13 Muerte y destrucción
ÁLEX
Bass y Julia se presentaron en la boda de nuestra tía Mérida, trajeados y pasando por delante de la seguridad privada y de la policía de Roma.
El alcalde, Alfredo Collati, no había escatimado en recursos para esa ocasión, pero mi hermano y mi cuñada eran familia, y mi primo los había puesto en la lista de invitados con sus verdaderos nombres.
Sabíamos a lo que nos arriesgábamos, pero era el momento de que supieran que estábamos allí.
Y queríamos que así fuera. Si veían a Bass en la boda, no buscarían fuera de ella.
Romano y yo estábamos apostados en lo alto de una azotea, en un edificio vacío a cincuenta metros de distancia.
Horas antes habíamos avisado de una fuga de gas para que lo evacuaran.
El gas era real, lo habíamos provocado nosotros al romper una tubería que pasaba por el sótano y que estaba conectada con cada piso.
Cuando los bomberos lo vaciaron, nos pusimos unas máscaras antigás y subimos para prepararlo todo.
Nadie debía saber que habíamos sido nosotros, por más que me gustara que toda Roma se arrodillara ante los Cabante cuando acabáramos con los Léoni. Pero ese día solo podríamos ocuparnos de dos de ellos. En cuanto lo hiciéramos, se desataría el caos.
—Todo va según lo previsto —dijo Romano mirando la hora. Tanto los invitados como los novios estaban dentro y no saldrían hasta que el enlace tuviera lugar. Fuera solo estaba la prensa y un montón de curiosos esperando ver a los recién casados—. ¿Quieres patatas?
Lo miré agotado. Romano era incorregible.
—¿Cómo puedes comer en un momento así?
—No me has dejado almorzar. No puedo pensar con hambre.
Moví la cabeza. Incluso en aquel instante mi hermano me hacía sonreír. Casi parecía que no estábamos a punto de causar el mayor asesinato público de Italia visto en décadas.
Cuarenta y cinco minutos después, miraba por la mirilla de mi HS.
50 cuando vi que mi primo salía de la iglesia cogiendo a Livia de la cintura en un gesto protector.
Se paró un segundo a hablar con los periodistas y la gente de a pie que se agolpaban detrás de las vallas dispuestas para contenerlos, y luego se acercó al personal de seguridad.
—Leo debe de estar diciéndoles que despejen el camino.
Asentí, y respiré con alivio cuando se hicieron a un lado. Los seguían numerosos invitados que representaban a todas las familias más prestigiosas de Roma.
Teníamos que ser muy cuidadosos, no queríamos más muertes de las que habíamos ido a buscar, y que se quedaran cerca de la entrada para tirarles pétalos de rosa a los novios podía ser un problema. Por suerte, ya lo habíamos barajado.
—Ha venido todo el mundo —comentó Roma sin apartar la vista de la mira telescópica.
Distinguí a los Beligio, los padres de Livia. Me apenó que Aless y Bella no hubieran ido a la boda, pero, a la vez, entendí sus motivos. Detrás aparecieron los Pinazzo, seguidos de los Léoni.
—Ahí están.
Divisé a Santos y a Ricardo, los hermanos de Petra, con sus respectivas mujeres, Marieta y Estefanía. No iban todos sus hijos, solo vi a Marcello, pero eso no importaba. Nuestro objetivo era los cabezas de familia.
—Los veo —confirmó mi hermano—. Yo me encargo de Ricardo.
Apunté a Santos.
—¿Tienes un tiro limpio?
—Dame un segundo.
Los fusiles tenían una precisión milimétrica que me hacía estar seguro de que no íbamos a fallar. Nuestra puntería haría el resto.
—Lo tengo —contestó poco después.
—Cuando cuente uno, Romano. Antes de que sigan avanzando.
Él asintió.
—Estoy listo.
Teníamos que hacerlo a la vez, sincronizados. No podíamos dejar a ninguno de los dos con vida. Ajusté el arma.
—Uno —dije y ambos disparamos.
Vi cómo Santos caía con un tiro en la cabeza y cómo comenzó a cundir el pánico. Las HS.50 contenían balas de punta hueca que estallaban con el impacto. Cuando quisieran investigar su procedencia, solo encontrarían miles de fragmentos pequeñitos expandidos por lo que le quedara de cerebro.
Desplacé la mirilla y reconocí a Ricardo en el suelo, con Marcello agachado sobre él. La prensa tendría grabado el momento para toda la posteridad.
—Tenemos que irnos.
Recogimos las armas, volvimos a ponernos las máscaras antigás y dejamos el edificio sin que nadie nos viera .
Fue algo limpio. Entrar y salir. Como fantasmas.
Echaba de menos esto, joder. Como afirmó mi primo, éramos los dueños de Imperium, la ciudad eterna nos pertenecía y ya habíamos empezado a reclamarla.