37 Si tú me miras
ÁLEX
El rubito estaba pendiente de lo que ocurría entre nosotros y yo no estaba dispuesto a delatarme ni a dejarla a ella en mal lugar, porque sabía que ese era el motivo por el que se alejaba de mí, así que intentaba no mirarla demasiado al responder, pero a veces era imposible.
Cuando terminó el interrogatorio, alguien propuso pedir sushi a domicilio. ¿Se podía ser más pijo? Me recosté en el asiento. Estaba seguro de que ninguno me quería realmente allí, ni siquiera Blake. No era uno de los suyos, nunca lo sería y eso había quedado claro aquella noche.
Vera intentaba sacarme conversación, se acercaba cada vez más a mí y yo la correspondía, sabiendo la reacción que estaban provocando mis actos.
—Mientras viene la cena, voy a tomar el aire. —Blake salió del salón como si no soportara más vernos juntos.
Me atraía como un imán, así que me disculpé con Vera y fui tras ella, como un puto kamikaze. La alcancé mientras abría la puerta de un coche que reconocí como el de sus primos. Era un Honda SUV negro.
Ella percibió mi presencia y se volvió. Nos retamos con la mirada .
—¿Dónde vas? —me atreví a preguntarle. Aunque, joder, no sabía cómo podía estar arrastrándome ante ella después de todo lo que me había dicho.
—A coger un cigarro. —Cerró la puerta del coche y lo encendió de forma tan sugerente que también me prendió fuego a mí—. Sigue con lo que estabas haciendo, se te veía muy entretenido.
—¿Estás celosa?
—¿Es eso lo que quieres? ¿Darme celos? —Dio una calada profunda—. ¿Qué buscas en realidad, Álex?
Me apoyé en el capó, metí las manos en los bolsillos de mi pantalón e intenté hacerme con el control de la situación.
—Te dije que la conversación no había terminado. ¿Qué te parece si me cuentas de qué coño vas?
—No sé a qué te refieres. —Expulsó el humo desviando la mirada. No me lo iba a poner fácil.
—Lo sabes perfectamente —insistí. Suerte que me gustaban los retos—. No tengo interés en remover la mierda, no soy tu puto perrito faldero, pero me debes una respuesta sincera.
Bufó sin ganas.
—No te equivoques, yo no te debo una mierda. Solo hemos sido un rollo, Álex —espetó, mintiéndome a la cara—. Estuvo bien mientras duró, pero no iba a ser eterno. La gente como tú y como yo no dura tanto.
—¿Solo un rollo? —Me incorporé, quitándole el cigarro. Lo tiré al suelo y me encaré con ella—. Pero ¿quién cojones eres y dónde está la Blake que conocía?
—Esa ingenua murió con mi padre —afirmó hiriente.
—¿Crees que puedes desaparecer de mi vida sin más? ¿Sin una explicación? —la desafié y ella enarcó las cejas.
—¿La misma que tú me diste cuando te fuiste a Roma?
Touché . Era verdad que yo la dejé en el peor momento posible, pero no fue algo que dependiera de mí.
—Me despedí de ti.
—¡Claro! —me gritó—. ¡Cuando había una maldita bomba en el maldito el coche!
—¡Hay situaciones que son más grandes que nosotros, joder!
Me giré para calmarme. No quería explotar con ella. Respiré hondo. Era una puñetera cabezota.
—¿Por qué te fuiste, Álex?
Suspiré y pensé hasta dónde podía contarle.
—Solo puedo decirte que tenía que ir a por mi cuñada. No estaba segura allí —expliqué finalmente, dándole unos segundos para que también pensara lo que iba a decir a continuación. No sabía por qué cada conversación con ella me parecía decisiva.
—¿Qué ocurrió en Roma? Nunca me has contado por qué vinisteis a Nueva York.
Claro que no. Porque yo no hablaba de esa época de mi vida. La tenía enquistada y formaba ya tan parte de mí como mi piel, mis huesos y mis entrañas. Y mucho menos podía hablar de lo que teníamos que hacer aún. Volver para terminar el trabajo. Acabar con el resto de los Léoni.
—Tú tampoco me has contado por qué vas a casarte con él si no estás enamorada.
Esbozó una sonrisa dolorosa, pero detrás de esa expresión que me hizo sentir la persona más miserable del mundo, vi a la mujer que me había robado el corazón antes incluso de saber lo que significaba.
—Porque, como acabas de decir, hay situaciones más grandes que nosotros —contestó por fin, retirándose más de lo que me hubiera gustado.
Acorté la distancia que me separaba de ella y la pegué a mi pecho. No iba a permitir que se alejara. Quería tenerla a mi alcance mientras pudiera y ella lo aceptó.
—Me hiciste creer que sentías lo mismo que yo —me delaté—. ¿Por qué?
—No deberías hacer preguntas si no estás preparado para aceptar las respuestas. —Movió la cabeza, incapaz de aguantarme la mirada, pero no se lo permití.
—Me niego a creer que ese sentimiento haya desaparecido de un día para otro —susurré—. ¿Tan frágil era lo que teníamos?
Me dio un repaso desde los ojos hasta la boca. En ese momento no pude discernir si me odiaba o me deseaba.
—¿Lo que teníamos? Solo fueron cuatro besos y una noche de sexo. No le des tanta importancia.
Negué con la cabeza. Ya no quería más respuestas vagas ni más excusas. Solo quería un último beso que probara que no me había equivocado con ella. La última oportunidad de saber que sentía lo mismo que yo.
—No hagas eso, Blake. —Acuné su cara entre mis manos—. Ya nos has roto a nosotros, no destroces también los recuerdos.
Y estrellé mis labios con los suyos. Uní nuestras lenguas y asolé su boca. Primero, alimentando la llama, encendiendo la hoguera de mi interior y, luego, consumiendo todo el fuego a su paso.
Ella dejó los brazos caídos. No me devolvió el beso como sabía que podía hacerlo. Como me había demostrado tantas veces antes.
—¡Devuélvemelo! —casi ordené, acariciándole el cuello. Mis palabras sonaron duras en contraste con el suave gesto—. Sabes que lo deseas tanto como yo.
Respirábamos agitadamente.
—¡Maldito seas, Álex! ¡Qué difícil me lo pones! —Flaqueó y me devolvió el beso con ganas, con fuerza, con ímpetu.
Me demostró lo que realmente sentía con sus actos, y entonces entendí que sus palabras anteriores no eran un reflejo de lo que habitaba realmente en su interior: un jodido incendio.
Me vi sorprendido por sus movimientos rápidos y frenéticos. Cogió la parte baja de mi camisa. Unos centímetros más y estaría rozando mi piel. La tomé por los muslos y la alcé apoyándola en el capó. Puso las piernas alrededor de mis caderas y me pegó a su cuerpo sin dejar de besarme.
Me recreé con su beso. Me chupaba el labio con un ansia desmedida. Acarició mi lengua y la mordió, mezclando su aliento con el mío, sus ganas con las mías, su pasión con la mía.
Todo volvió a encajar en su lugar hasta que se retiró empujándome. Cuando abrió los ojos, su mirada era fría de nuevo.
—¡Esto no puede ser! ¡Me voy a casar con un hombre que no eres tú! —exclamó lacerante.
Una paliza no me hubiera resultado más dolorosa que esa afirmación. Me sentí como un imbécil.
—¿Que no puede ser? ¡Esta mañana estabas dispuesta a follar y me acabas de besar, joder! —grité frustrado—. ¿Cómo te atreves a decir que no puede ser? —me enfrenté a ella y bajé el tono de mi voz—. ¿Cómo puedes dejar siquiera que otro hombre te toque?
No mudó su dura expresión. En cambio, se acercó deliberadamente a mí y se quedó a pocos centímetros de mi cara.
—Solo quería que tuvieras un bonito recuerdo de mí.
«¿Qué cojones...?».
—¿Qué he sido para ti, Blake? ¿Tu puto juguete? ¿Solo una persona con la que entretenerte antes de unir tu vida con la de otro tío?
—No entiendo por qué te molesta tanto. Ha sido divertido, ¿no? —Se cruzó de brazos—. Sigue con tu vida, Álex. Es lo mejor para todos.
—Quieres puta indiferencia, ¿no? ¿Eso es lo que quieres? ¿Mi desprecio?
Compuso una sonrisa maliciosa que me atravesó el corazón.
—No creas que me importas lo más mínimo como para querer algo de ti.
Gruñí enfurecido. Era altiva, terca e impaciente, pero no la cambiaría por nada del mundo. Yo no era diferente. Incluso habiéndome rechazado, ahí seguía, reclamándole un amor que ya no estaba seguro de que sintiera.
—¿Qué está pasando aquí?
Roma y Cósomo se acercaban chorreando agua a su paso. Ni siquiera habían cogido una toalla.
—Muy bien —dije, convencido. No quería que mis siguientes palabras sonaran a despedida, pero lo hicieron—. Me largo de aquí.
Mi hermano me agarró del brazo.
—Álex, espera. No estás para conducir ahora mismo.
—Te vienes o te quedas, tú decides, pero no me digas qué cojones puedo o no hacer, Roma.
Estaba claro que no podía venir en la moto tal y como estaba en ese momento y yo no pensaba esperar a que se secara y se vistiera, así que me largué sin mirar atrás.
Sabía que lo dejaba en buenas manos con Cósomo y yo necesitaba desfogar la adrenalina o iba a liarme a hostias con todo el puto mundo aquella noche.