Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 20 A contracorriente
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20 A contracorriente

CÓSOMO

Me desperté, encendí la luz y vi que estaba solo en la habitación. Comenzaba a desperezarme cuando escuché abrirse la puerta del baño.

Era Giordano quien salía de él y no tenía buena cara.

—Blake está abajo con tía Lena. —Se sentó en la cama y me dirigió una mirada cargada de incertidumbre—. Creo que nos va a costar mucho traerla de vuelta.

—Pero lo haremos, Gio —respondí, porque no podía concebir otra opción posible—. ¿Tú cómo estás?

No lo había visto soltar ni una sola lágrima en todo ese tiempo. Sin duda, era el que mejor lo llevaba de los tres, pero no sabía cómo lo conseguía.

—Aguantando el tirón, supongo. —Se encogió de hombros.

—¿Cómo lo haces? Estar tan entero —aclaré.

—¿Sabes cuántas cosas tengo que investigar? No me queda tiempo ni para llorar, hermanito —contestó revolviéndome el pelo.

A lo mejor yo también tendría que hacer eso. Ocupar la mente para no pensar.

—Voy a vestirme, necesito café en vena.

Me quité la fina sábana de encima, pero él me paró muy serio.

—Creo que Blake tenía razón con lo que te dijo sobre Hudson anoche, no nos podemos fiar de los Price.

—Sé manejarlo, no tienes de qué preocuparte.

—Más te vale, porque no me gustaba en quién te convertías cuando estabas con él.

Suspiré. Hice muchas tonterías con Hud de las que me arrepentía profundamente. Yo era un niñato y me creía mayor, importante, porque él viniera a verme desde Chicago siempre que yo se lo pedía.

—¿Has podido hablar con Martia?

Bostecé y me estiré, todavía en la cama.

—La llamé anoche. Parece que la muerte de los hermanos de su abuela los tiene a todos muy nerviosos.

—¿Quién crees que habrá sido?

—Sé que esta respuesta es obvia, pero ¿los Cabante?

—¿Qué? —Aún tenía la voz pastosa y sonó desafinada—. No, no creo…

—Vamos, Cósomo. ¿No se te ha pasado por la cabeza?

—Era la boda de su tía. Si algo tengo claro es que no pondrían en peligro a su familia —aseguré.

Negó ligeramente con la cabeza.

—Debe ser verdad que el amor ciega —dijo antes de levantarse y salir de la habitación.

Miré mi teléfono, eran las diez de la mañana y tenía un mensaje de Romano.

ROMA: Tardaré unos días en volver.

Pulsé el botón de llamada, pero su móvil estaba apagado o fuera de cobertura.

Joder. «¿Qué mierda has hecho, amor?».