Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 18 Arrivederci, Roma
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18 Arrivederci, Roma

ÁLEX

Apenas nos había dado tiempo a descansar unas horas y ya volvíamos a estar con Isabella y Aless al teléfono. Las líneas entre nosotros eran seguras, por lo que podíamos hablar con cierta libertad.

—Saldréis de Italia en helicóptero, luego cogeréis un avión en Suiza que os llevará hasta Portugal, y de ahí a Estados Unidos con escala en Londres.

—¿Qué buscamos en Portugal?

—Un contacto me ha dicho que el dueño de la franquicia ha estado dando información sobre nosotros a alguien de Nueva York. Al parecer, os encanta cagarla en todos los países.

—Bella...

—Ahórratelo, Álex. Solo necesito que vayáis y os enteréis de qué le contó exactamente a ese hombre. Mi contacto me ha dicho que llamaba de la empresa Gryfood.

Me puse inmediatamente en alerta. Conocía ese nombre a la perfección.

—Esa es la empresa de los Marconni —afirmé tragando saliva.

—Por mí como si es de Spiderman y trepa por las paredes.

—Pero, Nana, los Marconni son nuestros aliados. Los conocemos bien —dijo mi hermano—. Blake es la chica de Álex, y Cósomo...

—Que no es mi chica, joder —repliqué y, mierda, claro que quería que lo fuera, pero no tenía ni idea de en qué punto estaba lo nuestro. Había estado tentado de escribirle algún mensaje para saber cómo estaba sobrellevando la situación, pero no lo había hecho.

—Solo escucho blablablá. Hacedlo y punto. Ya he gastado toda la empatía que tenía con lo del padre muerto —prosiguió—. Y a Helder cortadle la lengua para que no pueda volver a hablar, que vea cómo tratamos a un soplón. Tenéis toda la información cifrada en el e-mail .

—Yo me encargo de eso. —Roma resopló cogiendo su tablet. No podíamos ir contra una orden directa, así que no nos quedaba otro remedio que acatarla.

Solté todo el aire que no sabía que estaba conteniendo. Estábamos ya en el coche, preparados para salir hacia nuestro destino, así que pregunté cuál era.

—¿Dónde nos dirigimos?

—Tenemos un aeródromo privado en Fuimuicino.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo?

—¿Ves? A esto nos referíamos —se indignó Bass—. ¡No nos contáis nada!

—¡Somos Imperium! ¿De verdad creéis que no tenemos medios para desaparecer?

—¡No nos quejamos de tenerlos, sino de que no nos los contéis! —exclamó Roma.

—Nadie tiene todas las piezas claves, solo Isabella y yo. —Era la primera vez que Aless hablaba durante la llamada y lo escuchamos atentamente—. Demostradnos que podemos confiar en vosotros y os iremos revelando partes del plan conforme este avance.

—El helicóptero saldrá en un par de horas, dirigíos a Fuimuicino —dijo Isabella.

—¿Y después volveremos a Nueva York?

—Sí, Roma, esa es la idea —suspiró—, pero os necesito centrados y con la cabeza en Portugal. Ya he contratado a la persona que sustituirá a Helder y, si todo va bien, quiero que empiece en un par de días.

—De acuerdo. Te avisaremos cuando esté hecho.

Corté la llamada y pusimos rumbo al aeródromo.

Nadie podía saber que nos dirigíamos a Portugal, ni mucho menos lo que ocurriría en la inmobiliaria, así que cuando vi a Roma escribiendo en su móvil, le advertí.

—Ni un mensaje más a Cósomo hasta que terminemos la misión.

—Tranquilo, cuando subamos al helicóptero lo apago.

Dos horas después, amparados por la oscuridad de la noche, abandonamos Italia y todo lo que quedaba de nuestra familia allí.

Nos habíamos despedido de Leo con un mensaje. No era seguro volver a vernos porque los paparazzis estarían persiguiéndolos a él, a Livia, a tía Mérida y, por supuesto, al alcalde. Quedamos en hablar desde una línea segura cuando aterrizáramos en Estados Unidos y eso haríamos.

—Entonces nos hemos librado de esta. —Julia sonrió a mi hermano, aunque la afirmación iba para todos.

—Todavía no. Esta ha sido solo la primera batalla —dije.

—Hermanito, disfruta por un momento del triunfo —se pavoneó Romano—. Hemos cortado la cabeza de su cúpula.

—Por mucho que Aless y Bella se quejen, les va a costar meses recuperarse —comentó Bass—. Y, mientras tanto, nosotros tendremos tiempo para reorganizarnos y planear el siguiente ataque.

—Muy pronto estaremos en Nueva York —dijo Roma con una mezcla de alivio e inquietud que yo compartía.

Mis hermanos sabían que estaba deseando volver. Quería ver a mis padres, a Blake, y sentir la seguridad del hogar que habíamos construido allí. Sin embargo, y pese a todas las dudas que me engullían, una pregunta rondaba mi mente. Y solo una.

Realmente, ¿estaríamos preparados para todo lo que vendría después?