14 Larga vida a la nueva reina
BLAKE
La recepción posterior la hicimos en casa.
Aunque fue más íntima que el funeral, la mansión acogió más vehículos y personas de los que había visto jamás.
Estaban todas las familias: los Ricco, los Inchenza, los Gulio y los Lorenzzo, junto con la mayoría de sus hombres de confianza.
Cada uno de nuestros actos enviaba un claro mensaje: «Tenéis las puertas abiertas, os estamos esperando, atreveos a jodernos».
Los Spígola charlaban con tío Agostino y me pregunté de qué hablarían y por qué se empeñaban en mantenerme al margen.
Pronto retomaría el tema del matrimonio con John y trataría de encontrar una vía de escape de la cárcel en la que querían encerrarme, pero hasta entonces estaba ocupada buscando a Palmiro entre los presentes.
Necesitaba hablar con él a solas y ver si podía sacarle algo sobre el tipo del FBI, cuando escuché el revuelo.
—¡Han matado a mis hermanos! —gritó Petra en mitad del salón. Sus labios dibujaron una fina línea y la rabia que siempre había emanado de esa mujer nos envolvió a todos en una burbuja de odio y maldad .
Paseé los ojos por la sala para leer las reacciones de los presentes. Todos parecían sorprendidos, pero la frialdad en el semblante de los Spígola al saber la noticia me inquietó.
—Mamá, ¿qué dices? —Mis padrinos, Salvatore y Graziella, se acercaron a ella para intentar contenerla. Todo el mundo los miraba expectantes.
—Han matado a Ricardo y a Santos a sangre fría en la boda del alcalde —siseó.
Ninguno entendimos el porqué. ¿Qué habría ocurrido? Los Léoni eran una familia muy consolidada en Italia. Eran fuertes y todos lo sabíamos. ¿Quién se había atrevido a desafiarlos?
Mis primos y yo nos miramos y vi un gesto de preocupación en el rostro de Cósomo. Yo también pensé en Álex. La boda era de su tía. ¿Les habría pasado algo?
—Vamos a sentarnos un momento, por favor, estás muy alterada —dijo Salvatore.
—¡Déjame en paz! —masculló ella, llena de rabia.
Zia también corrió al lado de su abuela e intentó abrazarla, pero esta le dio un manotazo, apartándola y clamando venganza.
Petra solo consintió que fuera Vera la que le pasara un brazo por encima de los hombros en forma de consuelo.
Salvatore nos pidió disculpas y se la llevó de allí.
Graziella, Zia y su novio, Matteo, se fueron detrás.
Martia se detuvo un segundo para buscar con la mirada a Giordano, que la desvió, y también salió.
Pensé que mi primo debería haberla apoyado más en ese momento.
Quizá fuera una falta de respeto hacia mi familia por las circunstancias en las que estábamos, pero entendí perfectamente el dolor de Petra. Que te arrebataran a alguien de tu sangre de un día para otro y sin razón aparente era desgarrador.
Calmamos a los presentes ofreciéndoles la comida y la bebida dispuesta en las mesas y, cuando ya no pude más, me retiré a una esquina del salón junto con mis primos.
—¿Qué creéis que ha pasado?
—No sé, pero ni Roma ni Álex me cogen el teléfono. Estoy preocupado, Blake.
—Seguro que están bien —animé a Cósomo, aunque no las tenía todas conmigo.
«Joder, Álex».
Volví a ver a los Spígola mirarse entre sí, hablando sin palabras.
Según tenía entendido por mi padre, los Léoni eran sus principales competidores en los asesinatos a sueldo.
Incluso se me pasó por la cabeza que ellos mismos pudieran haberlo orquestado con la excusa de venir a Nueva York para el entierro, pero no iba a llegar a ninguna conclusión y, en realidad, me daba igual.
Para mí aquello no se trataba de negocios, sino de estar presente cuando tu familia te necesitaba, y eso habían hecho.
Habían arropado a mi abuela y, con ella, a todos nosotros.
Aunque yo no me fiaba de nadie. Cualquiera de los asistentes al entierro o a la recepción podía haber puesto la bomba a mi padre, por más incapaces que parecieran a mis ojos. Al fin y al cabo, estábamos hablando de la mafia.
—¿Vas a ir a ver cómo está Martia? —le pregunté a Giordano.
—Luego, ahora necesita estar con su familia.
—Fredo ha ido detrás de ella —aseguró Cósomo.
Mi primo era aún más observador que yo. Giordano se cruzó de brazos.
—Después hablaré con ella.
—Eres un cabezota y eso te va a pasar factura —le recriminé antes de ir con Fiorella a buscar a Zia.
Unas horas más tarde, cuando la recepción terminó, tío Agostino nos citó a todos en la sala de reuniones. Como él era el avvocato [8] de la familia, y principal consejero, tomó el mando.
—Blake es ahora la cabeza de los Marconni. Así lo dispuso su padre y ha sido entrenada desde pequeña para ello. Si alguien tiene algo que decir, que lo haga ahora o que se atenga a las consecuencias.
No hubo opción a réplica. Estaba claro. Sylvana, Luciano y Palmiro, que parecía hacer todo lo posible por esquivarme, asintieron antes de marcharse. Salvatore hacía tiempo que se había ido, aunque ya sabíamos que contábamos con su aprobación.
Los hijos de cada familia no tenían nada que decir al respecto, pero entendí que estaban conmigo. Todos, en mayor o menor medida, nos conocíamos desde la infancia. Éramos amigos y eso no iba a cambiar. Cuando nos quedamos solo los Marconni con nuestros hombres, Doménico tomó la palabra.
—Todo lo que sube puede caer con la misma facilidad, eso es algo que ninguno de los presentes debemos olvidar nunca.
Todos asintieron, dándole la razón.
—Abuelo, ¿qué crees que habrá ocurrido con los hermanos de Petra? —pregunté.
—La muerte toma lo que la vida da y ni esa mujer, ni su familia, entendieron nunca que por separado somos fuertes —dijo solemne—, pero juntos somos invencibles.
Con eso lo decía todo. Los Léoni siempre habían renegado del resto de familias.
Se creían mejores. Incluso Petra se negó a abandonar el apellido cuando emigró a Nueva York con Micaelo Lorenzzo, el fallecido padre de Salvatore.
Ni siquiera sabíamos por qué no había vuelto a Roma cuando este murió.
Ella no quería estar aquí. Sus hermanos eran más jóvenes y todavía tenían el ímpetu de la juventud, aunque a esa mujer no le faltaba coraje.
—Procedamos al juramento —dijo tío Agostino.
No era algo que me hiciera feliz. No así.
Apenas habíamos enterrado a mi padre y ya debíamos sustituirle.
Respiré para calmarme, me lo tomé como uno más de los muchos momentos dolorosos que habíamos vivido ese fin de semana y me obligué a mantenerme imperturbable porque era eso lo que se esperaba de mí .
Uno por uno nuestros hombres se acercaron a prestarme juramento de lealtad. Besaban mi mano e inclinaban la cabeza en señal de sumisión. Otros nos hacían una reverencia tanto a mí como a mi abuelo, que estaba a mi derecha como una indicación de que daba su beneplácito a la sucesión.
Cuando terminaron, di un paso adelante y se me encogió el estómago de tal forma que tuve que aprender a respirar de nuevo. No era frágil y no me iba a mostrar así, pero bajé de ese pedestal en el que otros me habían subido para ser parte de ellos, de mis hombres.
Los miré directamente a los ojos, uno a uno, y me despojé de la armadura que yo misma había creado, porque lo que tenía delante de mí no se merecía menos.
Iba a ocupar el trono que mi padre había dejado vacante y no dudaría en asumir esa responsabilidad.
Por ello, tomé mi primera decisión como cabeza de los Marconni.
—Encontraremos a quienes han asesinado a mi padre y les haremos pagar esta afrenta.
—Larga vida a la nueva reina —corearon al unísono.
Una muerte por otra, así funcionaba la mafia.