Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 30 Reencuentros
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ÁLEX

Cogimos un avión que hizo una escala interminable en Londres y de allí fuimos hasta Nueva York. Cuando por fin puse los pies en el suelo del Aeropuerto Internacional John F. Kennedy me invadió una sensación de calma mezclada con inquietud. Y mucha incertidumbre. Quizá demasiada.

Estábamos de vuelta, aunque si hubiera sabido lo que me iba a encontrar, puede que no lo hubiera deseado con tantas ganas.

Pasé por casa para dejar la maleta y cambiarme. La alegría de mis padres por vernos de nuevo juntos y a salvo fue demasiado intensa para mí. Abrazaron a Julia, que para ellos era una hija más, y le preguntaron por sus padres. Había tenido que dejarlos en Roma, su sitio estaba con Bass.

Un gesto de nostalgia se paseó por el rostro de mi cuñada.

Sus padres tenían toda su vida hecha en Italia y ni podían ni querían moverse de allí, así que no había quedado otro remedio.

Si todo salía como teníamos pensado, pronto podrían reunirse de nuevo.

Además, con nosotros no le iba a faltar absolutamente nada.

Mi padre, tan normalmente serio y exigente con todo el mundo, sentía predilección por ella.

Julia estaba en el último año de la carrera de Derecho y pensaba seguir sus pasos.

Mi madre nos puso al día del negocio. Lo llevó con una soltura y una elegancia que me hicieron sentir orgulloso.

Para no haber querido ser parte de nuestros asuntos nunca, les había prestado mucha atención y eso me reconfortó.

Con ella estaban en buenas manos. Fiona Stanti tenía un talento natural para mandar y, tanto mis hermanos como yo, podíamos afirmar que intimidaba a cualquiera, pese a la ternura que derrochaba su voz.

A mi padre estaban a punto de asignarle la plaza de un juez que se iba a jubilar en Albany, la capital del Estado, y muy pronto podríamos campar a nuestras anchas.

Pero, mientras tanto, teníamos que seguir pasando desapercibidos.

De repente pensé que no lo estábamos consiguiendo.

Acabábamos de matar a dos de los capos más importantes de Roma en la boda del alcalde.

Desterré aquellos pensamientos y, en cuanto pudimos, Romano y yo fuimos a la mansión.

Él quería ver a Cósomo y yo necesitaba ver a Blake.

Sabía que mi hermano y el Marconni habían estado en constante contacto, pero Blake y yo no nos habíamos hecho ni una llamada, ni siquiera nos habíamos mandado un mensaje, en el tiempo que llevábamos separados.

Había tanto que decir que ninguna frase hubiera sido suficiente. Además, cada uno tenía que lidiar con las circunstancias que la vida nos había puesto por delante. Solo esperaba que esas mismas circunstancias no fueran las que nos distanciaran…, pero me equivoqué estrepitosamente.

Unos treinta metros antes de llegar a la verja nos encontramos con algunos periodistas que se apresuraron a ver quiénes éramos. ¿Qué cojones pasaba allí? Menos mal que llevábamos los cascos puestos.

—Identifíquense —nos pidió un hombre de seguridad.

Toda la que les faltó el día que pusieron la bomba en el coche de Roberto Marconni.

Esperaba que Blake los hubiera despedido a todos y hubiera contratado personal nuevo.

Me quedé apoyado en la moto y fue mi hermano quien habló.

Estaba tan nervioso como yo, aunque ninguno de los dos lo exteriorizábamos.

—Somos Romano y Alessandro Cabante .

El hombre se retiró unos pasos y nos anunció a través del intercomunicador. Miré a mi alrededor y vi cómo otros hombres estaban patrullando el perímetro.

—Pueden pasar.

La verja se abrió tras unos segundos. Cruzamos el inmenso jardín y nos dirigimos hacia la entrada. Nos apeamos y esperábamos a que alguien saliera cuando mi hermano me dio un codazo para que mirara en la dirección que me indicaba.

En una esquina de la casa, Cósomo se encontraba hablando con un hombre que no conocíamos.

Iba trajeado y llevaba gafas de sol. No tendría más de cuarenta años.

Parecían discutir hasta que captaron nuestra presencia.

El tipo le dijo una última cosa y se marchó ante la vista de todos, escoltado por otros dos hombres de seguridad. Sería parte del personal.

—¡Chicos! —gritó Cósomo, corriendo hacia nosotros.

Me saludó a mí primero antes de concentrarse en mi hermano. Le di un abrazo al primo que mejor me caía y luego me fijé en que Giordano salía de la casa y se acercaba a mí, pero ni rastro de Blake.

—Bienvenidos —dijo tendiéndome la mano en un gesto amable que correspondí.

—¿Dónde está?

—No creo que tarde mucho, ya venía de camino —contestó—. ¿Cómo ha ido todo por Roma?

—Mejor de lo que cabía esperar. —No podía darle detalles, así que le trasladé la misma pregunta—. ¿Cómo ha ido todo por aquí?

—Todo lo bien que podía ir en estas circunstancias —dijo mirando por encima de mi hombro.

Se me erizó el vello del cuerpo y supe quién se encontraba detrás de mí incluso antes de verla, porque yo a Blake la sentía en la piel y no había nada que pudiera hacer por evitarlo. Aun así, me giré con la anticipación instalada en el estómago.