Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 25 Imperivm
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Al mismo tiempo, en Portugal.

ÁLEX

Acababa de ducharme y estaba en la terraza de la habitación del hotel, con la toalla enredada en las caderas y las gotas de agua secándose con el viento, mientras contemplaba cómo el océano Atlántico se perdía por el horizonte.

Los niños jugaban y reían; la gente tomaba el sol, se bañaba y paseaba, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.

La franquicia de Portugal se situaba en el Algarve. Solíamos aprovechar las ciudades de costa, que era por donde mejor se transportaba la mercancía, y tenía que admitir, además, que era una de las zonas más bonitas que había visitado en los últimos años.

—¿Estás bien, Álex? —Roma salió a la terraza y contempló las vistas. Nosotros habíamos cogido una habitación y Bass y Julia otra—. Esto es precioso.

Sí, lo era, sin duda. Y, sin embargo, no éramos capaces de disfrutarlo como se merecía. Sacudí la cabeza.

—No sé qué pensar, todo está pasando muy rápido. —Desde el viernes pasado el ritmo de nuestras vidas había sido frenético y todavía nos quedaban muchas cosas por hacer—. ¿Y tú?

—Yo estaré bien cuando salgamos de aquí camino de Nueva York .

Nunca pensé sentir esa ciudad como un hogar. Siempre supuse que mi hogar estaría donde estuviera mi familia y, en parte, así era, por eso entendí a lo que mi hermano se refería.

—¿Sabes algo de ellos? —Me aventuré a preguntar, aun sabiendo que la respuesta podía dañarme.

Él asintió.

—Lo último que supe era que no lo estaban llevando muy bien.

—Tienen que pasar por un duelo —le puse una mano en el hombro—. Los dos sabemos lo que eso significa.

—Lo sé. —Echó un vistazo a su móvil—. Deberíamos irnos ya, Bass y Julia nos están esperando.

Habíamos quedado en media hora en el vestíbulo del hotel para ir todos juntos a la franquicia. Les dije que podía encargarme yo, pero, al parecer, la intimidad en esta familia estaba sobrevalorada y se habían empeñado en no dejarme solo ni un puto minuto.

—Voy a vestirme y nos vamos.

Me puse unos vaqueros gastados y una camiseta negra, cogí las gafas de sol y bajamos al vestíbulo.

Bass y Julia danzaban indiferentes a que las personas que pasaban por su lado los miraban divertidos, o quizá preguntándose qué hacían bailando en medio de la recepción ese par de locos. Ni siquiera había música.

Roma y yo compartimos una mirada y los dejamos moverse unos minutos más por aquella pista de baile improvisada. Nos encantaba verlos así.

—Dios, qué asco dais —los interrumpí con una sonrisa.

Bass giró a Julia y luego la inclinó de espaldas para plantarle un beso de película, además de para darme la razón. Eran tan perfectos juntos que daban unas náuseas tremendas.

—Solo estamos recuperando el tiempo perdido —dijo Julia después de soltar una carcajada.

—Hacednos un favor a todos y dejad los arrumacos para la intimidad —comenté pasando por delante de ellos, pero mi cuñada se colgó de mi cuello y empezó a darme besos por toda la cara.

—Deja de quejarte, cascarrabias —me decía y escuché las risas de Bass y de Roma detrás de mí.

Hice un gesto con la mano, como si me molestaran sus bromas, pero, joder, yo también me eché a reír.

Con ese buen humor instalado entre nosotros fuimos andando hasta la inmobiliaria, que no quedaba lejos del hotel, y a través de la cristalera vimos que una chica atendía a unos clientes.

No habíamos avisado a Helder de que veníamos, queríamos sorprenderlo para que no tuviera tiempo de huir ni de inventarse alguna excusa, pero eso también nos exponía a no encontrarlo allí.

—Dispersaos —pedí a mis hermanos para que cubrieran la zona.

—Todo controlado —me dijo Bass por el auricular.

Esperé hasta que los clientes salieron y entonces hice mi aparición.

— Boa tarde, o Helder Tavares está ? [14] —dije en portugués. No sabía demasiado, pero sí lo básico para defenderme.

La chica me miró de arriba abajo, haciéndome un escaneo. Una mueca de deseo me dejó bastante claro que le gustaba lo que veía.

—Está en su despacho.

Me incliné en la mesa, para acercar mi rostro al suyo.

—¿Te importaría hacerme un favor? —Ella tragó saliva—. ¿Puedes decirle que están lloviendo mariposas?

La chica frunció el ceño; evidentemente no sabía lo que significaba. Tampoco hacía falta.

—¿Cómo?

—Él lo entenderá.

Volvió a tragar saliva, se puso en pie y se estiró la falda roja de tubo que llevaba puesta.

—Está bien, deme un momento.

Cuando fue hasta el despacho, salí de la inmobiliaria sin esperar la respuesta. Tenía muy claro que Helder saldría detrás en cuanto escuchara aquella frase, porque quería decir que Imperium estaba allí, y no se les hacía esperar.

Me apoyé en la cristalera con las manos en los bolsillos. Roma estaba a unos metros de mí, por si ocurría algo. Bass y Julia se quedaron un poco más alejados, como una pareja cualquiera en mitad de la calle.

A los pocos minutos, salió la chica. Llevaba el bolso colgado y lo asía nerviosa.

—El señor Tavares dice que sale enseguida.

Miré la hora, todavía faltaba bastante para el cierre. Algo me olía claramente mal.

—¿Tenéis puerta trasera?

—Yo... no... —decía alterada.

—Asiente si es que sí —la insté cogiéndola por los hombros—. Solo asiente.

Lo hizo.

—Ya lo habéis oído. —Señalé con la cabeza a Roma, que rápidamente se movió para buscar posibles fugas. Bass y Julia hicieron lo mismo por el lado contrario. No tardaron más de unos minutos en encontrarlo, porque escuché por el auricular:

—¿Dónde ibas con tanta prisa, Helder? —Era Roma quien hablaba, y a esa frase le siguió un crujido de huesos. Joder, le había roto algo con total seguridad.

—¿Tienes la llave? —le pregunté a la chica, que seguía congelada delante de mí.

—Sí. —Me la ofreció con la mano temblorosa.

—Vete y no vuelvas hasta que el nuevo dueño te llame —le dije. Luego me dirigí a Roma a través del pinganillo—. Entrad en la inmobiliaria por donde haya salido esa sabandija, yo cierro delante.

Entré, eché las persianas y cerré la puerta con llave. Roma y Bass llegaron por la parte de atrás, arrastrando a Helder de ambos brazos. Mi hermano le había partido las dos piernas. Casi me eché a reír.

—Lo hemos interceptado en el callejón. Ya no podrá correr más —dijo Roma con una sonrisa mientras Bass y él lo sentaban en una silla.

Julia cerró la puerta de atrás y se unió a nosotros.

—¿Acaso no querías vernos? —le pregunté juguetón.

Joder, cómo iba a divertirme.

—Yo no quería... —No pudo seguir hablando, porque Bass le dio un puñetazo en la boca.

—No mientas, hombre, que mentir está muy feo —dijo crujiéndose los nudillos. Luego le estampó la cara contra el escritorio.

—En realidad, ya has hablado bastante —comenté mientras Bass le abría la boca y Roma le sacaba la lengua, sujetándola con unas tenazas. Helder se revolvía como un loco sabiendo el destino que le aguardaba—. Nos has delatado, Tavares, y ya sabes que traicionar la omertà [15] se paga con la muerte.

La ley del silencio era sagrada para nosotros, así que debíamos averiguar cuánto había dicho.

—Tu destino está escrito —aseguré—. Que seamos más o menos benevolentes con tu muerte dependerá de que nos cuentes qué información has dado.

Roma soltó las tenazas para que pudiera hablar.

—Dios mío, por favor, no lo hagáis, yo no dije nada, prácticamente nada —rogaba llorando—. Un hombre me llamó, me ofreció dinero, pero casi no le conté nada, nada que pudiera hacer daño a la organización, por favor, por favor —repetía una y otra vez.

Busqué una silla y me senté frente a él.

—¿Qué hombre?

—No lo sé, solo cogí el dinero y no hice preguntas.

—Yo creo que sí lo sabes. —Si Bella había averiguado que se trataba de Gryfood, era porque Helder también debía saberlo.

—Alguien de Nueva York, solo sé eso.

Roma le dio varias patadas en una de las piernas rotas. Estaba totalmente doblada en un ángulo extraño y, con cada embestida, los huesos crujían más.

—Uh, eso ha debido doler, yo también quiero —intervino Bass y le asestó otras tantas patadas en la misma pierna mientras Helder les rogaba que pararan y chillaba como un cerdo.

—¡Tengo la transferencia en el ordenador! ¡Buscad en el ordenador!

Roma se apresuró a mirarlo. Le costó apenas un minuto sacar la información.

—¿Algo?

Él asintió.

—La transferencia la han hecho desde Gryfood, tal y como dijo Nana.

Eso nos confirmaba que se trataba de los Marconni. ¿Cómo habían sido tan descuidados? Tendría que hablar con Blake sobre ello.

—Deberías tener mejores medidas de seguridad, este ordenador es tan chivato como tú —bromeó Bass.

Me crucé de brazos y una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.

—Dinos punto por punto qué le has contado, sin saltarte una sola coma.

Él asintió con vehemencia.

—Preguntaron por los Cabante y les dije que no sabía quiénes eran —jadeaba por el dolor—. Yo solo he tratado con los fantasmas. No les dije nada más, ni siquiera mencioné Imperium. No les dije nada más, de verdad, lo juro.

Sus lamentos resonaban en la estancia. No iba a alargar el momento, Helder estaba ya prácticamente inconsciente y quería que fuera testigo de su propia muerte.

—Las personas como nosotros valen más por lo que callan que por lo que dicen —moví la cabeza hacia Roma y Bass, para que se encargaran ellos—, y tú para la organización ya no vales nada.

Su exclamación ahogada me dio a entender que ya sabía lo que le esperaba. No había otro final posible para los chivatos.

Bass le sujetó la cabeza y le rajó el cuello horizontalmente, justo en la parte baja del centro, por donde la lengua saldría con facilidad. La sangre también lo hizo, y pronto un charco empapaba el cuerpo de Helder y las manos de Roma, quién recreó una bonita corbata con las tenazas.

Era una técnica que todos aprendimos de Emmanuel, el socio colombiano de Aless.

—Qué escandalosa es la sangre, joder —dijo Roma—. Voy a limpiarme y nos vamos.

Julia ya había empezado a borrar nuestras huellas con gasolina blanca y Bass se unió a ella mientras yo mandaba un mensaje a Isabella que contenía dos palabras: «Está hecho».