17 Deudas
CÓSOMO
No podía dormir, así que dejé de intentarlo. Bajé al gimnasio y me machaqué en las máquinas hasta las tres de la madrugada. Joder, era una soberana mierda todo y no sabía cómo solucionarlo o por dónde empezar siquiera.
Roma me había enviado un mensaje para que me quedara tranquilo, pero me pareció demasiado críptico.
De hecho, solo decía: «Está todo bien», y yo ya no aguantaba más porque ¡no, maldita sea!
¡No estaba todo bien! Ni aquí, ni allí, ni en la puta Antártida con el deshielo de los polos.
Todo era una puta locura y yo no podía hacer nada al respecto desde mi posición de espectador.
Solo deseaba que Roma saliera vivo de Italia, que Blake no fuera un maldito fantasma, que tuviéramos al menos un segundo de paz.
Ni siquiera se inmutó cuando le conté lo del mensaje, como si no le importara en absoluto que Álex siguiera vivo.
Sabía que era fría y despiadada cuando debía serlo, pero ahora parecía que no tenía corazón y no se podía vivir sin sentir. Era inviable.
—Señor. —Desvié la mirada hacia la voz que interrumpía mis pensamientos y vi a Luca, que era miembro de nuestro personal de seguridad.
Debía de llevar un tiempo llamándome, porque se había acercado demasiado a mí y parecía inquieto.
—¿Qué pasa?
Cogí la camiseta del banco de pesas y me quité el sudor con ella.
—Hay alguien preguntando por usted. No sabíamos si debíamos dejarle pasar.
—¿Quién?
—Dice que se llama Hudson Price.
Joder, ¿aún no había vuelto a Chicago? Al no verlo en el entierro, pensé que me había librado de él. Aunque, conociendo a los Price, sabía que no iba a tardar demasiado en cobrarse el favor.
—Dile que entre.
En el gimnasio no lo vería el resto de la familia y, con algo de suerte, podría despacharlo pronto.
Hudson entró como un vendaval, con un vaquero negro y una camiseta de manga corta del mismo color. Que estaba buenísimo no era ningún secreto. Y que yo le seguía poniendo tanto como él a mí quedó más que claro cuando se relamió los labios con deleite.
—Pequeño Marconni, veo que ya me has hecho la mitad del trabajo —comentó repasando con sus increíbles ojos verdes mi torso desnudo—. ¿Dónde quedan los preliminares que tanto nos gustaban?
Puse los ojos en blanco, pero no me vestí. No quería darle más importancia a la situación de la que tenía.
—¿Qué quieres, Price?
—¿Así tratas a alguien que te ha hecho un favor?
—Debías estar deseando cobrártelo para venir a esta hora.
—Algo me decía que estarías despierto.
Se acercó a mí, tan cerca que solo faltaba un palmo para eliminar el espacio entre nuestros cuerpos. La tensión sexual era palpable y, en otras circunstancias, habríamos terminado uno dentro del otro, no tenía ninguna duda.
—Te lo pagaré, pero no como quieres.
—¿Estás seguro? Nos lo pasábamos muy bien juntos. —Recorrió mi pecho con un dedo y luego se lo metió en la boca con descaro—. Puedo darte un recordatorio.
Su otra mano bajó hasta mi polla y yo lo paré asiéndolo por la muñeca.
—Sí, estoy seguro.
—Tu cuerpo dice otra cosa.
Nos miramos unos instantes. Nos retamos.
Joder, estaba duro como una piedra, ¡por supuesto que lo estaba!
Sabía que podía perder la razón con Hudson, él era un puto loco y yo no me quedaba atrás, pero creo que fue en ese momento exacto cuando me di cuenta de que Roma no estaba solo en mi cabeza, sino también en mi corazón.
—De mi cuerpo ya me encargo yo. —Le solté la muñeca y retiró la mano.
—Muy bien. Entonces, cuando menos te lo esperes, saltaré encima de ti, pequeño Marconni —dijo moviendo la lengua de forma obscena.
Me aseguré de que se iba y luego me di una ducha. Aún era noche cerrada cuando subí a la habitación de mi prima. Giordano estaba tumbado en la cama, escribiendo algo en su móvil, mientras Blake fumaba en la terraza, apoyada en la barandilla, mirando hacia la oscuridad del jardín.
—¿Se puede saber qué haces?
—¿Qué haces tú? He visto salir a Hudson de la mansión.
¿Cuánto tiempo llevaría en la terraza? Me fijé en la mesa en la que descansaba un cenicero lleno de colillas y, junto a él, la pulsera de Álex.
Tragué saliva y decidí sincerarme. De todas formas, mi prima era una de las personas a las que no podía ocultarle las cosas durante demasiado tiempo y ya guardaba un gran secreto a mis espaldas.
—Él fue quien creó la distracción para que pudiéramos salir del cementerio.
—Y ahora le debes un favor —afirmó sombría.
—Exacto. Y venía a cobrárselo, pero ya le he dejado claro que esto no funciona así.
—No juegues con fuego, Cósomo, no merece la pena.
—No tengo ninguna intención de quemarme, primita.
—Escúchame bien, encontrará la forma de cobrárselo y, cuando lo haga, quiero que me lo digas —me pidió girándose hacia mí.
Hasta ese momento no había podido ver su rostro y las grandes ojeras de debajo de sus ojos me impactaron de una forma que no sabría explicar. Como si necesitara ampararla entre mis brazos para librarla del dolor que sufría y, a la vez, aquello fuera imposible porque ella era el dolor en sí mismo.
—Lo tengo todo controlado, confía en mí, Blake.
—Sé que no vas a dejar que te ponga contra las cuerdas, pero no me fio de los Price. La mafia de Chicago no es como la de Nueva York. Es mucho más sanguinaria, no atiende a razones, dispara antes de preguntar.
Dio una larga calada antes de apagar el cigarrillo en el cenicero. La colilla estaba prácticamente consumida y a punto estuvo de quemarle los dedos. Quizá fuera eso lo que quería. Sentir algo más que la desesperación que parecía atenazarla cada vez que respiraba.
—Lo sé, no te preocupes. Todo se arreglará, prima.
Ella negó con la cabeza.
—Si hay algo que tengo claro es que no lo hará, pero gracias por decirlo. —Entró de nuevo en la habitación y yo la seguí—. Será mejor que os vayáis —dijo tumbándose—. Quiero estar sola.
—Calla y duérmete —ordenó Giordano dándose la vuelta en el colchón—. Nadie va a estar solo. Ni hoy ni nunca.
Blake resopló, molesta, al mismo tiempo que se pegaba a él para hacerme sitio en la cama. No me lo pensé dos veces, estaba agotado. Bajé la persiana hasta el suelo para alargar las horas de sueño tanto como pudiéramos y me tumbé también.
Saqué mi teléfono del bolsillo y, al hacerlo, la pantalla se iluminó con el nombre de Roma en ella.
ROMA: Te juro que si pudiera estar en otro sitio, sería contigo.
Me apresuré a contestarle, pero dejó de estar en línea.
YO: ¿Puedes decirme al menos cuándo vuelves?
—Deja el móvil de una vez —me instó Giordano—. Vamos a intentar descansar.
—Ya voy, quejica.
Puse el teléfono en la mesita de noche con la certeza de que, si sonaba, lo escucharía. Luego me giré hacia Blake y la estuve observando, preocupado, mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad.
Nuestras respiraciones se acompasaron y un alivio recorrió mi pecho cuando vi que conseguía cerrar los párpados más de un minuto seguido. Entonces yo también lo hice, hasta que el mundo de los sueños me engulló.