12 Cenizas en la eternidad
BLAKE
La solemnidad del momento teñía la atmósfera de un intenso sabor a venganza, a dolor, a contención durante el tiempo exacto en que transcurriera el funeral, porque cuando enterráramos esa caja en la que apenas había unos restos de mi padre, del coche que selló su destino y del trozo de mi alma que se había ido con él, se desataría una guerra que yo no había iniciado, pero que estaba más que dispuesta a pelear hasta sus últimas consecuencias.
Después de encargarnos de aquellos tipos de los Rangers, mis primos y yo nos dimos una ducha y nos arreglamos para volver al cementerio.
El funeral fue muy emotivo. A mi lado estuvieron John, Zia, Matteo, Fiorella, Carrick, Giordano y Cósomo. Mi madre lloraba incansable, como si nunca se agotara ese río que corría por sus ojos. La rodeaban mis tíos, Bianca y Agostino, y mis abuelos, Annetta y Doménico.
El coche llevaba el ataúd hasta el mausoleo de los Marconni mientras todos caminábamos detrás en procesión. Cuando llegamos, seis de nuestros hombres cogieron el féretro en sus hombros y lo depositaron en el lugar en el que descansaría para toda la eternidad.
La gente se fue dispersando y, una hora después, solo los Marconni nos encontrábamos allí. Nosotros debíamos ser los últimos en marcharnos y había llegado el momento .
—Pero ¿cómo nos vamos a ir? —se lamentaba mi madre incrédula, con un sollozo que salía de lo más profundo de su garganta. Me acerqué a su lado para intentar calmarla—. ¿Cómo vamos a dejarlo aquí solo, Blake?
—Él ya no está aquí, mamá. Ni aquí ni en ningún sitio. —Me tembló la voz—. Él ya no pertenece a este mundo.
El llanto de mi madre resonó en el mausoleo como si tuviera vida propia.
—Vamos, Lena. —Tía Bianca la cogió entre sus brazos, no solo queriendo ser su apoyo, sino como si para ella también lo fuera. Como si servirle de soporte le impidiera derrumbarse. Papá era su único hermano y ya no existía.
—Tenemos que irnos. Es la hora —dijo tío Agostino—. Te esperamos fuera.
Al darme cuenta de que no tenía a nadie a mi alrededor, caí de rodillas en el suelo y me permití soltar las lágrimas que se agolpaban en mis ojos y que ya no podía retener por más tiempo.
—Blake. —Escuché la voz de Doménico detrás de mí y me levanté para abrazarlo.
Mi abuelo, de semblante serio y mirada valiente. Todo lo que habría visto y vivido, y ahí seguía, casi imperturbable. Admiraba profundamente su entereza y me comía por dentro no parecerme un poco más a él en ese momento.
—Llora cuanto quieras, mi niña —me dijo acariciándome la espalda—. Llora cuanto te haga falta para sanar tu corazón, igual que voy a hacer yo.
Estaba segura de que él soltaría sus lágrimas en soledad, sin que nadie lo viera. Era así de tenaz.
—No quiero sentirme débil. —Me avergonzaba reconocer que gimoteé como una niña pequeña al pronunciar esas palabras, pero es que ya no podía más. No quería seguir fingiendo que no tenía miedo a todo lo que estaba por venir. Al presente. Al mañana. A mí misma—. Estoy asustada.
Su mirada fue de comprensión .
—Es normal tener miedo, lo contrario te haría imprudente y una mala líder. —Cogió mi cara entre sus manos y me miró tan firmemente que me hizo estremecer—. Las lágrimas no te hacen de menos, hija mía —me dijo—. Para saberse fuerte, hay que conocerse débil.
Asentí, secándome los ojos.
—Nunca pensé que esto ocurriría. Odio mi futuro y todo lo que me espera —confesé con la esperanza de que él pudiera hacer algo para ayudarme. Coloqué mis manos encima de las suyas y casi rogué—. Ahora que los Spígola están aquí, ¿por qué no hablamos con ellos?
Puso mala cara. Había tocado un terreno pantanoso, pero es que estábamos de barro hasta el cuello. Sobre todo yo.
—El trato está sellado con sangre. La mía.
Y es inamovible. —Su mente viajó muy lejos de allí, lo supe en cuanto aquellas palabras salieron de su boca.
Y comprendí que aquello no dependía de él—.
No veía a esa familia desde hacía décadas…
—suspiró—, y espero no volver a verlos en lo que me reste de vida.
—¿Por qué dices eso? —Quise saber, aunque estaba segura de que no me lo contaría—. Os ayudaron no matando a la persona que protegéis, la que esconden los Ricco —indagué. Necesitaba saber más de aquello si quería romper mi compromiso con John.
—A un alto precio, Blake. —Se pasó una mano por la frente—. Un precio que los Marconni todavía estamos pagando, aunque jamás pueda arrepentirme de ello.
Supe que no se refería a mí. Que me obligaran a casarme era lo de menos. Había un sentimiento mucho más arraigado en su interior, pero ese día no le sacaría nada más sobre el tema.
—¿Cuándo se acabará, abuelo? ¿Es necesario este derramamiento de sangre?
—Blake, sé cuánto sufres, porque tu dolor es el mío. — Volvió a coger mis manos entre las suyas y sentí que compartía el peso de mis hombros—. Pero ten presente que esto pasará, que la pena se atenuará. Ocurrirán cosas o conocerás a gente, y tu vida cambiará para mejor.
Quizá ya habían ocurrido. Quizá ya las había conocido. Pero en lugar de detenerme a pensar en eso, manifesté aquello que más me preocupaba.
—Ni siquiera sé en quién puedo confiar.
Él estaba muy bien enterado de las últimas palabras de mi padre. Yo misma se las había contado. Alguien cercano a nosotros nos había traicionado. O al menos eso era lo que pensaba.
—Lo sé. Pero recuerda que tu familia es tu fuerza.
Por supuesto, podía confiar en mi madre, mis tíos, mis primos, mi abuela y en él mismo. Eso era incuestionable. Entre nosotros éramos intocables. Era imposible que ellos me fallaran.
—Ojalá fuerais eternos —imploré mirando hacia el ataúd.
—Lo somos, hija. —La seguridad de su voz reverberó en el mausoleo—. Los hombres como tu padre y como yo somos inmortales, Blake, porque cuando dejamos este mundo nos convertimos en leyenda.
Me estremecí entre sus brazos. Doménico Marconni no tenía ni idea de cuánto lo admiraba ni de lo que suponía para mí tenerlo en mi vida, infundiéndome coraje.
Tomé una gran bocanada de aire, entorné los ojos y hablé con toda la seguridad que él me transmitía.
—Abuelo, lo que le han hecho a papá lo vamos a devolver multiplicado por mil —afirmé y él estuvo de acuerdo.
—La sangre llama a la sangre —sentenció.