Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 24 Guerra y paz
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24 Guerra y paz

XESCO LÉONI

La ira consumía hasta el último resquicio de paz.

Mi padre y mi tío habían muerto mientras Vitorio y yo estábamos a miles de kilómetros de Roma, dándole alas a una persecución que en nada me interesaba.

Si había accedido a acompañarlo era porque necesitaba controlar a mi primo, ya que cabía la posibilidad de que él también acabara dentro de una tumba con sus actos.

Esperé a quedarnos a solas antes de volver a mirar a Isabella.

Me aliviaba saber que cuando mi madre no me había tenido a mí para consolarla, ella había acudido a su lado sin pensarlo dos veces.

Por una parte, verlas juntas había sido un bálsamo para mi alma.

Por la otra, pensar que se había atrevido a poner un pie en un cementerio lleno de gente que deseaba verla muerta solo para buscarme hizo que sintiera más amor del que mi pecho podía contener sin desbordarse; y más miedo del que podía permitirme sin atarla a mí y encerrarla donde no la rozara ni el aire.

Era una jodida inconsciente.

Sabía que para la Reina de Hielo no había tenido que ser fácil tragarse su orgullo y escribirme. Siempre había puesto una distancia prudencial entre ella y el mundo, una con la que evitaba que le hicieran daño.

Conmigo bajó las barreras. Conmigo fue frágil, radiante, alegre, risueña, humana.

Y solo por eso la amaba como un puto loco.

Allí, en ese momento tan real como imperfecto.

Tan hambriento. Tan cruel. Allí, en el maldito infierno o en los confines de la tierra, el sitio era lo de menos.

Cada vez que nos gritábamos, nos peleábamos o nos reconciliábamos como si no existiera nada más que nosotros.

Cada vez que asomaba una sonrisa de sus labios.

Eran pocas, pero cuando me las dedicaba a mí...

las sentía en cada parte de mi cuerpo, por dentro, por fuera, tatuadas en la piel.

Y era fácil acostumbrarse a lo que te hacía feliz, sobre todo cuando la felicidad se traducía en momentos que se podían contar con los dedos de una mano.

—¿Dónde estabas? —me preguntó con arrojo.

Parecía una jodida diosa. Llevaba un vestido negro, largo hasta los pies, y con una abertura lateral que dejaba a la vista su pierna izquierda. Con el pelo rubio suelto, irreverente, insaciable, mía en todos los sentidos en los que una persona puede pertenecerle a otra.

—Se me requería en otro lugar, es lo único que puedo decir sin mentirte.

Ya no quería ocultarle nada. No quería que hubiera secretos entre nosotros. No con ella. Nunca más. Y, sin embargo, esos mismos secretos parecían enterrarnos sin remedio.

—No siento la muerte de tu padre, pero...

—Lo sé, créeme, Reina de Hielo. Le he dado muchas vueltas mientras venía hacia aquí.

Los seres humanos éramos difíciles de clasificar en buenos o malos, teníamos demasiadas luces y sombras, demasiados grises. Yo conseguí ver un resquicio de luz en la oscuridad de mi padre. Lo amaba, aunque no fuera buena persona, y no le deseaba ese final, ni tampoco a mi tío.

Había una extraña paz en la muerte. Una que solo conocías cuando tenías la certeza de que te había llegado la hora. Supe que ninguno de los dos había podido experimentarla porque les sobrevino por sorpresa, y odié tener la certeza de su sufrimiento pese a que ellos hubieran causado tanto.

Qué idiotez, ¿verdad?

Todos íbamos a morir en un momento u otro, solo que obviábamos pensar constantemente en ello porque, de no hacerlo, vivir sería insoportable.

Pero la muerte de un ser querido… Esa era más jodida, porque tocaba seguir adelante sin una parte de ti, una sin la que dolía vivir, y yo ya había perdido demasiado.

—Necesito pedirte algo. —Me desnudé ante ella, como siempre. La única Diosa en la que creía y a la que rezaba. La única capaz de cumplir todos mis deseos o mandarme al puto infierno con solo una palabra—. Necesito un abrazo.

Frunció el ceño y volví a ver a la Isabella vulnerable. A la que le gustaba jugar al escondite conmigo y perderse por su mente, recreando sueños que no sabía si llegarían a cumplirse.

Le llevó un segundo eterno avanzar hasta mí y hundirse en mi pecho. Respiré el aroma a casa y dejé que me envolviera.

No supe cuánto tiempo estuvimos así, uno enredado en el otro, fundidos con el paisaje, como una piedra más de aquel tétrico cementerio.

Incluso las voces a nuestro alrededor se habían apagado para dar paso a una calma que parecía rehuirme cuando estaba separado de ella.

Yo deseaba vivir, pero no me hubiera importado morir en sus brazos.

Quizá Isabella también lo sintiera. Esa conexión.

Esa sensación de estar donde debía. Con quien debía.

Quizá no fuera solo una sensación y sí una realidad, porque alzó la cabeza y unió sus labios con los míos de una forma tan dulce que nos reconocí en ella y mi mente volvió a un momento en el pasado en el que sufrimos la peor pérdida que una persona puede experimentar en la vida.

Si fuimos capaces de sobrevivir a aquello, todavía había esperanza para nosotros.

Retiré el pelo de su cara y la miré a los ojos.

—¿Estás bien?

Otra vez esa mueca. Otra vez mi Isabella vulnerable.

—¿Me lo preguntas tú a mí ?

Sí, joder, porque pasara lo que pasase entre nosotros, no había un solo momento en el que no me preocupara por ella, ni aunque se cayera el mundo.

—Contéstame.

Negó con la cabeza y el suspiro que soltó reverberó en mi pecho.

—Todavía me preocupo por ti y no sé cómo me hace sentir eso.

Sonreí con ternura.

La Reina de Hielo me daba justo lo que necesitaba sin saberlo. Siempre lo hacía. Sabía que le importaba, por mucho que le encantara torturarme negándolo.

No había podido ir directamente del aeropuerto al cementerio.

Tuve que pasar por la comisaría a recoger el uniforme.

Me di una ducha en los vestuarios y me permití soltar unas lágrimas que se confundieron con el agua.

Su calidez me calmó un poco y me entretuve con algunos compañeros que querían darme el pésame.

Lo que me llamó la atención fue que Beck se acercara a decirme que mi mujer había estado allí preguntando por mí y que la había amenazado para que le dijera mi paradero.

De todas formas, ella no podía haberle dicho nada, solo Marcello sabía dónde estábamos Vitorio y yo, así que no teníamos de qué preocuparnos.

Tuve que echarme a reír y Beck me miró como si estuviera loco, pero ella no conocía a la Reina de Hielo como yo. De haberlo hecho, no hubiera tardado ni un solo segundo en regalarle hasta su alma.

—¿Alguien aparte de mi madre te ha visto?

—Tu querido primo y el maldito Arenardi. ¿Qué tienen esos dos? ¿Se chupan las pollas haciendo el 69?

Se me escapó una carcajada. Joder .

—Qué sutil eres, cariño. —Enmarqué sus mejillas entre mis manos, me recreé en esos ojos oscuros que siempre habían sido mi perdición, y le pregunté con seriedad—: ¿Te han hecho daño?

—No. Esos cabrones no se atreven a ponerme un dedo encima.

—Eso es porque tu cara de mala leche los espanta. Probablemente piensan que ladras.

Se separó de mí con un gruñido.

—Eres idiota, cariño. —Me dio un puñetazo en el hombro y me lo acaricié ofendido—. Cuidado que te muerdo.

—Nada me gustaría más.

Tiré de su mano para volver a acercarla a mí hasta que no quedó espacio entre nuestros cuerpos.

—Además, no es raro que quiera estar con mi marido en un momento así, ¿verdad?

—No sería raro si no fuéramos tú y yo.

Nadie sabía que estábamos casados, salvo nuestras familias y algunos allegados, como los Pinazzo y los Beligio.

Su padrino se había encargado de enterrar nuestro matrimonio en los registros oficiales.

Si hubiera sido por él, lo hubiera disuelto en ácido, como le gustaba resolver todos los problemas.

Nos miramos. Respiramos uno el aliento del otro. Volvimos a ser a nosotros, si es que había algún «nosotros» al que volver.

—Estaré en el bar, por si quieres hablar después del entierro.

Asentí. Con ella quería hablar, estar en silencio. Reír hasta quedarme sin aire, llorar hasta quedarme sin lágrimas. Con ella lo quería todo.