, pero él me cogió de la muñeca antes de salir.

—Ten cuidado —me pidió, mirándome a los ojos.

Por supuesto. Físicamente, lo tendría.

Pero mi corazón ya estaba roto en mil pedazos.