Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 36 A la deriva
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36 A la deriva

BLAKE

Propuse a las chicas dar una vuelta por la costa en el velero de John.

Después de la pelea, Martia y Giordano se encerraron en la habitación y Vera, algo ofuscada, declinó la oferta alegando que prefería estar sola.

A ella le gustaba Fredo, y que él no le hiciera el más mínimo caso la tenía muy triste.

Así que solo quedamos Fio, Zia y yo, porque a Scarlett evidentemente no le dije que nos acompañara. A mi cuñada no le caía muy bien, nunca había comprendido el porqué, aunque, siendo sincera, no me importaba en absoluto.

Eché el ancla y dejé el barco fondeando en el océano mientras tomábamos el sol en la cubierta.

—¿Por qué creéis que John ha invitado a los Cabante? —preguntó Zia.

—Roma es el novio de Cósomo, es lógico —contestó Fiorella.

—Sí, pero el otro no. ¿Por qué ha venido él?

—¿Y a ti qué más te da? Yo me alegro de que lo haya hecho, es una alegría para la vista.

—¡Fio, que tienes novio! —La reprendió Zia.

—¿Y qué? Sigo teniendo ojos en la cara y el chico está buenísimo, ¿o no, Blake?

—No está mal —contesté, recostada en mi toalla.

—¿No está mal? Está para hacerle un monumento de saliva.

—Dios, qué asco —se quejó Zia.

—Y ese aire misterioso que se gasta —continuó Fiorella—. Tiene un polvazo, claramente.

—¿Sabes por qué se mudaron a Nueva York? —preguntó Zia.

Me incorporé y rodeé mis piernas con los brazos.

—¿Por qué debería saberlo?

—Tú eres la que más los conoce, Blake.

Menos mal que llevaba las gafas de sol, porque mis amigas podían descifrar en mis ojos lo que ocultaba con la voz.

—Apenas hemos cruzado unas palabras, no he tenido oportunidad de averiguarlo.

Vi cómo se miraban entre ellas. No tenían ni idea de lo que Álex y yo habíamos compartido y así seguiría siendo. ¿Para qué contar algo que había acabado incluso antes de empezar?

—Matteo y yo estamos planeando las vacaciones de Navidad. Puede que vayamos a Costa Rica, ¿qué os parece?

Contesté a mi amiga entusiasmada y continuamos con la conversación, hablando de ellos, de Fio y Carrick e, inevitablemente, de John. No había mucho que pudiera añadir sin delatarme, así que les comenté que nos iba bien y propuse volver a la casa, ya que el sol comenzaba a ponerse por el horizonte.

Uno de los empleados se encargó del amarre.

Fui hasta la habitación que compartía con John, me duché y me puse un vestido negro.

Cuando salí, ya había empezado a refrescar y todos se habían metido dentro de la casa.

Solo Cósomo y Romano se quedaron en la piscina y prefería no saber lo que estaban haciendo.

Me senté al lado de Giordano. Poco después, Fredo se acercó a él y le tendió la mano.

—Más te vale cuidarla.

—No me amenaces, Fredo, o te mataré.

Ambos sonrieron y se dieron un abrazo sentido. Me fijé en Vera, que se estrujaba la parte baja del vestido en un gesto nervioso. Lo estaba pasando mal, sin duda .

El silencio se hizo cuando Álex llegó. Había conseguido rehuirle toda la tarde, pero allí estaba de nuevo. ¿Tenía que entrar en la habitación como si fuera el puto dueño de todo?

Estaba guapísimo. Se había puesto unos vaqueros estrechos y una camisa negra. Parecíamos ir a juego y estaba segura de que lo había hecho a propósito.

Álex poseía una belleza salvaje, indómita. Nada que ver con el estilo elegante y sobrio de John. Sus rasgos eran fieros y, sus ojos, tan azules como el mismísimo océano, se posaban en mí y me recorrían de arriba abajo, escrutándome sin ningún pudor.

Todos estábamos en los sofás, alrededor de la mesa, y me extrañó que fuera John quien lo invitara amablemente a sentarse con nosotros.

Él lo hizo al lado de Vera y ella, lejos de intimidarse ante su presencia, como me ocurría a mí, se creció y comenzó a charlar distendidamente con él.

Álex tardó unos minutos eternos en volver a mirar en mi dirección y supe que vio reflejado en mis ojos algo muy parecido a los celos cuando sonrió socarrón.

Al verlo más receptivo, los chicos intentaron sacarle conversación, pero él seguía pareciendo tan fuera de lugar entre nosotros que me dieron ganas de abrazarlo.

—Roma debe de ser muy diferente a esto, ¿verdad? —preguntó Carrick, compresivo. Era el único por el que no corría sangre italiana.

—Sí, pero mis hermanos y yo somos bastante cosmopolitas. Se nos dan bien los cambios, aunque no nos gusten demasiado.

—Os habéis adaptado muy bien, de eso no cabe duda —dijo John con desdén—. ¿Cuánto tiempo pensáis quedaros por aquí?

—Aún no lo sabemos.

—¿Y por qué vinisteis?

—No me gusta hablar del pasado, prefiero mirar al presente. Cada día es una nueva oportunidad.

Me daba rabia la altanería con la que le hablaban, aunque Álex no necesitaba que nadie lo defendiera. Mostraba un control absoluto en sus respuestas y una calma que estaba segura de que era innata en él.

—De todas formas, supongo que querréis volver a Italia pronto, ¿no? —Ya solo era John el que preguntaba.

—Ahora mismo no entra en nuestros planes. —Me miró a mí directamente cuando respondió—: Queremos aprovechar todo lo que nos ofrece Nueva York.

Me mordí el labio y sentí cómo mi corazón rebotaba una y otra vez contra mi pecho. No soportaba tenerlo cerca y no estar con él porque, por mucho que me jodiera admitirlo, era una persona importante para mí.

Puede que por eso hubiéramos estado a punto de besarnos aquella mañana. Y quizá por eso no había opuesto resistencia cuando tiró de mi mano hacia su habitación. Porque muy en el fondo, y aunque no cesaría en mi empeño, sabía que Álex y yo éramos inevitables.