21 Cuando nadie me ve
Al mismo tiempo, en Roma.
ISABELLA ESCALANTE
Pasé por casa, comí algo y volví al cementerio dándome cabezazos mentales contra el asiento hasta que el taxista me informó de que habíamos llegado.
Había tomado decisiones horribles a lo largo de mi vida, pero acostarme de nuevo con Xesco, sin duda, había sido la peor, porque si antes no conseguía quitármelo de la cabeza durante más de unos minutos seguidos, ahora era imposible pensar en otra cosa que no fuera en él, en sus manos sobre mi cuerpo o en su jodida lengua entre mis muslos.
Salí del vehículo y volví a buscarlo sin cesar entre la marea de gente que parecía haberse multiplicado. Los Léoni eran muy conocidos en Roma y esa afluencia constante de personas me favorecía para poder ocultarme entre ellas.
«¿Dónde estás, Xesco?». Lo conocía bien. Sabía que estaría al lado de su madre en un momento como aquel, salvo que algo se lo impidiera. ¿Por qué mierda no estaba allí? ¿Qué estaba pasando?
Esperé y esperé, pero no había ni rastro de él, y yo no tenía mucha paciencia que digamos, así que decidí cortar por lo sano, tragarme mi orgullo y desbloquear a mi demonio personal.
YO: ¿Dónde cojones estás ?
Apenas tardó unos minutos en aparecer en línea y me dio un vuelco el estómago. Era increíble cómo seguía poniéndome nerviosa ante un simple mensaje suyo.
XESCO: No es un buen momento para tus burlas, Reina de Hielo.
YO: No te escribo para burlarme. ¿Por qué no estás en el funeral?
XESCO: ¿Has ido a buscarme?
YO: No me hagas responder preguntas retóricas. ¿Estás en Roma?
XESCO: De camino.
YO: ¿De uno de tus trabajos?
No era ningún secreto que los Léoni eran asesinos a sueldo. La policía era solo una tapadera para tener controlada la ciudad.
XESCO: Algo así.
Resoplé un poco más calmada.
YO: ¿Cómo lo llevas ?
XESCO: ¿De verdad te interesa? Esto es nuevo.
Lo necesitaba, joder. Necesitaba saber que estaba bien y, a la vez, quería matarlo. Cómo odiaba admitirlo, sentirme vulnerable ante él. Por suerte, era mucho más fácil abrir mi corazón si no tenía que mirarlo a la cara mientras lo hacía.
YO: Contesta de una puta vez.
XESCO: Tan delicada como una flor. Ya sabes cómo estoy, hecho una puta mierda.
YO: ¿Tenéis alguna idea de quién ha sido?
XESCO: Eso es lo que verdaderamente buscas, ¿no? Sacarme información.
YO: Simplemente era una pregunta.
XESCO: No te engañes, Reina de Hielo. No hay nada simple en ti.
YO: Tampoco tengo una segunda intención en todo.
XESCO: Tú no mueves un dedo sin que haya un motivo detrás. Te habrá costado un mundo desbloquearme .
¡Aj! Lo odiaba. Lo odiaba con todas mis fuerzas. A él, a lo que me hacía sentir y lo bien que me conocía. Y el no poder engañarlo o fingir que no era así, que no me preocupaba por él, porque era mentira. Y yo siempre había sido una buena mentirosa, excepto con él.
YO: Solo quería darte mi apoyo.
XESCO: Cuidado, o va a parecer que todavía te importo.
YO: No te emociones tanto. Te lo tienes muy creído.
XESCO: Será que todavía te conozco bien, aunque te empeñes en negarlo.
YO: No lo niego, igual que tú sabes que ya no somos los de antes.
XESCO: No sé cómo lo hacemos, pero parece que siempre vamos a destiempo.
YO: Será que la vida es muy jodida.
Dejé ahí la conversación. Lo imaginaba sentado tras la cristalera de algún edificio, mirando el móvil, con su pelo tan perfecto que daba asco.
Recordaba la última vez que follamos, que se me erizó la piel ante su contacto, la sensación de vértigo y cuando hizo que me corriera sin importar nada más en ese momento que mi placer y el suyo a través del mío.
Sentía tantas cosas que no poder abrazarlo, consolarlo, con sexo o como fuera, como él hacía conmigo, me estaba matando.
Cuando mi móvil volvió a sonar, supe que las ganas de seguir hablando con él me habían ganado la partida.
XESCO: ¿Podrías decirme cómo está mi madre?
Desde donde estaba podía ver perfectamente a Marieta recibiendo el pésame de las personas congregadas allí junto al resto de su familia.
YO: Aguanta el tipo. Siempre ha sido una mujer muy fuerte.
XESCO: Sé que a mí no me debes nada, pero a ella sí. Dale un abrazo.
¡Maldito fuera! ¿Cómo conseguía bajar mis defensas sin proponérselo siquiera? Apenas tardé un segundo en contestar.
YO: Lo haré.