Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 8 Intocables
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8 Intocables

ÁLEX

Al llegar al piso franco metí el coche en el garaje, poniendo el código de seguridad que me había enviado Leo a través de un móvil desechable, y nos adentramos en el edificio.

Cuando subimos, la puerta se abrió de repente, y una mole de músculos se tiró a mis brazos. Era Ciro, el más fiel de mis hombres y un trabajador incansable.

—Yo también me alegro de verte, amigo. —Correspondí a su abrazo.

— Il mio capo, e mi manchi tutto il tempo. Come stai? [2]

— Sto bene [3] , ¿qué tal todo por aquí? —Miré a mi alrededor. Antes de irme comandaba a un grupo de veinte hombres y ahí faltaban unos cuantos—. ¿Dónde están los demás?

Su cara hizo una mueca y temí lo peor.

—Hemos perdido a algunos por el camino, jefe.

Palmeé su corpulenta espalda, tragándome el nudo que se me instaló en la garganta al saber eso y sintiéndome muy culpable por haberlos dejado a su suerte mientras yo estaba en Nueva York, centrado en cosas que poco tenían que ver con el trabajo.

Entramos en la casa, devolviendo cada saludo. Era increíble el cariño que nos guardaban nuestros hombres. Mi primo fue el último al que saludé, pero el abrazo que más sentí.

—Cuánto tiempo, Leo —musité en su oído.

Hacía ya cinco meses desde que nos habíamos ido y, para mí, eso suponía demasiado tiempo alejado de él.

—Mucho, primo —me correspondió y dio el mismo saludo a Roma y a Bass—. Os veo bien.

—Podríamos estar mejor, te lo aseguro —contesté.

Luego se acercó a Julia y le dio un beso en la mejilla.

—Me alegra que estés sana y salva.

—No habría sobrevivido sin ti —contestó ella con un gesto solemne—. Cuando esos hombres me arrinconaron pensé que no lo contaba.

Bass la atrajo hacia su cuerpo, frustrado por no haber estado ahí cuando ella lo necesitaba. Juraría que en ese momento todos sentimos la misma impotencia.

—Si hubieras visto a Livia, me ordenaba que te llevara a casa cada día. —Leo sonrió quitándole importancia, y todos nos reímos, aun entendiendo que no se trataba de ninguna broma.

Mi primo era un hombre de palabra y nos hizo saber desde el primer momento que contábamos con su apoyo. De no haber sido así, jamás nos hubiéramos ido sin Julia.

—¿Qué tal por Nueva York?, ¿cómo están mis tíos?

—Nos ha costado mucho hacernos un hueco —dijo Romano—, pero vamos tirando. A papá están a punto de darle su plaza como juez.

—Eso es estupendo. Os estoy echando demasiado de menos —se lamentó y su sentimiento fue el mío propio.

—Ojalá pudiéramos volver. —Al pronunciar esas palabras, el estómago me dio un vuelco. Volver a Roma significaría no ver más a Blake y yo no estaba preparado para esa posibilidad.

—Estoy en ello. Sabéis que me metí en política para luchar contra la gentuza que quiere darnos caza.

—Por eso precisamente estamos aquí —Bass tomó la palabra—. Venimos a acabar con los Léoni.

—¿Estáis locos? —Leo se sentó en el sillón con la supremacía que lo caracterizaba, aunque su gesto fue de incredulidad—. ¿Qué os hace pensar siquiera que lo conseguiríais?

—Sabes que Julia está en peligro, tú mismo la has cuidado todo este tiempo —continuó Bass con su exposición—. Pero, aunque venga a Nueva York con nosotros, nunca ninguno de los nuestros estará seguro mientras el último de los Léoni siga vivo. Incluidos tu madre y tú.

Mi primo cabeceó mientras mis hermanos y yo nos mirábamos con recelo.

—Aquí soy el príncipe. Mi madre se va a casar con el alcalde, somos casi intocables —se regodeó—. ¿Por qué creéis que hemos sobrevivido tanto tiempo? ¿Por qué pensáis que Julia sigue viva? Ellos nos temen a nosotros.

Mis hermanos y yo asentimos. Por una parte, tenía razón, pero nadie estaba seguro del todo.

—Tú lo has dicho, primo, casi intocables —respondí yo, enfatizando la palabra—.

Sabes que te agradecemos mucho todo lo que has hecho, pero ¿cuánto crees que durará esa falsa sensación de seguridad?

¿Piensas que no prepararán un accidente?

¿Un encuentro fortuito, como hicieron con tu padre cuando se entrometió en sus asuntos? ¿O como hicieron con Giovanna?

Sus labios compusieron una fina línea, seguramente asolado por los recuerdos.

—Precisamente Bella estuvo aquí hace un mes. Me pidió que la ayudara a cerrar el negocio —y yo ya sabía por qué. Mi padre había recibido una llamada de su contacto en la fiscalía. Era la mejor decisión que podían tomar, dadas las circunstancias—. Ni siquiera vendrán a la boda.

—¿Y te extraña? —pregunté retórico. Cuanto más lejos estuvieran de Roma, mejor.

—¿Lo ves? Primo, te mandarán a dormir con los peces antes de que te des cuenta —continuó Romano—. Y si pueden, lo harán también con el alcalde. Piensa en Livia.

Mi primo hizo una mueca. Su mujer estaba embarazada. Una nueva vida crecía en ella y lo que menos queríamos era verla peligrar. Ellos estaban en primera línea de fuego.

—Somos los dueños de Imperium —dijo Leo con la soberbia de quien se sabe invencible—. Nada pasa en Roma sin que nosotros lo sepamos.

—Y ellos son la policía. Tienen una ventaja sobre nosotros que no dudarán en utilizar.

—Isabella se encargará de que no lo hagan.

—Sobrevaloras el poder que tiene sobre Xesco.

—O el que Xesco tiene sobre el resto de los Léoni.

—Exacto, mientras esa familia esté operando en Roma estamos en peligro, ¿no te das cuenta? —gritó Bass enfurecido—. ¡Mis padres, nosotros mismos, hemos tenido que dejar toda nuestra vida y comenzar de cero!

Aunque no era una actitud propia de Bass, comprendí su furia. Mi primo se resistía a entender nuestras palabras.

—Creo que tenéis a una Léoni allí mismo, en Estados Unidos.

Efectivamente, no nos habíamos topado con Petra cara a cara, pero sí la teníamos vigilada. Era una mujer de unos setenta y pocos años, que se pasaba el día metida en casa de su hijo, Salvatore Lorenzzo, y solo salía a la calle para dar paseos cortos con una de sus nietas, Vera.

—De momento, podemos manejarla. Tiene tanta mala leche como ellos, pero no poder suficiente —expliqué—. Italia es el problema. Roma está infestada de esos asesinos.

—¿Y qué tenéis pensado para llevar a cabo vuestro plan?

Por fin, mi primo se interesó por lo que nos había llevado allí. Esa sería la parte más difícil y necesitábamos su ayuda .

—La boda de tu madre con el alcalde será el momento perfecto. Sabemos qué familias están invitadas.

El momento no había podido ser más propicio. Antes de irnos, mi padre le pidió a tía Mérida que concretara una fecha lo más rápido posible y así lo hizo. A todos nos convenía esta unión y, muy a nuestro pesar, Alfredo había insistido en invitar a los Léoni, y ahora íbamos a aprovecharnos de ello.

—¿Para eso habéis venido? ¿Para estropearle la boda a mi madre?

—Mejor perder una boda que nuestras vidas —afirmé.

—Sabéis lo que me juego con esto.

—Tu puesto como sucesor del alcalde algún día, lo sabemos.

—Y no solo eso. ¡La libertad! —enfatizó—. Ganar esta lucha con palabras, no con muertes.

—Después de lo que nos hicieron, no merecen clemencia por nuestra parte —dijo Bass, que se estaba exasperando por tanta reticencia.

El resto de los hombres estaban callados, escuchando lo que decíamos, aunque vi algunos asentimientos.

—No es clemencia. No siento por ellos la más mínima empatía y lo sabéis. Se trata de hacer las cosas bien, legalmente.

Leo era un gran político, de los que todavía tenían ideales, y algún día sería un gran alcalde, pero estaba muy equivocado si pensaba que esta guerra no se libraba con la fuerza.

—La boda tiene que llevarse a cabo —contestó—. No puede salir mal.

—De acuerdo, pero ni para tu madre ni para ti supondrá un problema que la celebración se posponga unas pocas semanas. —Sonrió Romano.

—¿Aless sabe algo de esto?

Yo negué con la cabeza. No habíamos informado a nuestros hermanos postizos porque lo más probable era que se empeñaran en detenernos.

Sabíamos que ellos tenían un plan en mente.

Uno que llevaban toda su vida gestando. Sabíamos que tomar el control supondría meternos con ese plan que tan bien habían trazado y del que nosotros no estábamos informados porque, según ellos, cuanta menos gente lo supiera, menos probabilidades había de que se jodiera.

Tendríamos que pedirles perdón mil veces por nuestras acciones, o quizá fueran ellos quiénes terminaran dándonos las gracias. Eso era algo que no tardaríamos demasiado tiempo en averiguar.

—Hay que decírselo, Aless tiene un plan trazado —afirmó Leo.

—Sí, uno del que no somos partícipes.

—¡Da igual! Tenéis que contárselo.

—¿Para qué? —preguntó Bass con sarcasmo—. ¿Para que nos lo impida?

—¡Porque podéis meter la pata, y mucho! —Se exasperó.

—Primo. —Lo miré solemne pero desafiante—. Haremos esto contigo o sin ti —mis hermanos asintieron—, pero nos gustaría que fuera contigo.

—Nos matarán a todos. —Sonreí sabiendo que no se refería a los Léoni. Estaba seguro de que a Aless y a Bella no les faltarían las ganas, pero no lo harían. Nos querían demasiado.

—Es un riesgo que estamos dispuestos a correr.

Leo se dio por vencido. Todos los hombres presentes estaban con nosotros, él era el único que se resistía... hasta ese momento.

—Está bien. —Exhaló un suspiro—. Contadme vuestro plan.