41 Oscuridad
BLAKE
El jueves por la mañana bajé a desayunar, móvil en mano.
Gianno estaba negociando con los Gulio el traslado de un cargamento que atracaría en el Puerto de Manhattan esa misma tarde.
Le dije que se llevara a Stephano, le vendría bien un apoyo y el hijo de Reinard tenía que aprender nuestros métodos a pasos agigantados si quería que contara con él en mi equipo.
Tío Agostino y yo habíamos establecido una rutina. Nos reuníamos varias veces a la semana para hablar sobre los negocios, como solía hacer con mi padre. Así intentábamos que no se nos escapara nada.
—Primita —me saludó Giordano, entrando al comedor delante de Cósomo.
—Buenos días —le devolví el saludo, pero, cuando fue a darme un beso en la cabeza, como cada mañana, aprovechó para quitarme el móvil de la mano—. ¿Qué mierda haces?
—Tienes que parar. Esto no es sano, Blake.
—Prima, no puedes seguir exigiéndote tanto.
En el fondo sabía que tenían razón, pero el trabajo era lo único que llenaba mi vida últimamente y tener la mente puesta en él me reconfortaba .
—Devuélvemelo ahora mismo —exigí.
—De eso nada, hasta que nos prometas que te lo vas a tomar con más calma.
Fueron pasándose el teléfono de uno a otro como si de un juguete se tratara. Eran insufribles.
—¡Devolvedme el móvil de una puta vez! —espeté harta de ellos.
—Si lo quieres, ya sabes lo que tienes que hacer.
—Darte una patada en el culo. —Me puse de pie.
—Estamos contigo, lo sabes, ¿verdad? —preguntó Cósomo.
—Siempre —dijo Giordano, solemne.
Resoplé y volví a sentarme, conteniendo mi arrebato.
—Estoy bien, ¿vale? Dejad de preocuparos.
—Blake, puedes delegar en nosotros, estamos aquí para eso.
Levanté una mano para quitarle importancia al momento.
—Ya hacéis más de lo que os corresponde.
Yo no tenía hermanos, pero tenía a mis primos, y era como si lo fueran. Podía asegurar que no se querían más entre ellos de lo que me querían a mí y que el sentimiento era mutuo.
Los tres formábamos un tándem inseparable. Nos habíamos defendido, regañado, aconsejado, consolado, peleado y perdonado tantas veces… durante toda nuestra vida. Por eso no me extrañó cuando se acercaron, rodearon la mesa y se sentaron uno a cada lado.
—Esta noche salimos.
—No tengo tiempo para eso, Cos. Tengo mucho trabajo.
—Vamos, piensa que estás cuidando de un negocio.
No vas al Lumière desde tu cumpleaños. —Esa afirmación dolió como un puñal en el corazón y supe que lo notó por la mueca que hizo—.
Nadie está cuestionando tus motivos, simplemente te pedimos que hagas algo más que vagar de un lado a otro buscando venganza.
Mi móvil comenzó a sonar y debía cogerlo.
—Si dices que sí, te lo devuelvo —declaró Giordano, viendo la oportunidad de que cediera.
—Si no me lo das ahora mismo, ¡te mataré! —Bien podía decirlo de verdad. Con esas cosas, uno nunca sabía cuándo se estaba bromeando.
—No serías capaz, me adoras demasiado —se burló mi primo.
—Dilo, Blake —me urgió Cósomo.
Malditos traidores.
—Vale, esta noche salimos. ¡Dame el puñetero móvil!
Giordano me lo tendió y lo cogí de inmediato. Era Gianno.
—El cargamento vendrá a las seis.
—Perfecto. Prepara la operación y avísame para coordinarla.
—Así lo haré.
Colgó. Solamente por mover esa mercancía nos íbamos a llevar un buen pico, aunque lo que transportábamos bien valía lo que íbamos a cobrar. Era droga.
—¿Sabemos algo más del agente del FBI? —pregunté.
—Nada, el muy cabrón es escurridizo. Ni siquiera conocemos su ubicación, pero Reinard está en ello.
—Se habrá esfumado como el fantasma que es —se burló Cósomo.
Seguíamos sin tener ni idea de por qué iba detrás de Palmiro, aunque seguramente la respuesta estuviera en sus negocios ilegales.
—¿Cuándo tienen los Inchenza la próxima subasta clandestina?
—La semana que viene, creo. —Frunció el ceño—. ¿Por qué?
—Para estar pendientes. Estoy segura de que ese tipo trama algo.
—Puedo hablar con Elio y tantearlo.
—No. Nadie debe enterarse. Dejemos que las cosas sigan su curso. —Si lo ocurrido llegaba a las familias sería un desastre para nosotros.
—De acuerdo.
—Giordano, ¿cómo vas con la carta?
—No tengo nada, Blake. He investigado todas las vías que se me han ocurrido, pero todavía no sé por qué tío Roberto te llamó «tesoro», ni a qué se refería con «la verdad».
—Quizá haya que mirar más allá de las palabras… —dijo Cósomo, pensando—. Buscar lo que no está escrito.
A mi primo y a mí siempre nos había gustado desentrañar rompecabezas. Era algo a lo que Giordano nunca prestaba atención. Nuestro juego. Me hubiera encantado ponerme yo misma a descifrar la carta, pero con todo lo que tenía encima no había tenido tiempo.
—Échale un vistazo, a ver qué encuentras.
—Haré mi magia, primita —dijo guiñándome un ojo.