Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 19 Control de daños
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19 Control de daños

Al día siguiente, en Roma.

ISABELLA ESCALANTE

Aterricé en Roma a primera hora de la mañana.

Los niños ya debían de estar en Portugal y agradecí no tener que cruzarme con ellos o los mataría uno a uno con mis propias manos y lo disfrutaría.

Ni siquiera el sol se había atrevido a salir todavía para recibirme de la ira que emanaba.

El que sí estaba en el aeropuerto era Leo.

No me quité las gafas cuando me dio un beso en la frente y entramos en la limusina. Había pasado muy mala noche y el día no prometía ser mejor.

—¿No traes más equipaje? —Señaló mi maletín mientras yo me recostaba en el asiento.

—En casa tengo todo lo que necesito. —Resoplé exasperada—. ¿Cómo se lo has permitido, Leo?

—No hubiera podido detenerlos aunque quisiera. Estaban dispuestos a pasar incluso por encima de mí.

—No sé a quién han salido tan testarudos, joder. —Me pasé un dedo por la frente, la cabeza me estaba matando—. Dile a tu chófer que me deje en Tiburtino, tengo algo que hacer por allí.

Él me miró con una ceja alzada antes de darle la información al conductor.

—¿Vas al cementerio?

—Es posible.

—¿Crees que es una buena decisión? Allí estarán todos los Léoni, no solo Xesco.

Levanté mis gafas de sol y observé a Leo con aburrimiento.

—No voy a discutir esto contigo.

Luego volví a colocármelas y él esbozó una amplia sonrisa.

—No vas muy discreta que digamos para la ocasión.

—No sé de qué me hablas.

Llevaba un vestido negro de tirantes, ¿qué más se podía pedir en un entierro?

—Mira que eres obstinada, luego preguntas a quién han salido los niños.

Le correspondí la sonrisa.

—Eso no los excusa, han trastocado radicalmente nuestros planes. —Solo Aless y yo sabíamos cuánto, pero aquello ya era imparable—. ¿Cómo se lo ha tomado Mérida?

—Está enfadada por no haber podido celebrar la boda, pero en cuanto pueda se irá de luna de miel, ya la conoces, se adapta a las situaciones tan rápido como un camaleón.

Lo sabía, ya me hubiera gustado tener a mí un poco de su positividad.

—¿Sabe que han sido ellos?

—Nadie más lo sabe, salvo nosotros y Livia.

—¿Cómo lo lleva ella?

—Está en la recta final del embarazo, aunque parece que la niña no tiene muchas ganas de salir.

—Normal, quién cojones querría venir a un mundo tan jodido como este.

Leo se pasó una mano por la cara y se puso a mirar el móvil. Tratar conmigo cuando estaba de mala hostia no era fácil y yo tampoco iba a esforzarme por mostrar un humor que no sentía.

—¿Irás luego a la comisaría?

—Sí, ya tengo redactado el escrito para que, si por cualquier motivo llaman a Julia y a Bass a declarar, se haga por videoconferencia .

Podía haberlo presentado telemáticamente, pero quería ver si podía enterarme de algo interesante. La información era muy valiosa para nosotros.

—Marcello va a montar en cólera.

Bufé.

—No puede importarme menos.

Leo tecleó algo en su teléfono y volvió a dirigirse a mí.

—El comisario Pinazzo sabe que vas para allá y me ha asegurado que los Léoni estarán en el entierro.

—Aunque no me fio de los Pinazzo, ya contaba con ello.

Esa familia jugaba a dos bandas, todos lo sabíamos. Eran de ese tipo de personas que se arriman al sol que más calienta y, en aquel momento, el sol éramos nosotros. Sabían que les convenía tenernos contentos, pero no por ello dejaban de estar emparentados con los Léoni.

—Han puesto a todos los efectivos a trabajar en descubrir a los asesinos de Santos y Ricardo, así que la comisaría debe de estar bastante despejada.

—Qué desperdicio de sueldos públicos —murmuré bajándome del coche. Estaba claro que no iban a encontrar una mierda—. Luego hablamos.

—Ten cuidado.

Cerré la puerta y entré en el cementerio. Había mucha gente y lo aproveché para camuflarme entre ella. No fue difícil ver a Marieta al lado de Estefanía, pero lo que más me jodió fue distinguir a Arenardi entre la multitud.

Ese maldito hijo de puta tenía un aspecto más temible que en la foto que salió en los periódicos hacía veinticinco años y que yo había memorizado.

Durante un tiempo incluso lo veía en mis pesadillas.

Fornido, con una cicatriz que le atravesaba el ojo y un tatuaje llameante en la calva. Lo odiaba con cada fibra de mi ser.

Busqué a su alrededor, pero solo vi a Marcello a unos metros de él. Ni rastro de Xesco o incluso de Vitorio. Eso era muy raro .

Sin querer delatarme todavía, me detuve a mirar lo que se gestaba en el entierro. Un cantante amenizaba el velatorio mientras de la sala salía y entraba un montón de gente desconocida para mí.

Me fui de allí y cogí uno de los taxis que esperaban en la parada. Quince minutos después entraba en la Comisaría de Trevi con el maletín en la mano y la cabeza muy alta.

—Vengo a presentar un escrito —le dije al policía de la puerta.

Él me miró de arriba abajo antes de indicarme que pasara al registro. Lo hice, y la policía que lo atendía me selló la documentación y me devolvió una copia.

—¿Puedo ayudarla en algo más?

—La verdad es que sí —miré su identificación—, oficial Beck. ¿Sabe si está aquí el inspector Xesco Léoni?

—Deme un momento. —Cogió el teléfono y marcó un número, luego preguntó por Xesco—. Lo siento, al parecer se ha cogido unos días de permiso.

Fruncí el ceño.

—¿Por la muerte de su padre?

—Lo siento —repitió—, pero no estoy autorizada a darle esa información.

«Sí, ya veía cuánto lo sentía...». Las oficinas de los inspectores estaban en la planta de arriba, por lo que no iba a encontrarlo allí. Me mordí el labio y contuve mis instintos asesinos. Luego esbocé la sonrisa más cálida que pude conseguir.

—Soy su mujer —dije como si eso significara algo.

La policía alzó una ceja, preguntando sin palabras cómo no sabía dónde estaba Xesco si era mi marido o por qué no se lo preguntaba directamente a él.

—Disculpe, pero no puedo darle más información de la que usted ya tiene.

Me acerqué un poco más al mostrador. El pasillo estaba tranquilo, pero no quería que nadie me escuchara .

—Beck —la llamé por su apellido—. Vas a decírmelo por las buenas o por las malas, tú decides.

Ella se apartó como un resorte.

—Señora, ¿me está amenazando en mi puesto de trabajo? —farfulló como si no me hubiera escuchado bien—. ¿En la Comisaría de policía de Trevi?

¡Dios, me exasperaba! ¿No era evidente que sí? Hice un gesto afirmativo.

—Y te advierto que solo amenazo una vez, no me gusta perder el tiempo.

Miró a su alrededor, sabiendo que tenía refuerzos a solo unos metros de distancia.

—¿Está usted segura?

—¿Te lo deletreo? Para dar un servicio público eres de pésima ayuda.

Le dediqué mi mirada más fiera sopesando rápidamente las opciones que tenía.

Primera: torturarla hasta que cantara. Segunda: matarla por puro entretenimiento.

Tercera: largarme. Me llevó bastante tiempo decidir que lo mejor sería escoger la opción que no acababa conmigo en los calabozos, cuando una voz interrumpió mis cavilaciones.

—Isabella.

Me giré y vi a Mario Pinazzo observándome con diversión.

—Mario.

Era un hombre muy apuesto. Moreno, ojos marrones y una sensación de seguridad innata que lo hacía muy atractivo.

—Si has terminado lo que estabas haciendo, te invito a un café.

Miré a la policía. Estaba claro que no iba a sacarle nada insistiendo y torturarla allí mismo no era viable, así que lo seguí.

—Que tenga un buen día —me dijo la muy miserable.

Me dieron ganas de darme la vuelta y llevar a cabo la segunda opción.

Mario sacó dos cafés de la máquina y me pidió que lo acompañara hasta una sala en la que pudiéramos estar tranquilos.

—¿Esto es un interrogatorio? —pregunté alzando una ceja.

—Sabes que no me atrevería —contestó poniendo el café en la mesa e invitándome a que me sentara.

—¿Dónde está Xesco?

—En el entierro de su padre, ¿no?

Lo escruté intentando averiguar si mentía. De todas formas, no iba a contarle que yo ya había estado allí y que no lo había visto.

—¿Qué quieres, Mario? Tengo algo de prisa.

Dejé el maletín en el suelo y me crucé de brazos.

—Imagino que no sabes quién ha asesinado a Santos y a Ricardo.

—¿Acaso quieres que haga tu trabajo?

—¿Por qué estás aquí realmente, Isabella?

—Pensé que esto no era un interrogatorio.

—Y no lo es, solo se trata de una conversación entre amigos.

Me puse de pie.

—La verdad es que yo no veo a ningún amigo por aquí.

Dio un paso en mi dirección.

—Siempre me has gustado. Eres una mujer con carácter y yo sé apreciarlo. —Alzó la mano para tocarme, pero me aparté.

—¿Se puede saber qué coño haces?

—Vamos, no finjas que no te intereso. Los dos estamos solteros...

—Yo sigo casada —lo corté.

—¿Y dónde está tu marido? Ni siquiera lo sabes o no me lo habrías preguntado —afirmó—. Tu hermano tampoco está aquí, tenemos vía libre.

El respeto que Aless infundía se mantenía intacto incluso a miles de kilómetros de distancia. Sonreí.

—Da gracias a que no esté o ya te hubiera cortado esa mano con la que pretendías tocarme.

—Seré el próximo comisario de Roma, tengo mucho que ofrecerte.

—Lo que tienes es suerte de que mi padrino aprecie a tu padre o no estaría siendo tan amable contigo.

Apretó los dientes.

—Habéis sido vosotros, ¿verdad? ¿Lo ha ordenado él? —Me miró con un desafío.

Sabía que volvía a referirse al asesinato de los Léoni y me dieron ganas de meterle una bala entre ceja y ceja.

—Algo me dice que no tienes ni puta idea de por dónde te da el aire —y eso nos beneficiaba mucho.

—Acabaremos averiguándolo, y no seremos clementes cuando lo hagamos.

—¿Sabes? —Le devolví la mirada inexpresiva—.

Mi hermano es perfeccionista hasta la extenuación, sin embargo, a mí no me importa ser un poco más descuidada.

—Le pasé una mano por la camisa hasta acariciar su placa—.

Podría matarte aquí mismo y dejar un reguero de sangre para que tu gente lo siguiera.

Bufó con incredulidad.

—Te condenarías para siempre.

Solté una carcajada y cogí mi maletín.

—Bajo al infierno todos los días, Mario. —Lo hacía cada vez que abría los ojos—. Cuando pienses en mí, acuérdate de eso y deja de hacerme perder el tiempo con tus gilipolleces.

Salí de la comisaría cien veces más cabreada de lo que ya lo estaba antes de entrar en ella. Y no era por esa poli o por Mario, sino por el ansia apenas contenida de ver a Xesco.