27 Inferno
ISABELLA ESCALANTE
Había recibido un mensaje de Álex en el que me decía que el trabajo de Portugal estaba hecho, así que le di vía libre para que volvieran a Nueva York y me entretuve hablando con el nuevo gerente de la franquicia mientras me tomaba una copa en el bar que Xesco y yo solíamos frecuentar hacía demasiados años.
El Irish pub era un tugurio irlandés situado en el barrio de Trastévere, donde teníamos nuestra casa.
Sus paredes estaban repletas de fotografías de la gente que había pasado por allí y había querido dejar una instantánea con sus caras borrachas de felicidad dibujadas para el recuerdo.
Pero lo que más me gustaba de aquel sitio era la mesa de billar que presidía la estancia, donde en ese momento estaba machacando a todo el que quisiera enfrentarse a mí.
Alcé mi mano y le pedí una copa a Brendan, el camarero, que no tardó en servirme. Su padre, Callum, se había jubilado hacía un tiempo, pero seguía viviendo para el bar y me miraba sonriente desde la barra.
—¿Doble o nada? —le pregunté a mi contrincante de ese momento. Un tipo entrado en años, que por alguna extraña razón se creía más listo que yo.
—Tú rompes —me ofreció con una sonrisa ladina.
Coloqué las bolas en posición, quité el triángulo y le di efecto al tiro. Metí tres de golpe y seguí tirando.
—¿Me vas a dejar jugar? —me preguntó el tipo con sarcasmo.
—Mmm —lo pensé—. Lo dudo .
Continué tirando hasta que solo quedó para mí la bola negra encima del tablero. Fue entonces cuando levanté la cabeza y vi que Xesco me miraba desde la barra.
Esbocé una mueca. Por la ropa, supe que había venido directamente del cementerio, lo que solo podía significar que me tenía tantas ganas como yo a él. Por eso no quise esperar ni un segundo más, anuncié la tirada y metí la negra en su tronera.
—¡Joder! —se quejó mi rival.
—Ya lo sabías, capullo —le dijo uno de sus amigos mientras el tipo dejaba el dinero encima de la mesa.
Terminé mi copa de un trago, me acerqué donde estaba Xesco y puse el dinero encima de la barra.
—Invita a todos a una ronda —le pedí a Brendan sin dejar de mirar a mi marido.
—Reina de Hielo, te veo de buen humor.
—Joder, cómo me pones con el uniforme.
—¿Cuántas copas llevas?
—¿Acaso importa? No callo esta voz ni aunque me ahogue en alcohol. —Me señalé la sien—. ¿Echamos una partida?
Dio un paso hacia mí.
—Estoy harto de jugar.
—¿Quieres tomar una cerveza? —propuse.
—Necesito algo más fuerte.
Alcé una ceja.
—¿Un whisky ? —Negó con la cabeza—. ¿El qué? —susurré cada vez más cerca de él.
—Una distracción.
Estaba claro que el dolor no acababa con el deseo. Ambos lo sabíamos bien.
—Yo puedo dártela.
Nada me apetecía más que pasar la noche con él sin excusas. Solo siendo los de antes. Llenos de anticipación, de ganas, de putas mariposas cuyas alas se iluminaban y podían volar. Muy alto. Muy fuerte. Muy lejos de allí.
—¿Una tregua?
—Tregua —afirmé.
Salvó el espacio que nos separaba y se colocó delante de mí para que no pudiera ver otra cosa salvo a él. Nuestros ojos conectaron, como si en algún momento hubieran dejado de hacerlo. Nuestros cuerpos se rozaban, las respiraciones se aceleraron, no había control.
—Ambos sabemos cómo va a acabar esto —dijo deseándolo tanto como yo.
—Contigo entre mis piernas —aseguré.
—¿Es lo que quieres?
Lo que en realidad quería ni siquiera él podía dármelo. Xesco era mi calma, pero nunca mi paz. Era la tempestad que rugía a través del viento. Ese relámpago que avisa de que el trueno está a punto de llegar. Era ese rayo que nadie, por muchas medidas de seguridad que pusiera, sería capaz de evitar.
—No quiero pensar en nada más allá de esta noche, ¿puedes conseguirlo?
Ladeó la cabeza y me miró con un matiz diferente, como si pocas veces me hubiera visto tan frágil como en ese momento.
Así era.
Enmarcó mi cara con ambas manos y habló contra mi boca.
—Deseo concedido —musitó, pero no unió nuestros labios y yo sabía por qué, por el temor de no poder parar una vez que empezáramos.
En cambio, cogió mi mano y apenas nos dio tiempo a decir adiós a Callum y Brendan cuando los presentes brindaron por mí, agradeciéndome que gastara en ellos el dinero ganado en las partidas.
El portal quedaba a pocos metros del bar y los anduvimos en un abrir y cerrar de ojos. Había gente esperando el ascensor, pensé que íbamos a subir por las escaleras cuando escuché a Xesco hablar.
—Cojan el siguiente, es un asunto policial.
Me mordí el labio para no reírme. En cuanto montamos, las ganas pudieron más que nosotros y nos besamos con desesperación.
—¿Un asunto policial? —repetí en sus labios.
Me subí a sus caderas de un salto, rodeando su cintura con mis piernas, y Xesco no tuvo más remedio que bajar las manos a mi culo y apoyarme contra la pared.
—Estar dentro de ti ahora mismo es una necesidad. Me vuelves loco, Reina de Hielo —masculló entre besos.
No lo dejaba respirar y él produjo la misma sensación en mí cuando nuestros sexos se rozaron.
Se tragó mis gemidos y apenas pudo coger las llaves del bolsillo mientras yo lo mordisqueaba con deseo.
Sabía que merecía la pena cruzar esa puerta, pero no quería verlo, así que escondí la cara en su cuello.
Entramos en el piso enredados y el olor, ese maldito olor que despertaba mis sentidos, me golpeó en el estómago, robándome el aliento. No me hizo falta abrir los ojos para reconocer mi hogar.
—Xesco —gemí mientras él me llevaba directamente hasta el dormitorio, que siempre había sido nuestro lugar favorito.
—¿Qué quieres, Isabella? Dime qué quieres.
Mi nombre pronunciado de su boca hizo que mi corazón latiera con más violencia y que la sensación de vértigo volviera a arrasar con todo.
—Fóllame —exigí mientras me quitaba el vestido—, como si no hubiera pasado el tiempo —rogué tumbándome en la cama.
Se quedó mirándome, escrutándome, queriendo decir miles de cosas que nacerían y morirían en su mente.
—¿Como antes?
Asentí.
—Y no te quites el uniforme .
No lo hizo. Solo se desprendió de la chaqueta y se bajó el pantalón lo suficiente como para que su erección apareciera en escena.
Me relamí pensando en todo lo que le haría y él, que me conocía muy bien sin importar el tiempo que pasara, se subió a horcajadas encima de mí y la llevó hasta mi boca.
La acogí con avidez sin dejar de mirarlo. Chupé, lamí su capullo y apreté sus nalgas para que llegara lo más profundo que pudiera. Hasta mi garganta. El gruñido que profirió segundos después me hizo saber que estaba a punto de correrse y no quería que acabara así.
—Te necesito dentro de mí —demandé, pero se tomó su tiempo antes de darme esa satisfacción.
Jodido Xesco.