40 Algo parecido a la felicidad
CÓSOMO
Me desperté con el peso de un cuerpo encima del mío y un ligero placer que hacía que me subieran por la espina dorsal miles de impulsos.
Abrí los ojos y me topé con una imagen tan erótica que mi erección estuvo a punto de explotar en ese mismo instante. Roma estaba comiéndome la polla con una cadencia delirante.
Atrapé su mirada somnolienta con la mía y el amor que vi reflejado en ella hizo que me estremeciera. Jadeé, abrumado por lo que me estaba haciendo sentir, y me deshice en su boca, con el deseo de despertarme así cada amanecer del resto de mi vida.
—Buenos días. —Subió hasta mí y unió sus labios con los míos, dejándome saborear mi propio orgasmo.
Nunca un beso me había excitado tanto.
—Buenos días, amor. —Miré la escayola de su brazo en la que había estampado para mi firma—. ¿Te duele?
El fin de semana en los Hamptons había sido desastroso, pero ya habían pasado tres días desde aquello y las aguas parecían estar más o menos calmadas.
—Apenas, pero si tienes un ibuprofeno, te lo agradecería.
Sonreí porque quisiera hacerse el fuerte conmigo. Le di un casto beso en los labios, pero él no me permitió alejarme.
—Voy a por él y continuamos con lo que estábamos haciendo .
Fui al baño, me lavé las manos y luego hice lo mismo con los dientes. Mi móvil comenzó a sonar y yo ya tenía una idea de quién era. Cogí la pastilla del mueble de las medicinas y me dispuse a salir corriendo cuando vi que Roma sostenía el teléfono entre sus manos.
—¿Qué coño haces? —Se lo quité sin miramientos y corté la llamada.
—No paraba de sonar, ponía «número desconocido», así que iba a contestar.
—¿Y qué ibas a coger el mensaje como si fueras mi puta secretaria?
—Podía ser importante para ti.
—Si fuera importante, volverían a llamar las veces que hiciera falta, joder, Roma. No te metas en mis asuntos.
—¿Tus asuntos? —Alzó una ceja.
—Sí, mi trabajo.
—Mira, me voy a duchar porque no sé qué puta mosca te ha picado esta mañana.
No quería portarme como un capullo con él, pero es que el del FBI no paraba de llamarme por teléfono. No sabía cómo cojones había averiguado mi número, pero cada vez que lo bloqueaba me seguía llamando desde otros números desconocidos.
—Espera, tómate la pastilla. —Se la tendí y la cogió de mala gana, yendo hasta el baño.
Me puse un pantalón y una camiseta. Fui a la cocina y le pedí a una de las empleadas que me preparara una bandeja con el desayuno.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —me preguntó Giordano, que ya bajaba las escaleras.
—He dormido con Roma. —Sonreí—. ¿Cómo está Blake?
Nos estábamos turnando para no perderla de vista porque, en cuanto nos despistábamos, salía de la mansión y no la veíamos durante todo el día. No sabíamos si comía, bebía o qué mierda hacía tanto tiempo fuera. Lo que estaba claro era que dormía poco y mal, y teníamos que hacer algo para ayudarla.
—Era de noche cuando salió a correr y todavía no ha vuelto.
—No puede seguir así, Gio. Ya ha adelgazado varios kilos, se va a consumir.
—Lo sé... —Suspiró—. ¿Y qué propones?
—Sacarla a la fuerza. Que llore, que grite, que rompa algo, joder.
—Señor, su desayuno —dijo Rory, tendiéndome una bandeja.
—Muchas gracias.
—Vale, déjame que piense algo —me pidió Giordano.
Cuando volví a la casita, Roma me esperaba en calzoncillos, con unas gotas de agua muy sexis en el pecho y el pelo aún mojado de la ducha.
—Te traigo una ofrenda de paz. —Dejé la bandeja encima de la cama y él se sentó a mi lado.
—Últimamente estás muy nervioso. ¿Qué te pasa, Cósomo?
—Estoy preocupado por el trabajo —mentí—. Por eso quería visitar los negocios hoy y asegurarme de que ninguna banda callejera nos los quite.
Compuso una mueca que no supe descifrar. Quizá no me creyera, pero no volvió a mencionar el tema.
—Vale, pues desayunamos y nos vamos.
Cogió su taza de café solo y sin azúcar. No sabía cómo podía tomarse esa asquerosidad. Hice lo mismo con mi café con leche y sacarina, y entablamos una conversación distendida, que continuamos durante el trayecto hacia la 59.
Después de hablar con los dueños de todos los negocios, pedimos unos pretzels de un puesto ambulante y paseamos por Central Park.
—Me flipan las pijadas que coméis por aquí, pero necesito una buena hamburguesa.
—Luego te llevo a un sitio que te va a encantar —comenté pensando en el restaurante Burger Joint—. ¿Hay algo que eches de menos de Roma?
—¿Aparte de a mi familia? No, no soy nada materialista.
Cogí la mano que no tenía escayolada y miró a su alrededor, supuse que por si alguien hacía alguna mueca de asco al ver a dos chicos juntos. Lo que él no sabía es que fulminaría a cualquiera que osara mirarle mal dos veces seguidas.
—¿Pudisteis verlos cuando estuvisteis allí?
—Sí, ya te dije que fuimos para la boda de tía Mérida, aunque acabara sin celebración.
—¿Se sabe algo más de ese tema?
Paró tan de repente que un ciclista que iba detrás tuvo que esquivarnos.
—¿Por qué haces tantas preguntas?
—Porque parece que hay que sacarte la información con sacacorchos.
Ladeó la cabeza, observándome con cautela.
—Mira quién habla —me espetó, lanzando la bola a mi tejado, y cedí para suavizar la conversación.
—¿Te apetece que nos tomemos algo?
—Venga —accedió.
Volví a cogerlo de la mano y esa vez no se resistió. Lo llevé hasta Columbus circle, nos sentamos en una terraza, pedimos dos cervezas y retomé la conversación.
—¿Has decidido si vas a ir a la universidad?
—No sé si es la decisión correcta.
—Incluso Álex te animó. Teniendo a tu familia de tu parte, ¿por qué sigues dudando?
Dio un sorbo a su cerveza antes de contestar.
—Me siento bien haciendo mi trabajo. Para mí no es ninguna carga, al contrario, lo disfruto.
—Ambas cosas son compatibles —afirmé. Yo pensaba lo mismo.
—No lo entiendes. Hay una parte de mí que no conoces. Una parte muy oscura.
—Sé de qué familia provienes. Ya lo había supuesto. —Sonreí—. Además, yo tampoco soy ningún angelito, Roma.
Frunció los labios.
—Me gusta mucho Nueva York y me gustas mucho tú.
—Tú también me gustas —musité—. A veces creo que demasiado para mi propio bien.
Saqué unos pequeños prismáticos de mi bolsillo, ya que no nos habíamos sentado en aquella terraza por casualidad. Roma me miró como si me hubieran salido dos cabezas.
—¿Qué estás haciendo?
—Mi trabajo.
—¿Tu trabajo es mirar a la gente como un acosador?
Solté una carcajada.
—El dueño de la carnicería me ha dicho que ha escuchado rumores de que están trapicheando en esta calle sin nuestro permiso.
—Te encanta meterte en líos.
—Me gusta estar alerta, pero pasando desapercibido.
—Claro, porque ahora mismo no llamas nada la atención —se burló.
—¿Cuándo es tu cumpleaños, Roma?
—Eres único para cambiar de tema, te lo juro. —Dio otro sorbo a su cerveza—. ¿Por qué estás tan preguntón hoy?
—Quiero saber más de ti.
—Mientras espías.
Me encogí de hombros.
—No me gusta perder el tiempo.
—Le encantarías a mi hermana Isabella —Rio—. El quince de febrero.
—Muy cerca de San Valentín, tendré que esforzarme el doble.
—Hablas como si fuéramos a estar juntos dentro de cinco meses.
Bajé los prismáticos y lo miré pasmado.
—¿Es que vamos a cortar antes y yo no me he enterado?
—Que yo sepa no, pero nadie sabe lo que va a pasar en el futuro, así que solo podemos prometernos el presente.
Alcé una ceja. Para mí, en ese presente del que él hablaba lo éramos todo y no tenía intención de que aquello cambiara.
—Te agradecería que me informaras cuando quieras dejarme.
—Lo mismo te digo. —Sonrío canalla—. ¿Y tu cumpleaños?
—El cuatro de enero. Fui el perfecto regalo de año nuevo para mis padres.
Apoyé un codo en la mesa y disimulé mientras volvía a mirar por los prismáticos. Mis ojos estaban clavados en la esquina de una tienda de comestibles, donde un chico le daba la mano a otro y luego se la metía en el bolsillo.
—¿Pasa algo?
—Creo que un tipo ha intercambiado una papelina por dinero.
—¿Y? —volvió a preguntar.
—Es tráfico menor. —Nosotros distribuíamos la droga de la farmacéutica de los Gulio al por mayor y ellos se encargaban de colocársela al consumidor final, así que no tenía ni idea de quién era ese tipo—.
Las bandas suelen pagarnos una cuota por dejarles trapichear en nuestro territorio, aunque sabemos que hay gente que se queda fuera de nuestro radar y mi misión es evitarlo.
—Parece que vuestro sistema tiene algunas fisuras. —Se lamió los labios mojados por el líquido dorado, tan sensual que quise ser yo quien sorbiera cada gota de su boca.
—¿Y vuestro sistema no?
—Nosotros no vamos vendiendo por las calles, son ellos los que van a la fuente.
Mi curiosidad estaba revolucionada.
—¿Cómo lo hacéis? ¿Por dónde transportáis la carga? Tenemos todos los puertos controlados entre las cinco familias .
—No sé por qué crees que voy a revelarte nuestros trucos.
En ese momento atisbé algo de la oscuridad que había mencionado y me di cuenta de la seguridad que desprendía.
—¿Ni siquiera si te soborno con una mamada?
Reprimió una sonrisa.
—Mis labios están sellados.
—¿Te he dicho alguna vez que esa actitud tuya me pone muy cachondo?
Se terminó la cerveza del tirón y dejó un billete de veinte encima de la mesa.
—¿Vamos al baño?
Abrí mucho los ojos y no me lo pensé dos veces antes de contestar:
—Te sigo.