Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 38 Si tú me vieras
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38 Si tú me vieras

BLAKE

—¡Eres idiota, Blake! ¡Una jodida idiota! —me decía Roma una y otra vez, hasta que Cósomo tiró de él y colocó las manos en sus mejillas.

—Mírame, Roma. ¡Ya basta!

—¿Y si se mata por el camino? Va como un puto loco con la moto, Cósomo. —Contemplar esa posibilidad hizo que me dieran unas ganas tremendas de vomitar.

No debería haberle echado en cara que se hubiera ido, no era justo para él, pero no sabía de qué otra forma apartarlo.

Se me hacía muy difícil resistirme y más cuando su acento, increíblemente sexi, me acarició la piel, recordándome aquella sensación tan familiar que ni siquiera sabía que necesitaba.

Y ese beso, todo lo que me había hecho sentir... Fue puro fuego.

—Tranquilízate, Roma, por favor.

—No puedo, ¡tú no lo conoces como yo!

Pensé que Romano se echaría a llorar en cualquier momento, porque incluso yo tenía ganas de hacerlo al ver su desesperación, pero lejos de amilanarse, le dio un puñetazo a la pared y los nudillos le crujieron con tanta fuerza como si se hubieran roto.

—¡Joder! —rugió y se sujetó la mano con un gesto de dolor.

—¡Maldita sea, Roma! ¿Qué coño haces?

Los gritos de dolor tuvieron que alertar a todos nuestros amigos, porque comenzaron a salir en tromba de la casa, parapetados con sus armas.

«Dios, si es que éramos una panda de locos» .

—¿Qué ha pasado? —preguntaron unos cuantos a coro.

—Necesitamos que alguien nos lleve al hospital —dijo Cósomo cogiendo a Roma por los hombros.

—Vamos, yo os llevo —se ofreció Matteo, y Zia fue con él.

—Te estás equivocando, Blake —me dijo mi primo, pasando por mi lado hacia el vehículo.

Hubiera querido contestarle que la decisión de su novio de descargar la rabia contra una pared no había sido cosa mía, pero intuía que ese golpe hubiera preferido dármelo a mí, porque le había hecho un daño irreparable a su hermano, aunque el dolor no se viera a simple vista.

—He hecho lo mejor para él, aunque todavía no lo sepa —contesté, refiriéndome a Álex.

Había sido muy cruel, le había dicho cosas que no sentía para herirlo y que se alejara de mí.

Y me había costado la misma vida hacerlo, porque la realidad era que no quería que se alejara.

Lo necesitaba. Pero él y yo... no estábamos destinados a ser un «para siempre», solo para un tiempo. Y ese tiempo ya había pasado.

—¿Qué estabais haciendo aquí fuera? —preguntó John.

—He salido a fumar.

—¿Y el otro panini ? ¿Dónde está?

—No seas despectivo, por favor.

—¿Acaso te importa cómo me refiera a él?

—Si lo odias tanto, no sé para qué lo has invitado —me quejé.

—Lo he invitado para ver cómo interactuabais y claramente me has fallado, Blake.

—¿Así que eso pretendías? ¿Ponerme a prueba?

—Nos jugamos mucho con esta boda y lo único que te pido es que me respetes, por favor —susurró para luego gritar—: ¡Venga, todos dentro! Ya está la cena.

—¿Vamos? —Fiorella se acercó a mí y entrelazó su brazo con el mío.

—Ve tú primero, ahora te alcanzo .

Me dio un beso en la mejilla y se marchó con Carrick. No volví dentro. No podía. Necesitaba respirar un aire que no encontraba.

Minutos después, alguien me rodeó con sus brazos y supe quién era al instante, pues poseía el olor de mi hogar. Me recosté sobre su pecho y dejé que las lágrimas resbalaran por mis mejillas hasta mojar su camiseta.

—Todo irá bien, Blake. Te lo prometo.

—No es verdad, nada va a ir bien. Ni mi boda con John, ni la vida sin mi padre. Nada.

—Shhh —me consolaba—. No te preocupes, yo lo arreglaré.

—¿Cómo puedes estar tan seguro, Giordano?

—Porque haré todo lo que esté en mi mano para que así sea y no pararé hasta conseguirlo.

Sabía que lo decía para reconfortarme pues, lamentablemente, ninguna de esas cosas estaba en nuestras manos. Pero sentí alivio en el pecho al compartir la carga con él y eso me dio cierta paz.