39 El despertar
Al día siguiente, en Roma.
ISABELLA ESCALANTE
Anna Fratello Beligio nació un veinticinco de agosto y pesó tres kilos ochocientos gramos.
Tenía las mejillas regordetas, unos ojos tan azules como los de Livia y una pelusa de pelo rubio de lo más graciosa.
Me recordó tanto a mi sobrina Daniela que casi me parecía haber retrocedido en el tiempo y estar viendo su carita por primera vez...
Pero Anna también me recordaba a cómo imaginaba yo al bebé que perdí y tuve que morderme el labio para contener el grito desgarrador que amenazaba con escapar de mi garganta.
—Es una niña preciosa.
—A Giovanna le hubiera encantado estar aquí hoy —dijo Livia entre lágrimas.
Mi cuñada siempre estaba presente en nuestros pensamientos, en el aire que respirábamos, formando parte de nosotros. No supe por qué pronuncié aquellas palabras, pero salieron del fondo de mi alma.
—En cierto modo, lo está.
—¡Oh, cállate! Estoy muy sensible últimamente y lo odio —exclamó, limpiándose las lágrimas, cuando sus padres entraron en la habitación.
Se deshicieron en halagos con su nueva nieta y luego se dirigieron a mí.
—¿Cómo están Alessio y Daniela?
—Siguen aguantando. Málaga les sienta bien — mentí. No quería entristecer a los Beligio en un día tan feliz—. Voy a salir un momento. Ahora vuelvo.
Salí al pasillo para dejarles intimidad y llamé a mi hermano. Tardó unos segundos eternos en cogerlo, algo raro en él.
—Tenemos una nueva sobrina y no te imaginas lo bonita que es.
—Me alegro mucho, Isabella.
Aless era muy reservado, nunca se alteraba. No quería que yo me enterara de nada que le pasara porque siempre intentaba protegerme, pero ese tono de voz lo conocía a la perfección y me puso inmediatamente en alerta.
—¿Qué ha ocurrido?
Su suspiro traspasó la línea. Escuché el golpe de un cristal contra la mesa. Estaba bebiendo y él no solía ahogar sus penas en alcohol. Nunca.
—Elena ya es historia.
—¿La has matado?
—No, joder, qué bruta eres. —Le saqué una carcajada que me hizo sentir algo mejor—. Me ha dejado.
—Esa chica era un entretenimiento, se iba a acabar tarde o temprano. Dime lo que te ocurre de verdad.
Tomó aire antes de hablar.
—Esta mañana he tenido que ir por Daniela al colegio, esos mocosos le están haciendo la vida imposible, Isabella.
Apreté los dientes con rabia. Mi sobrina era dulce, inteligente y muy despierta para la edad que tenía, pero eso no hacía que sufriera menos.
—Temo que no sepa defenderse, pero tampoco quiero que sea como nosotros.
Necesito mantenerla alejada de nuestro estilo de vida, por eso estamos en Málaga.
—Escuché cómo daba un trago a su copa. Quizá mi hermano y yo fuéramos unos ilusos, porque podíamos irnos a Nueva York, a España o donde fuera.
Podíamos encerrarnos tras un muro y creernos intocables.
Daba igual lo que hiciéramos, dónde fuéramos o por cuánto tiempo lo hubiéramos intentado porque, por mucho que nos alejáramos, el destino siempre acababa encontrándonos—. Menudo jodido día de mierda.
—Los hemos tenido peores. —Lo animé, o al menos eso pretendía. Nunca había sido muy buena haciendo sentir mejor a los demás—. Dani va a estar bien, yo misma descuartizaré a los que se meten con ella en cachitos muy pequeñitos.
Soltó una corta risa que me estrujó el corazón.
—Vuelve pronto, ¿vale? —Hubo un ruego en su pregunta—. Puedo soportar cualquier tortura en esta vida menos el dolor de mi hija.
El silencio se hizo en la línea. Tantos silencios cargados de palabras que entre nosotros no hacía falta pronunciar.
—Lo haré.
—Mándame una foto de nuestra sobrina, seguro que Dani se alegra de conocerla.
—Cuenta con ello. —Endurecí la voz de nuevo cuando vi a Julien intentando esquivar a los paparazzis—. Te dejo, que tengo visita.
—Asegúrate de que te vean, eso dará mucho que hablar.
—La misión de mi vida —ironicé.
Salí a recibir a Julien, que me saludó dándome un beso en la mejilla.
La prensa nos hacía fotos y me preguntaban por la niña y por Livia. Todos esperaban que Mérida y Alfredo hicieran acto de presencia de un momento a otro, como si se tratara de la realeza de Roma.
—Me alegra que me hayas llamado. —Me tomó de la cintura y entramos juntos en el hospital.
La verdad era que estaba guapísimo, con unos vaqueros rotos y una camisa negra que se ajustaba perfectamente a ese cuerpo esculpido en mil horas de gimnasio. Por un momento deseé que provocara algo más en mí que el simple reconocimiento de esa belleza.
—He pensado que ya que estaba por aquí, podíamos charlar un rato.
Julien era la distracción perfecta. Solamente mi hermano sabía de mi relación pasada con él y ahora los paparazzis se estarían preguntando qué hacía aquel modelo tan famoso en el hospital y conmigo.
—Nada me gustaría más —dijo sensual cuando Xesco apareció de repente haciendo que mi sonrisa se congelara.
—¡Te voy a poner un cascabel! ¿Se puede saber qué coño haces aquí?
Él esbozó una mueca presuntuosa.
—Me he enterado del nacimiento y he venido a felicitarte. —Noté el efecto de su voz, áspera y sexi, en el vientre.
«Jodido Xesco».
—Podías haberme mandado un mensaje.
—Puede que también necesitara verte.
Obvió decir que nos habíamos visto cada noche desde que pisé Roma. Le dediqué una mirada asesina.
—Eres gilipollas, Xesco. Te juro que te odio con todas mis fuerzas.
—Yo también te odio, Reina de Hielo.
—¿Quién es este tío, Isabella? —Me había olvidado completamente de Julien.
—Mi marido —contesté sin dejar de mirarlo.
—¿Tú qué?
—Oye, capullo, ya puedes irte por donde has venido —dijo Xesco a mi acompañante, que se adelantó un paso.
—Mira, no sé lo que está pasando aquí, amigo, pero eso no va a ocurrir. Bella y yo tenemos planes.
Xesco resopló con fastidio y, en un rápido movimiento, aprisionó a Julien contra la pared y colocó el antebrazo en su cuello.
—Vete o acabo contigo.
Me crucé de brazos. ¿Pero es que este hombre lo solucionaba todo matando?
—¡Suéltame! ¿Estás loco?
—He venido por ella y tengo muy claro que va a irse conmigo, así que más vale que te largues de una jodida vez.
Los gritos de Julien alertaban a todo el que pasaba por allí, sin embargo, la voz de Xesco era apenas audible.
Su sola presencia intimidaba. La gente nos miraba y varias personas se acercaron para intentar separarlos.
Lo que no entendían era que a mi marido nadie le obligaba a hacer algo que no quisiera. Nadie salvo yo.
—Venga, déjalo en paz ya.
—Da gracias a que te permito salir vivo de aquí —lo amenazó mientras lo soltaba.
Julien ni siquiera me dijo adiós, salió corriendo despavorido. Si Aless quería que le diera material jugoso a la prensa, lo había conseguido con creces. La gente comenzaba a dispersarse mientras nosotros nos acercábamos de forma deliberadamente lenta.
—¿Qué hacías con ese tío?
—No es de tu incumbencia.
—Yo juraría que sí. Aún tengo tu olor en mi piel, Isabella.
Recorrí su boca con la mirada y tragué saliva.
—Guárdalo como un tesoro, porque cuando nos separemos se acabará la tregua.
—Necesitaré mucho más de ti para saciarme. —Nuestros alientos ya se entremezclaban.
—Pensaba que te habías ido —le decía lo mismo cada día. Al parecer, había dejado una misión a medias y tenía que volver, pero nunca lo hacía.
—Puede que lo haga hoy.
—Puede que me parezca bien.
Negó con la cabeza y confesó:
—En realidad, no pienso ir a ningún sitio mientras tú estés aquí.
—¿Por qué? ¿Temes por mi seguridad?
—Solo tememos a lo desconocido, ¿no?
Yo también negué con la cabeza y fruncí los labios.
—Ya no tengo más excusas para continuar en Roma.
—Habrá que aprovechar el tiempo que nos quede —afirmó con su boca a escasos milímetros de la mía.
—¿Qué voy a hacer contigo?
Un suspiro de anhelo llenó el espacio que nos separaba hasta que él lo acortó.
—Seguir odiándome hasta que me entierres.