15 Cuando éramos reyes
ÁLEX
Todo había salido exactamente como lo teníamos planeado.
El alcalde, Alfredo Collati, había hecho un comunicado oficial diciendo que iba a poner a trabajar a todos los cuerpos de la policía en la búsqueda de los asesinos, aunque, por supuesto, no iban a dar con ellos.
Nuestros hombres se habían encargado de plantar pistas falsas y Leo desviaría la atención hacia otros clanes, tal y como acordamos.
También anunció que la celebración de la boda se pospondría indefinidamente y había decretado dos días de luto como marcaba la tradición.
Tenía la esperanza de que, si mi tía se enteraba de que habíamos sido nosotros, nos perdonara por haberle estropeado el día con el que llevaba soñando tanto tiempo. Ella mejor que nadie debía entenderlo.
Roma y yo estábamos esperando en el piso franco, donde nos reuniríamos con nuestra familia. Leo nos dijo que habían retenido a todos los invitados para tomarles declaración, así que iba para largo, pero poco importaba. Nadie podría asegurar lo que había ocurrido allí.
Vi que mi hermano miraba el móvil y fruncía el ceño.
—¿Qué pasa?
—Cósomo no deja de llamarme.
Parecía que la noticia había viajado rápido a Nueva York. Era lógico, ya que estaba en todas las televisiones. Miré mi móvil, que tenía en silencio. Cinco llamadas perdidas de Cósomo, ninguna de Blake.
—A mí también me ha llamado. —Carraspeé para deshacerme de la inquietud que se había instalado en mi pecho—. Contéstale, dile que estamos bien.
—Querrá explicaciones.
—Esto no puede salir de aquí, Roma.
Farfulló un «Verás por dónde va a salir al final» y se puso a teclear.
—Lo sé, pero es muy persuasivo cuando quiere, hace unas cosas con la lengua que...
—¡Aj, calla! —Me tapé los oídos, aunque disimulé una sonrisa, contento porque bromeara sobre su relación con tanta facilidad—. Demasiada información. De verdad, no sé por qué Bass y tú pensáis que me interesan vuestras intimidades, joder.
Varias horas después, escuchamos el sonido de la puerta. Eran Leo, Livia, Bass y Julia.
Roma y yo nos pusimos en pie y fuimos a abrazar a Liv. Ella abrió los brazos y nos acogió a ambos entre ellos. Cuánto la habíamos echado de menos.
—Tu barriga no me deja respirar —dijo Roma acariciándosela.
—Vas a reventar —añadí yo con una sonrisa y conseguí esquivar una colleja. Mi hermano no tuvo tanta suerte.
—¡Ay! —se quejó. Ella nos miró mal.
—¿Qué esperabais? ¡Me queda nada para salir de cuentas! Ahora solo me preocupa que este monstruito no me desgarre en el parto. —Se rodeó la barriga y Leo la asió por detrás, dándole un beso en el cuello.
—Va a ser tan preciosa como tú —murmuró con afecto.
—Todo irá bien, Liv —la animé yo.
«Ojalá pudiéramos quedarnos a conocerla», quise añadir, pero no lo hice, consciente de que solo conseguiría hacer más daño del que Livia sufría ya.
—Hermanos, tenemos un problema. —Bass nos devolvió a la realidad—. Nos han pedido que estemos localizables y que no salgamos de la ciudad hasta que se cierre la investigación.
—Eso es imposible —me envaré—, ¿no les habéis dicho que no vivís aquí?
—Sí, claro, si quieres les doy nuestra dirección en Nueva York a los carabinieri . —Joder, tenía razón—. Idos vosotros. Julia y yo viajaremos más tarde.
—No, no volveremos a separarnos, Bass. No pienso dejaros aquí.
—Además, una investigación de ese calibre puede durar meses o años —comentó Roma.
—Tenemos que conseguir un salvoconducto —anuncié paseándome por la estancia—. Papá podría hablar con la fiscalía…
—Todavía tiene que pagar el último favor que le hicieron, el chivatazo sobre Arenardi —dijo Leo.
—Pues haz que Alfredo mueva sus hilos, nos lo debe.
—Alfredo no puede interferir, ahora sois familia.
—¡Precisamente por eso!
—No podemos arriesgarnos a que lo tachen de usar sus influencias para escapar de un asesinato que encima se ha producido en su boda. Sería muy sospechoso.
—¡Joder! —rugí.
—Y si nos vamos es como poner una diana en nuestra espalda. Marcello removerá cielo y tierra hasta encontrarnos —comentó Bass.
—Os lo dije. Solo hay dos personas que pueden sacaros de este lío ahora.
—Entonces…
—Entonces, hay que llamar a Aless y a Bella —aclaró Leo.
Sabía que iban a enterarse, si es que no lo habían hecho ya, y que tendríamos que darles explicaciones, pero no tan pronto.
—Y hay que hacerlo ahora, antes de que se cabreen más. Sé de primera mano que les ha llegado la noticia.
—Ya has hablado con ellos... —acerté.
—Me llamaron en cuanto vieron el asesinato retransmitido en la televisión.
Mi primo cogió su teléfono y puso el altavoz sin darnos otra opción que la de afrontar las consecuencias de nuestros actos. Le tenía miedo a pocas cosas en esta vida, pero mis hermanos postizos formaban parte de la lista.
—Estoy con ellos —dijo Leo en cuanto descolgaron.
—¿Qué cojones habéis hecho? —La voz de Bella resonó por el altavoz—. Estáis muertos, enanos —nos amenazó. Mis hermanos y yo nos miramos preguntándonos hasta qué punto sería real esa advertencia.
—¿Cómo se os ocurre, insensatos? —Incluso Aless parecía irritado—. ¿Creéis que llevo toda mi vida tejiendo un plan para que lleguéis vosotros y los matéis sin más?
—Lo que nos preguntamos es por qué no has hecho tú esto antes. Ha sido demasiado fácil —se pavoneó Romano.
—Yo lo mato —farfulló Bella de fondo.
—Sois idiotas y esto me va a costar mucho arreglarlo. Habéis puesto en marcha una maquinaria que todavía no debía haber entrado en funcionamiento.
—Eres demasiado perfeccionista, joder —se defendió Bass.
—¡Te voy a lavar la boca con jabón, niñato! —dijo Bella con una rabia que traspasaba la línea.
—Tenéis que madurar —afirmó Alessio. A su lado siempre nos sentíamos muy pequeños—.
Nuestro trabajo no es solo matar o hacer rodar cabezas.
¿Sabéis cuántas personas trabajan para la mafia con traje de chaqueta?
Tenéis que empezar a pelear desde los despachos, como vuestro padre y como yo.
Como Leo. Eso es lo que os hará destacar por encima del resto. Ahí es donde reside el verdadero poder.
Aless hablaba desde la perspectiva que le daba la experiencia y en una posición de superioridad que se había ganado a base de trabajo y esfuerzo.
No quería contradecirlo, no era mi lugar, pero había una cosa en la que no estaba de acuerdo con él y lo solté.
Si algo habíamos sido siempre era sinceros el uno con el otro.
—Las guerras se ganan en la calle, hermano.
—Exacto. —Roma me dio la razón—. No podemos evitar el derramamiento de sangre. No en esto.
—¡No se inicia una guerra sin saber si podéis ganar, y mucho menos sin tener claro cuál es el objetivo! —gritó Isabella exasperada.
—Luchamos por la libertad, para vengarnos de los que nos han hecho tanto daño.
—No —dijo Aless con firmeza. A veces, esa calma que mostraba era inquietante—. Ya no peleamos solo por venganza, peleamos por Roma. Ahora compartimos la ciudad, pero debe ser nuestra. La policía, los juzgados, el gobierno...
—El alcalde está con nosotros. Ahora Alfredo es de la familia —repuso Bass.
—Todo el que no lleve nuestros apellidos está puesto a prueba, ¿no lo entendéis?
Levanté la cabeza del teléfono y vi que Leo no lo negaba. ¿Qué estaba pasando allí?
—No, porque hay muchas cosas que os empeñáis en ocultarnos. ¡Ya no somos unos niños!
—Vuestras acciones dicen lo contrario. Os falta experiencia —aseguró Aless.
—Tenéis que salir de allí cagando leches, estoy segura de que Arenardi ya os está buscando para daros caza —dijo Bella—. Yo ayudaré a Leo con el control de daños.
—Necesitamos un salvoconducto —explicó Bass—, a Julia y a mí nos han pedido que no salgamos de la ciudad mientras la investigación esté en marcha.
—Si no os han acusado formalmente, no os pueden retener.
—Isabella parecía aburrida, como si estuviera explicando algo obvio.
Luego soltó un suspiro—. Daréis un rodeo antes de volver a Nueva York, necesito que os encarguéis de una de las franquicias.
Iba a ir yo, pero en vista de que os encanta cagarla, tendréis que hacerlo vosotros.
—Pero, Nana... —Roma era el único que la seguía llamando así y me traía demasiada nostalgia. Estaba seguro de que lo hacía para intentar ablandarla, porque él quería ver a Cósomo tanto como yo a Blake—. Tenemos que volver cuanto antes. Ha muerto el don de una de las cinco familias y...
—El padre de la novia de Álex —se apresuró a aclarar Julia.
—No es mi novia —refunfuñé.
—No será por falta de ganas —se burló Bass.
—Dios, cada vez tengo más ganas de pegaros una paliza —soltó Bella y supe que estaba al límite de su paciencia—. Preparaos para salir, os volveré a llamar cuando tenga toda la información.
—¿Nosotros también? —preguntó Julia.
—Todos.
—Y si nos llaman a declarar...
—Si os llaman, yo me encargo.
—Esto lo va a llevar Marcello —dijo Bass—. Nos mandará a detener en cualquier momento, con cualquier pretexto, para interrogarnos.
—¿Y eso no lo habíais pensado antes, Reyes de los planes ?
—se burló—. Parece que no habéis aprendido una mierda de lo que ocurrió hace seis meses.
O hace dos años. ¡De nuestros padres! ¡De Gennaro!
—exclamó refiriéndose al padre de Leo—. ¡Ya nos joden suficiente los demás como para hacerlo también entre nosotros!
—Todavía soy el líder de esta familia os guste o no. No volváis a tomar una decisión así sin consultarme. —La voz profunda de Aless irradiaba una autoridad que me hizo estremecer.
Él era el mayor, así que él mandaba, y yo nunca había tenido ningún problema con ello hasta que se fue a Málaga y no le quedó más remedio que delegar en mí. Había aprendido todo lo que hacía falta saber sobre la organización y era mi momento.
—Tú tienes un pie en ambos mundos, nosotros pertenecemos solo a este —contesté—. Llevo dos años viajando de ciudad en ciudad, abriendo franquicias y...
—¡Y yo llevo quince!, ¡e Isabella, diez!
—me cortó—. No intentes ganarnos en nuestro propio terreno, Álex, porque estás condenado a perder.
—El silencio inundó por un segundo la habitación.
Nadie se atrevió a respirar siquiera—. No buscamos matar a los Léoni, sino hacernos con Roma. Buscamos el poder, que no se os olvide.
Me acerqué más al teléfono, casi parecía que lo tuviera delante.
—Prométeme que nos harás partícipes de tus planes y que daremos el siguiente paso juntos. —La profundidad de mi petición nos asoló a todos.
—Tendréis que ganároslo —contestó, al fin, con un desafío.
Miré a mis hermanos y en sus gestos comprendí que ya habíamos aceptado el reto.