32 Eclipse
ROMANO
—¿No llevas demasiada ropa encima todavía? —me preguntó Cósomo en cuanto entró a la casita.
Puse los ojos en blanco y paré el paseo interminable de mis pies por la estancia.
—¡Tu prima es idiota! —exclamé furioso.
—Ey, no te pases —me espetó—. Está sufriendo, Roma.
—¿Y Álex no? ¡Lo ha tratado con la punta del zapato!
Este hizo una mueca de fastidio y se acercó a mí.
—Blake piensa que tu hermano le quita visión. —Negó con la cabeza, como si no estuviera de acuerdo con esa afirmación—. Estoy seguro de que cuando reflexione sobre ello verá que es un error.
Si yo la entendía, ¡claro que la entendía!
Porque Cósomo me hacía vulnerable de la manera en que Álex hacía a Blake, pero es que merecía la pena, joder.
Merecía la pena cada puto minuto del día que pasaba con él, o pensando en él, porque no había nada mejor en el mundo que la forma en que nos complementábamos el uno al otro.
—Y mientras tanto, ¿qué? ¿Qué debe hacer Álex? ¿Dejar que lo trate con desprecio?
—Eso no es cosa nuestra, ¿qué cojones te pasa, Roma?
Fruncí el ceño, enfadado, pero no sabía si con Blake, con la situación o conmigo mismo, porque yo había experimentado lo que era estar enamorado de alguien que te trataba mal y tenía claro que Álex no iba a pasar por ello si yo podía evitarlo.
—Me cabrea mucho que se comporte así, ¡venimos del puto infierno para esto, Cósomo! ¿Sabes las ganas que tenía mi hermano de volver a verla?
—Me lo puedo imaginar —dijo con un gesto pícaro, mientras me daba un repaso con la mirada.
Resoplé una sonrisa, porque con él pasaba de la furia a la calma en cinco putos segundos. Contados.
—No intentes enredarme, que no cuela.
Mi novio. No. Mi chico, porque nunca le habíamos puesto nombre a nuestra relación, se mordió el labio mientras paseaba sus manos por mi cara con auténtica adoración, como si quisiera memorizarme y, maldita sea, lo sentí todo.
—Llevo una semana sin verte, Roma. Estoy que me subo por las paredes. Necesito tocarte por todas partes, joder, con todo mi cuerpo. Necesito saciarme de ti.
Puse una mano en su barbilla para que liberara el labio y luego se lo mordí yo mientras él cerraba los ojos ante ese contacto. El gemido que profirió me volvió loco. No tardamos en quitarnos la ropa el uno al otro y volver a unirnos.
—Si es que me pones tan a mil que me olvido hasta de mi puto nombre. —Me abalancé sobre él, que recibió mis besos con ansia. Sobre todo cuando nuestras lenguas se enredaron y la excitación nos atrapó en una bruma de placer.
Arrasé su boca con toda la pasión que sentía, porque lo que Cósomo provocaba en mí era pura embriaguez y algo más profundo, más desesperado, que no había sentido hasta el momento en que lo tuve en mi interior por primera vez.
—Amor...
Antes de que pudiera seguir hablando, le di la vuelta, dejando que su pecho se rozara con la pared. Le abrí las piernas y lo llené con mi saliva, lamiendo cada resquicio de su cuerpo.
—Joder, Roma —exhaló con voz ronca.
Provocarle de esa forma me hacía sentir poderoso. Cósomo se abandonaba totalmente a mis caricias, a lo que estaba sintiendo, y que un chico como él bajara tanto la guardia y simplemente se dejara hacer por mí me tenía extasiado.
—¿Quieres que continúe?
—Durante toda mi puta vida.
Me puse un preservativo, cogí el lubricante y me unté la polla con él. Con la mano aún llena, metí un dedo en su ano y luego dos mientras se iba dilatando para mí.
—Eso es, amor. —Cogí su miembro para excitarlo todavía más—. Dámelo todo... así —le murmuraba al oído mientras él se deshacía en mis manos.
Su primer orgasmo llegó antes de lo esperado. Le mordí el hombro y luego continué serpenteando por el cuello para aumentar su placer.
—Húndete en mí, Roma —pidió, mirándome—. Entiérrate en lo más profundo.
Sus ojos eran pura lujuria y yo necesitaba meterme dentro de él más que respirar. Morirme dentro de él. Ni lo pensé. Cogí sus caderas y me introduje de una estocada.
Cósomo gruñó mientras yo gemía sin control alguno. Lo llené una y mil veces y él hizo lo mismo conmigo, porque el simple hecho de entregarse a mí en cuerpo y alma ya me henchía el pecho de una calidez inexplicable.
Su teléfono empezó a sonar y me distraje pensando en quién cojones sería. Lo vi desviar la mirada hacia él.
—Ni pienses en cogerlo —jadeé en su oído.
—Ahora mismo no podría parar. No pares, por favor —me rogó, empujando contra mí.
—Córrete, amor, yo estoy a punto.
En dos estocadas más me estaba vaciando dentro de él. No dejé de moverme, alargando el placer lo máximo posible. Luego le di la vuelta para quedar cara a cara y me agaché para lamer su miembro, succionando el glande con ansias.
Cósomo llevó las manos a mi cabeza y me apretó contra él, introduciéndose con desesperación en mi garganta.
Cerré los ojos, intentando olvidar los recuerdos que me traía ese gesto.
Estaba bien. No era él. Era Cósomo. «Cósomo», me repetía en bucle cuando la voz del chico que me gustaba me devolvió al presente.
—Se te da de puta madre esto.
No hablé. Continué acariciando su polla con mi lengua mientras le metía dos dedos por detrás, hasta que lo tuve corriéndose en mi boca.
—Qué puta maravilla, joder.
Me limpié la comisura de los labios y sonreí. Me deshice del condón en la papelera mientras él miraba su móvil y fruncía el ceño incluso antes de que su respiración se hubiera normalizado del todo. No me extrañó, porque sabía la cagada que supuso el no cogerlo la última vez que estuvimos juntos.
—¿Va todo bien? —pregunté a su espalda y él puso el móvil bocabajo encima de la mesa.
—Sí, solo era trabajo. ¿Vendrás el fin de semana a los Hamptons?
—¿De verdad me estás invitando a ir con ese tío? —Alcé una ceja impertinente.
—Vamos, amor, lo pasaremos bien.
—Ellos seguro que se divierten, y yo no pienso reírles las gracias mientras Álex está jodido.
Se pasó las manos por el pelo, frustrado.
—Blake la está cagando, yo también lo sé.
Por eso creo que necesita volver a la realidad.
Ver a sus amigas, a las que ignora cada vez que la llaman por teléfono o se presentan en la mansión para verla.
—Se acercó a mí con una toalla húmeda—. Necesita vivir, Roma.
Ella no ha muerto, no puede parecer un fantasma.
Solté un suspiro. Sabía que él no tenía nada que ver con las decisiones de su prima, pero me jodía que la defendiera.
—Intentaré ser más amable con ella siempre y cuando no le haga daño a Álex —refunfuñé.
—Gracias. —Acarició mi miembro con dulzura y limpió mis piernas con mimo. Me pareció un gesto más íntimo incluso que follar. No sabía exactamente qué era lo que sentía por Cósomo. Ya creí estar enamorado una vez y me equivoqué estrepitosamente. No quería caer de nuevo—. ¿Ha ido todo bien por Roma?
—No sé si «bien» lo define. —Mi voz salió entrecortada.
—¿Vosotros habéis tenido algo que ver con la muerte de los Léoni?
Así era Cósomo, tan directo que te pillaba desprevenido. Me envaré creyendo que notaría la respuesta en mi cuerpo.
—No, claro que no. ¿A qué viene eso?
—Solo necesitaba preguntártelo. —Se puso en pie y me besó—. Mientras sigas vivo y conmigo, lo demás me importa una mierda.
El peso de un ladrillo se hundió en mi pecho. Guardábamos tantos secretos que acabarían por enterrarnos, pero la honestidad era un lujo que yo no me podía permitir en ese momento.
—¿Habéis averiguado algo de la muerte de tu tío?
—Todavía no, Giordano está investigando —comentó mientras se ponía los calzoncillos y yo hacía lo mismo.
—Si necesitas ayuda...
—Te la pediré, sé que puedo contar contigo.
—Había muchos periodistas fuera de la casa.
—Están interesados en saber todo lo que pasa en la mansión, somos una atracción de feria para ellos.
—¿Y quién era ese tipo con el que hablabas cuando llegamos?
Yo estaba parado en el mismo sitio mientras veía cómo él recogía la ropa que habíamos dejado tirada por el suelo y la ponía encima de una silla. Lo observaba tan intensamente que no pude evitar fijarme en la tensión de sus hombros antes de contestar.
—Nadie importante.
—Parecíais discutir.
Se acercó a mí, tiró de mi mano y caímos entre risas sobre la cama. Puso un codo a cada lado de mi cabeza y me dedicó su sonrisa más canalla.
—¿Estás celoso?
—No, a no ser que haya pasado algo que deba saber.
No respondió de inmediato e intuí que algo iba mal, pero las ganas de él me hicieron ignorarlo. Si hubiera sido consciente de lo que se avecinaba, no me hubiera tomado esa conversación tan a la ligera, aunque había cosas que no se podían evitar ni aun poniendo todo tu empeño en ello.
—Estaba deseando verte de nuevo.
Besó mi nariz, cerré los ojos de placer y nos volvimos a dejar llevar por la pasión que sentíamos.
Entonces fue cuando comprendí los sentimientos de Blake como si se trataran de los míos propios, porque estar con Cósomo era como dejar de ver el sol por un momento.
Sí, eso era él para mí, un puto eclipse.