Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 16 Hora de mover los hilos
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16 Hora de mover los hilos

Al mismo tiempo, en Málaga.

ALESSIO ESCALANTE

—Te juro que mataría a esos niñatos con mis propias manos —exclamó Isabella, presa de la impotencia.

Yo estaba igual de furioso, aunque no lo demostrara de una forma tan vehemente como la suya.

Por supuesto que quería muertos a todos y cada uno de los Léoni, pero no era el momento.

Yo mismo había estado tentado de acabar con ellos mil veces, maldita sea, llevaba planeando mi venganza desde que asesinaron a nuestros padres, y casi teníamos el control de Roma al alcance de la mano, solo faltaban unas cuantas piezas más del puzle por encajar.

No contábamos con que Arenardi saliera de la cárcel y eso nos había hecho más precavidos.

Habíamos tenido que retrasar el plan y reforzarlo.

Todavía estábamos reorganizándonos y ahora esto.

La muerte de los Léoni no debería haberse dado hasta, al menos, un par de años después.

Aún me eran útiles porque controlaban a Marcello.

Ahora… ese hijo de puta camparía a sus anchas, sus métodos eran demasiado imprevisibles y, con Arenardi a su lado, serían imparables .

Apreté los dientes.

—Quizá tendríamos que haberles contado el plan, así al menos no lo hubieran jodido.

—¡No! ¡Leo tenía que haberlos parado en cuanto se enteró de la insensatez que iban a cometer!

—No podemos cargar a los demás con nuestros errores, y mantenerlos al margen puede que haya sido un error —reflexioné.

Solo Bella y yo conocíamos el alcance de nuestros planes, y Leo lo hacía de una parte, la que lo implicaba a él. Lo necesitábamos en nuestro afán de hacernos con Roma y a él le convenía tanto como a nosotros.

—Cuanta menos gente lo sepa, mejor. No podemos tener fisuras, Aless.

—¡Pues ahora tenemos una brecha del tamaño de Italia, maldita sea!

—Sentía que todo por lo que había luchado durante tanto tiempo se había desmoronado en un solo segundo, como un jodido castillo de naipes destruido por un soplo de viento—.

Hay que hacer algunos ajustes. —Todavía no sabía cuáles, pero mi mente ya había empezado a trabajar en ello.

—¿Y cómo ajustamos el jodido plan? —gritó furiosa—. ¡Un plan que llevamos años gestando! ¿Qué cojones vamos a hacer? ¡Esto nos pone en una posición aún peor que la que teníamos!

No solía recrearme en los fallos, por lo que mi cabeza iba a mil por hora buscando una solución, pero mi hermana se quedó clavada en el suelo, entendiéndome perfectamente, cuando pronuncié:

—La discreción de la que siempre hemos hecho gala hace que guardemos muchos secretos. Si eso cambia, ¿por qué no revelarlos?

Sonrió.

—¿Qué propones?

—Tenemos que adelantarnos a las consecuencias y, para ello, los paparazzis serán nuestros mejores aliados.

Me senté en el sillón y ella lo hizo a mi lado, aunque no dejó de dar golpecitos con el pie. Estaba demasiado inquieta.

—Marcello se hará con la policía, y Xesco y Vitorio irán detrás —afirmó—, pero el que realmente me preocupa es Arenardi. Tiene una sed de venganza acumulada durante años y ahora le hemos dado otra excusa más.

Estuve de acuerdo con ella. No dudaba, ni por un segundo, que los Léoni pensaran que los responsables de las muertes de sus padres habíamos sido nosotros.

Además, Marcello estaba casado con Patrizia Pinazzo, la hija del actual comisario de Roma.

Muy pronto, su cuñado Mario ocuparía el cargo y él sería su mano derecha.

—Odio exponerte de nuevo al peligro, pero tienes que ir a Roma.

Ella asintió sin dudarlo un segundo. Era demasiado temeraria para su propio bien.

—Iba a ir de todas formas para el parto de Liv, solo lo adelantaré unos días. Además, la recaudación de fondos está casi lista, no me necesitas aquí.

—Yo siempre te necesito aquí, a mi lado y a salvo —dije contundente.

—Lo estaré. —Sonrió—. Estoy segura de que ya me hubieran matado si alguien se atreviera a ponerme un solo dedo encima.

Negué con la cabeza, divertido.

—Cuando estés allí, deja que la prensa te vea. Haz que te sigan, dales munición y ellos solitos harán el resto.

La opinión pública era un arma de doble filo e íbamos a utilizarla a nuestro favor.

Tenía claro que nadie osaría hacerle daño si sabían que los paparazzis la estaban siguiendo, pero, además, eso haría que Marcello, Arenardi y su puta madre no pudieran cagar sin que alguien los estuviera vigilando.

Limitar sus movimientos era nuestra mejor baza en ese momento.

—Ven conmigo, Aless —me pidió y una sensación de angustia inundó mi pecho. Ella sabía lo dolorosa que era para mí aquella situación.

—No estoy preparado para volver a Roma. No puedo ir y no verla. —El dolor era desolador—. Ni siquiera sé cómo soportas tú poner un pie en esa casa.

—Fuimos muy felices allí.

Me levanté de golpe, no quería volver a la misma discusión de siempre.

—¡El suelo todavía está manchado con su sangre, Isabella!

Mi grito debió de alertar a Daniela, porque abrió la puerta con la cara llena de lágrimas, abrazando a su peluche favorito.

— Papà, che succede? [9]

La alcé para cobijarla entre mis brazos. Todavía hablaba más italiano que español, aunque yo siempre la regañaba por hacerlo. Quería que se acostumbrara a nuestra nueva vida, pero esa noche... no lo hice. Solo la abracé muy fuerte. Tan fuerte como sus manitas sobre mi rostro me pedían.

—Nada, tía Bella y yo solo estábamos hablando.

Mi hermana se acercó a nosotros y acarició las mejillas de mi pequeña.

—¿Por qué lloras, Mariposa?

— Ho avuto un incubo [10] .

Miré a mi hermana, que ya me devolvía el gesto. Hacía tiempo que Dani tenía pesadillas y me horrorizaba pensar que estuviera sufriendo como lo hicimos nosotros en nuestra infancia.

Bella extendió los brazos y mi hija se aferró a su cuello, partiéndome un poco más el alma.

—Hoy duermo contigo, verás como ya no tienes ninguna pesadilla más. ¿Quieres leerme un cuento ?

Vi como Dani decía que sí con la cabeza antes de apoyarla en su hombro. Mi hermana se giró para mirarme.

—Luego seguimos —susurró y yo asentí.

¿Qué otra cosa podía hacer? Solo cerrar los ojos y dejar que los demonios se apoderaran de mi mente una noche más.