Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 9 Somos humo
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9 Somos humo

BLAKE

Todo el mundo quería mostrar sus respetos a mi familia y, durante las siguientes horas, no dejé de dar manos, besar gente y escuchar en mil ocasiones lo bueno que era mi padre. Como si alguien tuviera que informarme a mí de cómo era. Decir «bueno» se quedaba corto. Era el mejor.

El duelo estaba siendo uno de los más multitudinarios que había acogido el cementerio Trinity Church de Manhattan. Incluso vinieron los Spígola, la familia de mi abuela, desde Sicilia.

Mis primos y yo ni siquiera conocíamos a Hemelda, hermana menor de mi abuela, su marido Edgar y su hijo, Pietro, que no sería mucho mayor que yo; ni a Antonello, el hijo de Lucho, el fallecido hermano de mi abuela, y su mujer, Renata.

Sabía que seguíamos en contacto con ellos e incluso teníamos negocios en marcha, pero a mis primos y a mí siempre nos habían mantenido apartados porque, como nos explicaron cuando me enteré de que debía casarme, eran asesinos a sueldo, algo que mi abuelo repudiaba.

—¿Cómo estás? —me preguntó John, que no se había despegado de mí en todo el día.

«De puta madre», quise contestar, pero me contuve.

—Me vendría bien un poco de agua, ¿te importaría ir a comprarme una botella, cielo? —pregunté en buenos términos, porque necesitaba perderlo de vista durante unos minutos, o todos los que pudiera, ya puestos. Su cercanía me resultaba agobiante.

—Claro que sí, ahora vuelvo. —Me acarició el brazo y salió de la capilla ardiente.

Solté un suspiro y fui hasta donde estaba mi familia, cerca del féretro. Escuché cómo mi abuela preguntaba por Vinchenzo que, al parecer, era el hermano de Antonello.

—Está en París —contestó, no sin antes echarle una mirada rápida a su tío Edgar, lo que me inquietó.

Luego fue este quien tomó la palabra, y lo hizo en voz baja, para que solo la familia lo escuchara.

—¿Por qué no has enterrado a tu hijo en Queens, Annetta? Ese es el cementerio de la mafia siciliana en Nueva York.

—Nuestro territorio es Manhattan —contestó mi abuelo por ella, bastón en mano y muy preparado para usarlo si hiciera falta.

Pocas personas sabían que dentro de ese mismo bastón se escondía una espada con una hoja tan fina como para atravesar cinco cuerpos de una sola estocada—, y aquí es donde todos vamos a descansar.

—Pero la Cosa Nostra [4] descansa en Queens, siempre ha sido así.

—No vamos a discutir nuestras decisiones contigo, Edgar. Ya es hora de que cambiemos la tradición.

— Lo so bene [5] —dijo observándome por encima del hombro—. En cuanto a nuestros negocios en común, debemos asegurarnos de que siguen en marcha.

Tío Agostino se adelantó un paso.

—No debéis preocuparos, con vosotros seguiré tratando yo.

Mis primos y yo nos miramos. Estaba claro que nuestra familia todavía pensaba mantenernos al margen de Sicilia, de los Spígola y de la persona que escondían los Ricco.

Edgar asintió y se despidieron antes de retirarse. Volverían al día siguiente para el entierro.

—Deberíais decirnos lo que está ocurriendo con ellos —urgí—. La muerte de papá lo cambia todo.

—Que Roberto haya muerto no cambia nada respecto a ese asunto —sentenció mi tío.

¿Cómo podía decir eso?

—Merezco saberlo por todo lo que estoy sacrificando —reclamé.

—No eres la única que está sacrificando algo, aunque ahora mismo no seas consciente de ello.

—¿De qué sirve una líder que no ve, que no sabe? —me exasperé—. ¿Por qué os empeñáis en mantenerme ciega?

—Llegará el momento en que lo comprendas, Blake —sollozó mi madre—, pero ese momento no es ahora. Déjalo estar, hija, por favor.

Me mordí un carrillo intentando contener las ganas de gritar, de llorar, de romper con todo.

—¿Por qué no te sientas un rato? —preguntó Giordano a mi lado—. Llevas demasiadas horas de pie.

Negué con la cabeza y miré a mi alrededor.

—Todavía queda mucha gente por llegar.

El ambiente estaba impregnado de una nostalgia que pondría los pelos de punta a cualquiera. Todas las familias estaban allí. Había decenas de personas a una distancia prudencial del ataúd, vestidas de riguroso luto. Era abrumador.

Ellos me observaban a mí. Yo hacía lo mismo con ellos. Unos mostraban su tristeza más que otros. Algunos incluso soltaron lágrimas. Cada uno cargaba con su dolor de forma diferente. Estaba segura de que también habría quien se alegrara, pero en aquel momento lo disimulaban demasiado bien.

Un par de horas después, al caer la noche, la gente comenzó a despedirse para dejarnos algo de intimidad y, cuando ya creíamos que íbamos a tener un poco de paz, aparecieron ellos.

—No pensé que volveríamos a vernos tan pronto, y menos en estas circunstancias. —Logan Price tomó mi mano y la apretó con fuerza—. Supongo que la voluntad de tu padre se ha cumplido antes de tiempo y ahora eres la cabeza de los Marconni.

Algo me decía que no quería verme en esa posición en absoluto, pero por mucho que me jodiera, cada palabra que había pronunciado era cierta.

—Supone bien —contesté con aplomo.

—Tutéame, por favor, querida. Estoy seguro de que llegaremos a acuerdos muy provechosos juntos. —Dio una palmada en la mano que aún tenía agarrada antes de soltarla y, sin darme más opción a réplica, fue a hablar con tío Agostino.

—Lo siento mucho, Blake —me dijo Axel, y me dio un beso en la mejilla que acepté. Era el hermano que mejor me caía.

—¡Me postro ante la nueva reina de Manhattan!

—exclamó Cam haciendo una exagerada reverencia—.

A lo mejor esto es una señal de que deberíamos estar juntos.

—Alzó las cejas, provocándome, como si aquello fuera una maldita broma.

Lo cogí de la camisa negra que llevaba y la retorcí hasta acercarlo a un palmo de mi cara.

—Es una señal de que cierres la puta boca o no saldrás jamás de este cementerio.

Levantó las manos en señal de rendición, con una sonrisa burlona.

—Qué carácter, Blake, me encanta. —Se relamió y le di un puñetazo en el estómago con la misma mano con la que lo tenía cogido.

—Cam, ya basta —le pidió John, saliendo de detrás de mí.

—La mascota de Blake, siempre al acecho.

—Vamos, Cameroncito, compórtate —dijo Hudson—. Lamentamos mucho tu pérdida, Blake. —Cogió mi mano, la apretó y luego se giró hacia sus hermanos—. ¿Veis cómo se hace? —gritó, abriendo los brazos, y todos los presentes lo miraron.

Joder, ni siquiera sabían comportarse.

Cósomo llegó hasta nosotros y le puso una mano en el pecho a Hudson. Entre ellos había ocurrido algo hacía tiempo y aún parecían saltar chispas. Lo apartó de mí y se quedaron hablando, pero mi límite llegó cuando vi a Riley.

Iba con una chica morena que parecía incluso intimidada por el sitio en el que se encontraba, o por la gente que la rodeaba.

Se estiraba las mangas del vestido que llevaba, pero no porque tuviera frío, sino como si quisiera ocultar algo.

Las retorcía nerviosa una y otra vez. El porqué cobró sentido al ver la mueca desencajada en la cara de Riley.

Ni siquiera parecía saber dónde estaba. No tenía ninguna duda de que estaba drogado.

—Mi más sentido pésame —dijo la chica y agachó un poco la cabeza, no supe si en señal de respeto o por lo avergonzada que se sentía.

—Anda, quita. —La empujó Riley—. Blake, Roberto era…

—Fuera —espeté sin dejarlo terminar. No pensaba permitir ese tipo de comportamientos en el entierro de mi padre, y mucho menos que pronunciara su nombre en vano.

—¿Qué? —Se quedó perplejo.

—Blake, no creo que debas —dijo John a mi lado.

—Tú no te metas.

Logan Price se acercó junto a mi tío.

—¿Qué ocurre aquí?

—Quiero que tu hijo se vaya.

—Mira…

—O lo sacas tú, Logan, o lo saco yo —lo corté.

—Piénsalo bien, niña. Te arrepentirás de esta humillación.

—No. Como tú mismo has dicho, ahora soy la cabeza de mi familia y exijo respeto para mi padre y para los míos. Un respeto que tus hijos no han sabido tener.

—Agostino —le exigió a mi tío. Este me miró. Sabía lo que tenía que hacer, aunque algo me decía que no estaba en absoluto de acuerdo. Aun así, se tragó lo que fuera que estuviera pensando y me apoyó. Solo tuvo que mirar a Riley para saber el motivo de mi petición.

—¿Acaso no te has dado cuenta de que tu hijo está de droga hasta las cejas, Logan? Estamos velando a mi cuñado, a mi hermano —recalcó las palabras—, y como bien ha dicho mi sobrina, merecemos respeto. Por favor, pídele que salga.

—¡A la mierda! Ya me voy yo —soltó Riley, y cogió a la chica de la muñeca. ¿Sería su mujer, Madison? Si era así, lo lamentaba profundamente por ella.

—¡Nos vamos todos! —gritó Logan para que los presentes lo escucharan—. No olvidaré esta afrenta —le dijo a Agostino, saliendo detrás de su hijo.

—Vamos, Logan, cálmate —le pidió Luciano, y fue tras él.

Axel se llevó a Cameron y vi como Hudson le decía algo a Cósomo antes de salir también.

—Lo siento, pero no pensaba consentir…

—Shhh —me calló mi tío y me abrazó solo para disimular que lo que en realidad quería era hablarme al oído—.

Jamás te disculpes por una decisión que hayas tomado como cabeza de familia, y menos delante de otras personas que no lo son —me advirtió.

Luego se separó de mí y fue hasta donde se encontraban mis abuelos, que no se habían movido de al lado del féretro desde hacía horas.

—¿Quieres que me quede contigo? —me preguntó John.

—No, me gustaría estar a solas con mi familia.

—Vale, voy a ayudar a mi padre, nos vemos mañana. —Me dio un beso en la mejilla y salió.

Y justo cuando lo hizo, Cósomo cerró la puerta de golpe, provocando que todos lo miráramos con una pregunta dibujada en nuestros rostros.

—Blake, tenemos que encargarnos de algo —pronunció tajante.