34 La tortura
BLAKE
Antes de que me diera cuenta, estaba rodeada por todos nuestros amigos y no pude evitar pensar que la vida debía ser eso. Salir, entrar, divertirnos. Éramos unos críos jugando a ser mayores, cuando apenas contábamos entre todos una vida entera.
El más mayor, Elio, tenía veintisiete años.
La más pequeña, Scarlett, dieciséis. Debíamos hacer exactamente eso a nuestra edad.
Y, aunque yo escogía la mafia cada día, debía admitir que me hubiera gustado poder permitirme el lujo de disfrutar sin remordimientos.
Mis amigas todavía podían hacerlo. Tenían la suerte de que sus padres siguieran vivos.
—¿Cómo estás? —me preguntó Zia, con Vera al lado.
—Estoy bien. —Sonreí.
No era verdad, pero no se lo contaría a nadie. Ni siquiera a mis primos. No estaría realmente bien hasta que descubriera quién mató a mi padre, y eso solo sería una satisfacción a medias, ya que nada me lo devolvería.
—Te conozco, por eso me voy a callar —dijo mi amiga y se lo agradecí en el alma—. Pero deja de alejarnos, Blake. Estamos aquí para ti.
—Lo sé, chicas. —Tragué el nudo de emociones que me asolaba la garganta—. ¿Cómo lo lleva Petra?
—Está rabiosa —contestó Zia—. Quiere saber quién los asesinó.
—Quién dio la orden y quién la ejecutó —aclaró Vera, mordiéndose las uñas en un gesto inquieto.
—¿Tenéis alguna sospecha?
—Mi abuela dice que sí, pero nadie nos quiere contar nada —dijo Zia—. A papá no le gusta que nos metamos en cosas que impliquen a los Léoni.
—Es normal —comentó Matteo, uniéndose a la conversación—. La familia de vuestra abuela es muy peligrosa.
—No más que las nuestras —le replicó mi amiga—. Nuestros primos vendrán a ver a mi abuela en unos días.
Me extrañó que los Léoni vinieran hasta Nueva York. Conocía a Zia desde pequeñas y la familia de su abuela nunca había aparecido por aquí.
—¡Que te vayas a la mierda, Giordano! —gritó Martia, se deshizo de su mano y fue a sentarse en el borde de la piscina.
Miré a mi primo mientras se alejaba. Los había visto intercambiar unas pocas palabras esa mañana y ninguno de los dos parecía muy contento.
—¿Qué pasa entre vosotros? —le pregunté a ella, sentándome a su lado. Mis pies agradecieron el frío del agua.
—No sé si lo sabes, amiga, pero tu primo es idiota.
—Algo tengo entendido. —Me reí—. Te quiere, ¿lo sabes?
—Giordano solo quiere a su familia —contestó cabizbaja y me dio mucha pena. Era verdad que era idiota. Tenían una relación de amor-odio demasiado tormentosa para mi gusto.
—Sabes que comparto su pensamiento, la familia es sagrada, pero vosotras lo sois.
Zia, Martia y Vera eran las hijas de mis padrinos. Habíamos crecido juntas. Y, aunque Martia tenía dos años más que yo y Vera, cuatro, eso nunca fue un obstáculo para compartir tantos momentos como pudimos.
—Yo también os siento así. —Acarició mi brazo y la sentí muy cerca.
—¿Puede que le moleste que tengas a Fredo rondándote todo el tiempo?
—Es un buen amigo y me ha estado apoyando mucho estos días, cosa que tu primo no ha hecho.
—A él también le ha afectado mucho lo de mi padre. —No era por justificarlo, pero estábamos atravesando momentos difíciles. Todos.
—Lo entiendo, pero igual que yo he estado ahí para él, espero lo mismo por su parte.
Suspiré. Gio podía ser más cabezota incluso que yo.
—Entrará en razón, ya lo verás.
—Ojalá tengas razón…, porque este amor terminará por consumirme.
La entendí tan bien que quise cambiar de tema, pero no tuve opción. Mi voz se cortó en el mismo instante en que vi a Álex y a Roma entrar en el jardín.