Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 10 La primera batalla
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10 La primera batalla

CÓSOMO

—¿De qué estás hablando? —preguntó mi prima. No había podido explicárselo antes con John pegado a ella.

Teníamos demasiados frentes abiertos: averiguar quién perseguía a Blake el día del accidente con su coche, quién puso la bomba a tío Roberto, quién era la persona que escondían los Ricco, de qué cojones iba el tipo del FBI... y ahora esto, joder. Aquello era demasiado incluso para mí.

—Hay varios focos de insurrección —expliqué asqueado—.

Clanes que creen que pueden quitarnos los negocios, la discoteca e incluso la mansión.

Se burlan de que han estado en nuestra casa, de que hemos bajado la guardia...

—Hice una pausa y me obligué a continuar—.

Al parecer, hay rumores de que a una mujer se la puede derrocar fácilmente, que tu fama no está justificada y que los Marconni han perdido todo su poder en tus manos.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Los dueños de nuestros negocios. Tenemos suerte de que todavía nos teman y nos den esa información.

—Hay que atajarlo ya, y debes hacerlo tú personalmente —añadió mi padre—. No solamente eres la nueva cabeza de familia, también tienes que demostrarlo.

Blake no dijo nada. En cambio, puso una mano sobre el ataúd y cerró los ojos, como esperando una señal de tío Roberto. En el silencio solemne que reinaba en la estancia casi pareció que él le contestaba. Vi la determinación en su rostro cuando los abrió y se dirigió a nosotros.

—¿Cuál es el más preocupante?

—El del Greenwich Village, sin duda —contesté rápidamente. La banda de los Rangers era la que más poder tenía en la zona y ya no estaban dispuestos a seguir rindiéndonos cuentas—. Esos tipos son asquerosos.

—La prensa no puede verme salir del cementerio.

—Lo tengo todo controlado —aseguré. Incluso le había pedido a Reinard que cogiera ropa cómoda de la habitación de Blake—. Además, es la coartada perfecta para que la poli no piense que hemos sido nosotros, pero que corra la voz en las calles.

—Vale, iremos a hacerles una visita.

—Eso es muy arriesgado —dijo Giordano—. No solo podrían pillarnos, también nos superarían en número.

—Si hay que encargarse hoy, no hay tiempo para montar un operativo —comenté yo.

—Pues los llevaremos a nuestro terreno —afirmó mi prima, que ya había adoptado una posición de ataque y era imparable—. Mandad a los hombres a que secuestren al cabecilla y a su segundo al mando, y que los lleven a la mansión.

—Tenéis que ingeniároslas para hacerlo público. Que todos sepan que hemos sido los Marconni —dijo mi padre, y tenía razón .

La mafia, al contrario de lo que se veía en las películas, era una organización discreta.

No nos complicábamos en exceso, por eso solíamos hacer uso de la lupara bianca [7] .

Preferíamos no tener que matar, pero en caso de que tuviéramos que hacerlo, cortar el cadáver en trozos pequeños y disolverlo en ácido para que no quedara rastro o tirarlo al mar, atado a unas piedras, era lo más efectivo.

Cuanto más simple, mejor. Pero esta vez íbamos a ser escandalosos.

Nos iban a temer incluso al otro lado del continente.

—El primero morirá y el segundo enviará el mensaje. No quiero que haya nadie que se atreva a quitarnos nuestro territorio. ¿Abuelo? —Blake le pidió opinión y todos lo miramos sabiendo que daría su aprobación.

Él se tomó un minuto de rigor para pensar bien sus siguientes palabras. No en vano era considerado uno de los mejores consiglieres de los últimos tiempos. Cada sílaba que pronunciaba valía su peso en oro y todos lo sabíamos.

—Poco podemos hacer por los muertos, salvo vengarlos. Luchemos por los que aún estamos vivos.

No había nada más que hablar, solo quedaba prepararnos para la batalla.