23 Mi mejor enemiga
Al mismo tiempo, en Roma.
ISABELLA ESCALANTE
Llevaba un rato ante la tumba de mi cuñada y eso solo hacía reforzar el odio que habitaba en mi interior.
Hacía meses que les debía una visita a Giovanna, a mis padres y a Gennaro, pero nunca encontraba el momento oportuno para venir, y es que no lo había.
El momento para constatar que alguien que quieres estaba dentro de una tumba, encerrada, pudriéndose, no existía.
Pocas cosas había en la vida más desgarradoras que esa.
—Tienes un coño muy grande para atreverte a aparecer por aquí —dijo alguien detrás de mí.
—Mi coño y yo no somos de tu incumbencia, Marcello —contesté, girándome, y vi que iba acompañado de Arenardi—. He venido por Xesco.
—Curioso. —Compuso una mueca que me resultó grotesca, a mí, que estaba ya curada de espanto—. ¿No lo odiabas?
—Puedo dejar el rencor a un lado cuando se trata de Marieta y de él.
Incluso haría una excepción con tu hijo.
—Metí la mano dentro de la abertura de mi vestido, simulando que tenía escondida un arma—.
En cambio, estoy demostrando una contención que no poseo al no acabar contigo y con esa extensión de ti —dije por Arenardi—, de un plumazo.
—Siempre te has creído invencible, con ese aire de superioridad que te gastas.
Lo ignoré completamente .
—¿Cómo te han dejado salir de la cárcel, Arenardi? ¿Tan mal se la chupabas a los guardias?
—Hay que joderse, eres una puta kamikaze. —Marcello soltó un aspaviento, acercándose más a mí.
Miré por encima de su hombro.
—Saluda a la prensa, querido primo. —Hice un gesto con la mano y señalé a un fotógrafo a su espalda. Uno que, por supuesto, había contratado Aless para que me siguiera como si fuera mi sombra. Luego me desharía de él.
—Hija de puta. Esto no quedará así —me espetó con rabia antes de darse media vuelta. Entonces fue Arenardi quien se acercó y, tenerlo a tan pocos metros de mí, me dio ganas de vomitar.
—Has crecido muy bien, niña, y yo llevo mucho tiempo sin una mujer de verdad. —Su sonrisa era escalofriante, pero lo que este tipejo no sabía era que a mí no me amilanaba ni el mismísimo diablo.
—Llevo demasiadas horas en el cementerio para mantener mi cordura intacta, así que no me extrañaría nada que se me escapara alguna bala. —Sonreí. Eso sí que llamaría la atención de la prensa.
—No me tientes, Escalante, o lo pagarás.
—Disfruta de lo que te quede de vida, cabronazo, porque muy pronto mi hermano y yo iremos a buscarte, y entonces ajustaremos cuentas.
—¡Fabrizio! —lo llamó Marcello y me echó una última mirada horripilante antes de seguirlo.
Cuando salieron de mi campo de visión me giré hacia la piedra y la acaricié con delicadeza.
—Ya no queda mucho tiempo, Giovanna —susurré—. Pronto podrás descansar en paz.
Supe que mi cuñada me había escuchado cuando la mariposa que llevaba un rato revoloteando a mi alrededor se posó en su blanquecina lápida y mis ojos se empañaron en respuesta .
Volví hacia donde se encontraba la sala y me refugié bajo un árbol, lejos de miradas indiscretas. Desde allí controlaba la puerta, pero las veces que había visto a mi suegra salir siempre iba acompañada.
Un rato después, cuando vi que alguien le daba fuego y se alejaba unos pasos para fumar, supe que era mi oportunidad, salí de mi escondite y la intercepté entre unas lápidas.
Compuso una exclamación de sorpresa que hizo que se le cayera el cigarro al suelo, y se llevó la mano al pecho hasta que vio que era yo.
—¿Isabella?
La cogí del brazo y la guié hacia donde nadie pudiera vernos.
—No quería asustarte.
Ella se echó a llorar y tuve que acercarme a darle el abrazo que le había prometido a Xesco.
Lo hice por él, pero también por mí y por Marieta.
Se había portado muy bien conmigo a lo largo de los años, por momentos casi parecía una segunda madre, y aunque esa dicotomía entre quererla y odiar a los Léoni no era sencilla de lidiar, ella no se merecía mi desprecio.
—Mi Xesco no ha venido al funeral de su padre.
—Lo sé. ¿Dónde está, Marieta?
—No está haciendo nada bueno, eso te lo aseguro. —Se separó de mí y se enjugó las lágrimas—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Quería verte.
—¿A mí o a él?
—A los dos. No siento lo que les ha pasado —señalé hacia la sala con la cabeza—, pero sí lamento tu sufrimiento.
—De la mafia solo se sale con los pies por delante, tú lo sabes tan bien como yo. —Cogió mis manos entre las suyas—. No quiero que mi Xesco acabe así, hija.
—Eso no depende de nosotros.
Ella negó con la cabeza.
—¿Todavía no lo has perdonado? ¿No te has perdonado a ti misma?
Me mordí el labio, destilando una sinceridad que pocas veces me permitía.
—No puedo .
—Mi niña —acunó mi mejilla—, no mereces tanto dolor, aunque lo creas.
Cerré los ojos.
—No sabes de lo que hablas.
Solté sus manos y me di la vuelta, incapaz de sostenerle la mirada, porque ella veía a través de mi coraza, siempre había sido así.
—Xesco me lo cuenta todo, hija, para una madre no hay secretos. Solo tengo que miraros a los ojos para saber que todavía os queréis.
Supuse que Xesco le había contado su versión de los hechos, no la mía. No sabía si Marieta Rinaldi aguantaría cosas tan crudas como esa.
—Crees que seguir enfadada con él es más fácil que enfrentarte a la verdad —continuó.
Volví a encararla.
—¿Qué verdad?
—Que todavía lo quieres.
—El amor no lo es todo —repliqué sin negar que era cierto.
—El amor mueve el mundo, crea guerras, devasta hogares. El amor es una fuerza que corrompe, destroza y reconstruye todo lo que encuentra a su paso.
—¿Y quién querría algo así? —pregunté incrédula.
—Cariño, estás tan furiosa con la vida que ni siquiera ves lo que tienes delante. Te escudas en tu carácter para no abrirte a los demás.
—No tienes ni idea.
—¿Seguro? Ni siquiera os habéis divorciado, ¿no te da eso una pista de lo que sientes?
Me decía a mí misma que no había pedido el divorcio por no remover la mierda, pero esa no era la razón. La verdadera razón no pensaba pronunciarla en voz alta, ni siquiera iba a darle cabida en mis pensamientos, no era una posibilidad.
—¿Por qué eres tan condescendiente conmigo?
—Porque tú ya eres lo suficientemente dura contigo misma por las dos.
—Algo debió ver en mi cara cuando dijo—: Bien sabes que la afrenta entre nuestras familias viene de muy lejos, pero si ni eso ha sido suficiente para impedir que crezca el amor entre vosotros, ¿por qué eres tú la que le pones los límites?
No sabía qué responder a aquello cuando yo misma había luchado tanto por evitarlo y había fracasado en el intento. Supuse que pelear contra el destino era una batalla perdida de antemano, pero no iba a darme por vencida, no cuando el combate todavía estaba dentro de mí.
—Mamá —llamó una voz a mi espalda. Una voz que me heló la sangre.
Marieta pasó por mi lado al tiempo que me giraba, y vi cómo se fundían en un abrazo.
—Por fin estás aquí.
—Siento llegar tarde.
Quizá Xesco tuviera razón, al fin y al cabo. Quizá mi corazón estuviera recubierto de hielo. Solo así podía vivir sin sentir demasiado, sin amar demasiado, sin sufrir demasiado.
Hubiera dado lo que fuera por no sentirme tan expuesta como en ese momento, porque cuando vi a mi marido perfectamente afeitado, vestido con el uniforme oficial de la policía y limpiando las lágrimas de su madre con una ternura infinita, supe que acababa de perder la guerra.
—¿Cómo estás?
—Ha sido todo muy inesperado —explicaba ella—. Un segundo estábamos saliendo de la iglesia, riendo, y al segundo siguiente tu padre se desplomaba ante mí. Ni siquiera escuché el disparo. Fue horrible.
Besó su frente con cariño y luego fijó sus ojos en los míos.
—Vuelve a la sala, ahora iré yo.
—Sí, os dejaré a solas.
A Marieta se le iluminó la cara, llena de esperanza. Lo sentí mientras se acercaba a mí. Lo noté cuando me dio un beso en la mejilla con todo el cariño del mundo. Y tuve la certeza absoluta del giro que habían dado sus pensamientos cuando me habló al oído.
—No seas tonta, hija, vive.
Qué fácil era decir algo como aquello. Pero ¿cómo podía vivir alguien que estaba muerta por dentro?