Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 26 Remiendos en el alma
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26 Remiendos en el alma

Al mismo tiempo, en Roma.

XESCO LÉONI

Había llegado al cementerio con el tiempo justo y la misa estaba a punto de celebrarse, así que entré en la Basílica de San Lorenzo Extramuros acompañado de mi familia.

Oír hablar al cura del perdón, de la gloria, de mi padre y mi tío junto a Dios fue casi una broma de mal gusto. Sabía perfectamente que sus palabras no se iban a cumplir. Tenía muy claro que ambos, todos, cuando nos llegara la hora, yaceríamos en el infierno.

Terminada la ceremonia, me acerqué al ataúd y les di el último adiós. Ver a dos personas con tanto carácter tan quietas me produjo una agonía que no supe cómo gestionar. Por suerte, mi madre cogió mi mano y eso me dio tanta calma como la situación me quitaba.

Mi padre no era buena persona. Mi tío era aún peor.

Pero yo los quería. De esa forma retorcida en la que se quiere a alguien que te hace daño, porque no dejaban de ser mi familia, por muy duros que fuera conmigo, aunque no me dieran cariño ni amor, ni nada de lo que necesitaba un niño al crecer.

Aunque me obligaran a hacer cosas que odiaba y que luego me hacían odiarme a mí mismo.

Santos Léoni fue una mierda de padre, pero, al fin y al cabo, a ninguno de nosotros nos iban a dar una medalla por ser buenos samaritanos. Esa era nuestra vida y, en cierto modo, esa era la muerte que nos merecíamos.

—Deseo que descanses en paz, mi amor —dijo besando el cadáver de mi padre, y una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla.

—Mamá. —La estreché entre mis brazos necesitado de un refugio. Mi madre siempre había sido mi lugar seguro en el mundo.

—Vamos, hijo. Salgamos de aquí.

La seguí fuera. Le di un beso en la mejilla a tía Estefanía y me dispuse a aceptar las condolencias de las personas que ya se despedían de nosotros cuando noté que alguien se agarraba a mi pierna.

Era Enzo, el hijo de Marcello, al que quería como un sobrino.

—Ey, colega. —Lo alcé en brazos. Tenía los ojos enrojecidos y yo, que siempre había intentado mantener intacta su inocencia, no sabía cómo ayudarlo a afrontar la pérdida de su abuelo—. ¿Estás bien?

Se agarró a mi cuello en respuesta y lo apreté contra mi cuerpo deseando que aquel abrazo sirviera de consuelo. A veces, eso era lo único que necesitabas, tener a alguien a tu lado cuando todo se desmoronaba, y Enzo apenas tenía cuatro años.

Cuando vi que Marcello se acercaba a mí, llamé la atención del niño.

—Mira, Enzo, viene papá.

No supe por qué el hecho de que se aferrara más a mi cuello me dio mala espina y me dirigí a mi madre.

—Vete con tía Estefanía y llévate a Enzo, yo iré en cuanto pueda.

Ella me lo quitó de los brazos con algo de resistencia por parte del pequeño, que no quería separarse de mí.

—¿Vas a ver a Isabella? —susurró y yo asentí—. No la dejes escapar, mi niño. —Sonrió con dulzura. Ojalá eso dependiera de mí.

Marcello me dio un abrazo y yo palmeé su espalda.

—Tenemos que hablar.

—Vamos. — Nos retiramos al jardín, donde nadie nos escuchara, y vi que Arenardi venía detrás—. Fabrizio. —Le di la mano y me la estrechó.

—Francesco.

Qué hijo de puta era. Sabía que nadie me llamaba así nunca. Se lo había prohibido incluso a mi padre.

—No te pases —siseé retándolo con la mirada.

—Parad de mediros las pollas y vamos a lo importante —dijo Marcello—. Estamos seguros de que han sido los Cabante los que han ejecutado el asesinato. Se presentaron en la boda, tenían medios y motivos.

—Nuestros padres tienen demasiados enemigos como para descartarlos de un plumazo —aduje.

Vitorio también estaba convencido de que los Cabante habían tenido algo que ver en sus muertes y mis pensamientos no andaban muy lejos de allí, pero prefería creer que había otras alternativas porque, de haber sido ellos, Isabella estaría enterada y no concebía que me hiciera ese daño.

—¿Pero qué cojones dices? Si incluso la Escalante ha estado aquí y esa todo lo hace con segundas intenciones.

—No hables así de ella, joder —espeté.

—¿Y a ti por qué te molesta tanto? ¡Si te odia! ¿O hay algo que no nos estés contando?

—Lo que ocurra entre mi mujer y yo es cosa mía.

—No cuando nos afecta a nosotros. —Me miró con una gélida sonrisa—. Ahora soy el nuevo capo de la famiglia y me informas a mí.

Sabía que tenía razón. Era el mayor, el cargo le correspondía por designación expresa de su padre y yo no pensaba iniciar una guerra contra él, pero Marcello era un puto psicópata que no se merecía ostentar esa posición.

—Nuestros padres están siendo incinerados en este preciso instante. ¿Ya te has olvidado de ellos?

Desechó mi pregunta con un gesto de la mano.

—Nuestros viejos son historia. Ve acostumbrándote al nuevo orden.

—Teníamos que haber matado a esa niñata, Julia, cuando tuvimos la oportunidad —dijo Fabrizio—. Seguro que vinieron por ella.

Suspiré porque no me gustaba ni un poquito la nueva situación y no pensaba someterme a su voluntad si chocaba con la mía.

—¿La autopsia ha revelado algo?

—Una puta mierda, eso ha revelado —escupió Marcello—. La bala estaba fragmentada en miles de putos trozos.

—¿Y qué vais a hacer?

—¿Vais? —preguntó con retintín—. No, primito, vamos —recalcó la palabra—. Tienes que volver y terminar la misión. Arenardi y yo no podemos movernos de aquí. Los Spígola van a intentar comernos el terreno y tenemos que estar alerta.

—Está bien —acepté. De todas formas, no pensaba dejar solo a Vitorio—. Tengo un plan que espero que tu hermano no me joda.

—A veces eres un blandengue, pero tienes sangre fría. No estaba equivocado contigo.

Sonreí. No sabía hasta qué punto lo estaba.

Después de que nuestros siguientes pasos quedaran claros fui a buscar a Isabella. Cogí el coche y aparqué en el garaje, no pensaba subir a cambiarme de ropa. Me dirigí al bar en el que habíamos quedado, saludé a Callum, el dueño, que siempre estaba sentado en el mismo sitio, y luego la vi a ella.

Había poca gente, por eso nos gustaba aquel tugurio en el que jamás íbamos a encontrarnos a nadie conocido, aunque hubiera sido muy fácil divisarla incluso si la sala estuviera llena.

Qué jodidamente bonita era cuando ni siquiera se lo proponía.

—¿Cuántas partidas lleva? —le pregunté a Callum.

Estaba jugando al billar con un tío al que me dieron ganas de quitar de en medio.

—Calculo que unas cinco —contestó mirando el arcaico reloj de la pared—. Lleva dos horas sin apartarse de la mesa. Nadie consigue ganarle.

—Buena manera de entretenerse —comenté cuando mi mujer se dio cuenta de que estaba allí.

La miré con intensidad y ella hizo una mueca, pese a tener los ojos cargados de deseo.

Era como si me quisiera y me odiara al mismo tiempo.

Como si sus sentimientos chocaran constantemente contra un muro que no le permitía sentir y, a la vez, estuvieran tan concentrados en ese minúsculo espacio en el que los había arrinconado, que no le quedaba más remedio que sentirlo todo.

En ese momento decidí que no le haría ninguna pregunta.

Ni sobre si ella sabía quién había asesinado a mi padre ni sobre los Cabante.

Solo quería ponerme una venda en los ojos y pensar en algo que no estuviera teñido de incertidumbre.

En lo que ella despertaba en mí. En el amor.

En la locura. En la única cosa de la que podía estar seguro en esta vida.

En que jamás amaría a nadie como la amaba a ella.

Prefería no saber nada porque entonces tendría que tomar medidas, y era mucho mejor vivir a ciegas.