33 Los Hamptons
BLAKE
Me estaba tomando un café rápido mientras les daba instrucciones a mis hombres para el fin de semana.
Odiaba a ese tipo. Lo que insinuaba de mi padre no era cierto, era despreciable y tarde o temprano averiguaríamos lo que estaba ocurriendo y le haríamos tragar sus palabras una a una.
Mi primo había querido quedarse investigando, pero le insistí en que no lo hiciera.
A todos nos irían bien esos días de desconexión, o esa era la idea.
Además, nuestros hombres de seguridad tenían órdenes estrictas de no dejar pasar al agente federal y de avisarnos inmediatamente si volvía a buscarnos, y habíamos prevenido a tío Agostino para que estuviera atento.
Lo tenía todo controlado y me sentía bien. Estaba volcada en el trabajo, en los negocios y en la familia. Con aquello me bastaba. No había vuelto a saber nada de Álex desde su llegada y su recuerdo venía a mi cabeza más veces de las que podía permitirme.
Di un sorbo al café y observé mi casa, hasta donde me alcazaba la vista. La mansión me parecía vacía sin mi padre, pero, aun así, todavía podía sentir el calor de mi hogar.
Había a quien podía parecerle frívola, pero yo la encontraba acogedora.
Cientos de metros cuadrados que conocía como la palma de mi mano.
Las estancias en las que había crecido y jugado, los abrazos de mis abuelos alrededor de la chimenea y rodeados de toda la familia, los primeros consejos de mi padre y mi tío en la sala de reuniones, las charlas con mi madre y mi tía en el salón...
Recuerdos en cada rincón… Sí, sin duda, con eso me bastaría.
—Señorita, el señor Ricco ha llegado —me dijo Lindsay, una de nuestras empleadas.
—¿Has avisado a mis primos?
—Sí, dicen que no los espere, ellos irán en su coche.
—Vale, muchas gracias.
Ya estaba lista y antes de bajar me había despedido de mi madre, que estaba en su habitación con tía Bianca, así que me terminé el café, cogí la maleta que había preparado el día anterior y salí a encontrarme con John.
Iba vestido con un pantalón de polo verde y una camisa de un tono más claro que resaltaba sus ojos. Las gafas de sol colgaban de su cuello y estaba realmente guapo.
—Hola, cielo.
Nos saludamos con un beso en la mejilla y me abrió la puerta del copiloto para que entrara.
Los Hamptons estaban a unas dos horas de Manhattan, que se hubieran quedado en una de haber conducido yo.
Sin embargo, aproveché ese tiempo para disfrutar del paisaje y me recreé en cómo la ciudad de los rascacielos se perdía ante nuestros ojos y en su lugar aparecían chalets casi tan grandes como la mansión .
La conversación con John fue amena, no hizo nada que me molestara, y cuando llegamos a nuestro destino, me cogió de la mano y la apretó con cariño.
—Vamos a intentar desconectar este fin de semana.
Asentí, aunque no estaba muy segura de llegar a conseguirlo.
La casa, que estaba a pie de playa, contaba con un puerto privado, una enorme piscina y un precioso jardín rodeado de árboles y setos frondosos que nos ofrecían la privacidad que necesitábamos.
—Deberíamos dejar la maleta en la misma habitación para no levantar sospechas.
Alcé una ceja burlona.
—No pienso acostarme contigo.
—Lo que menos haremos será dormir —aseguró con una insinuación y le di un puñetazo en el hombro—. Me refería a que seguramente pasemos la noche bebiendo con los demás en el salón o en la playa, ¡malpensada!
Sonreí y agradecí tanto que esa fuera la primera sonrisa sincera desde lo ocurrido, que lo abracé.
—Echaba de menos esto —comentó sin soltarme—. Te echaba de menos a ti.
—Siento haber estado tan esquiva, pero es que esta situación es muy complicada, John.
Tomó mi cara entre sus manos y me miró a los ojos.
—Ya no sé cómo actuar, Blake —se sinceró—. No sé cuándo cruzo la línea y cuándo no. ¡Mierda! Ni siquiera sé dónde está la maldita línea.
—Nos vamos a casar. Creo que esa línea de la que hablas está muy difuminada —dije con sarcasmo, si es que alguna vez en nuestras vidas había estado clara.
—Pero tú no lo deseas… Me resulta muy difícil no poder abrazarte o besarte cuando quiera..., porque sigo queriendo. —Me acarició las mejillas con sus pulgares—. Te tengo tan cerca y tan lejos …
No supe por qué decidí besarlo. Quizá queriendo borrar el último beso de Álex… o incluso queriendo buscar en sus labios algo que, lamentablemente, ni encontraba, ni sentía.
Lo besé intentando volver al pasado, a esos años en los que John era suficiente y en los que yo era feliz. Quizá, si cerraba los ojos durante el tiempo necesario, aquello me parecería real.
Aumenté la fuerza del beso, intentando rememorar las veces que lo habíamos hecho, buscando la pasión que antes me hacía sentir. Pero, finalmente, claudiqué y él lo comprendió. Nada servía.No había vuelta atrás. Porque al pasado nunca se puede volver y ambos lo sabíamos.