Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 6 Refuerzos
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ÁLEX

Romano llegó en el vuelo de las nueve. Lo esperábamos en el aeropuerto, tras los cristales tintados de un coche de alquiler. Yo conducía, mientras que Sebastian y Julia estaban en el asiento de atrás, cogidos de la mano.

Me di cuenta del vínculo que nos unía. La familia de sangre y la que uno elige. Y la responsabilidad que eso conllevaba. Nuestra mayor debilidad también era nuestro poder más grande. Y ponernos a salvo a nosotros mismos, y a las personas que queríamos, debía ser la meta principal.

Roma abrió la puerta del copiloto sonriendo. El maldito cabrón nos conocía a la perfección. No tuvo que mirar dos veces para saber dónde estábamos.

—¿Un Lamborghini Urus? ¿En serio?

—Lo ha elegido Bass. —Sonreí.

Pese a que sabíamos que no era un momento feliz, a todos nos inundó una sensación de alivio por su alegría.

Estábamos juntos por fin.

—Oye, que vayamos de incógnito no significa que tengamos que movernos en una tartana —se quejó el aludido.

—Menos mal que en Roma hay coches como este a patadas. —Julia le hizo un mohín y ese simple gesto lo dijo todo. A veces sobraban las palabras—. Pequeñajo, no sabes las ganas que tenía de verte.

—Y yo a ti. Tengo muchas cosas que contarte, cuñada.

Estaba seguro de que se refería a su relación con Cósomo. Julia era tan confidente de Roma como mía y habían sido unos meses demasiado intensos.

—¿Tú también? ¿Pero qué os dan a los Cabante en Nueva York? —Ladeó la cabeza hacia Bass y alzó una ceja con una pregunta implícita. Roma y yo nos miramos y nos reímos cuando mi hermano levantó las manos en señal de rendición.

—A mí ni se me ocurriría, cariño. Te quiero demasiado.

—Más te vale. —Ella le sacó la lengua y volvió a dirigirse a nosotros—. Espero que al menos mi puesto como mejor amiga siga intacto.

—Puse un anuncio —me encogí de hombros—, pero no se ha presentado nadie mejor, así que tendré que seguir conformándome contigo.

—¡Te quejarás! —bufó—. Solo con una de nuestras charlas ya me convalidarían la carrera de Psicología.

—Pues con Álex tenemos terapia para rato. —Rio Roma y yo apreté el volante. No quería que Blake se paseara por mi cabeza. Debía concentrarme.

—Mi chica es la mejor. —Bass le dio un beso en la mejilla y me giré en mi asiento. No podían apartar las manos del otro.

—¿No habéis tenido suficiente esta noche? —Resoplé mientras se hacían arrumacos. Menudos empalagosos eran.

—Yo nunca tendré suficiente de ti, cariño —le dijo Bass mordiéndole el lóbulo de la oreja.

No sabía para qué preguntaba.

—Joder, qué asco —dije arrancando el vehículo.

—Llevamos meses sin vernos, tenemos que ponernos al día.

—¡Puaj! —exclamó Roma haciendo como que vomitaba.

—No necesitamos tanta información, y menos vuestra —aclaré, por si no era evidente, y me puse en marcha. Teníamos que ver a Leo y a nuestros hombres .

En teoría, mi primo estaba distanciado de los negocios ilegales ya que, al estar en política, no se podía permitir que lo relacionaran con ellos.

Pero en la práctica, nuestros hombres seguían rindiéndole cuentas a él y muchas veces los utilizaba como escolta personal para que pasaran desapercibidos.

—El jet lag es una mierda —se quejó Roma rompiendo el silencio—. Salí de Nueva York por la tarde y otra vez es de día. Me han robado horas.

Que nos lo dijeran a nosotros. El vuelo duraba ocho horas y la diferencia horaria de seis te dejaba machacado.

—¿Cómo han ido las cosas por aquí? —Me atreví a preguntarle a Julia. Ella se puso seria.

—Solitarias. Los laboratorios siguen funcionando a plena capacidad, pero no sé cómo lo haremos cuando Livia dé a luz, ya le queda muy poco.

—El personal puede encargase, tú te vienes a Nueva York —afirmó Bass sin dar opción a réplica.

—Y de las franquicias se encarga Bella, dijo que volvería siempre que hubiera algún problema —comentó Roma, tan preocupado por Julia como todos.

—Lo sé, pero esto es una cadena —se quejó ella—. Si algo falla se jode todo lo demás y aún no he terminado de ordenar las licencias. Irme ahora significa dejarnos en una posición débil.

—Pues más vale que no falle nada, porque no vamos a cambiar de opinión. Prefiero que se caiga el imperio a que caigamos nosotros.

—¿Y no es lo mismo, Bass? —rebatió.

Los entendía a ambos. Se trataba de negocios demasiado lucrativos como para dejarlos sin más, aunque ella se estaba encargando de camuflarlos bajo una apariencia de legalidad gracias al contacto que manteníamos en los juzgados. Para eso se había quedado en Roma .

Conduje con tranquilidad hacia la via Antistio, al otro lado de la ciudad, donde habíamos quedado con mi primo.

Allí teníamos un piso franco. Por el camino, Roma nos contó que había dejado a nuestros padres en Nueva York cuidando de los negocios y representando una normalidad que no existía.

Mi madre se tuvo que implicar, aunque no quisiera, ya que mi padre debía parecer limpio a ojos de todos.

Mis hermanos estaban recreándose en el paisaje que tanto añorábamos. A mí también me hubiera gustado haberlo hecho, pero, además de a la carretera, no podía dejar de mirar por el retrovisor.

—Vamos a parar en una cafetería.

—Por mí genial, no he comido nada en el avión.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Bass.

—Hace rato que llevamos un coche detrás.

Roma miró por el espejo y sacó su teléfono.

—¿El Audi TT gris?

—Exacto.

Tecleó la matrícula en su móvil y esperó unos segundos.

—No hay nada raro en la base de datos. Está a nombre de Karím Dietrich, ciudadano alemán. Puedo buscar más información sobre él si quieres.

—Álex, joder, estás paranoico —dijo Bass—. Nadie sabe que estamos aquí.

—Pero sí pueden haber seguido a Julia. Mejor prevenir que curar.

No conocíamos a todos nuestros enemigos. Había muchas personas que estaban deseando vernos caer y casi se lo habíamos puesto en bandeja al volver.

—Coge el próximo desvío, seguro que encontramos algo.

Lo hice y di varios rodeos hasta que estuvimos solos en una calle. Aparqué y salimos del coche.

Una vez allí, envié un mensaje a mi primo. Tendríamos que esperar para vernos .

—Bueno, se ve que tenemos tiempo —comentó Julia perspicaz cuando nos sentamos en el interior de una cafetería escondida de la via Machiavelli—. Háblame de esa chica.

Blake no existía en Italia. No lo hacía con mi familia, con Julia, con mis amigos, en aquella cafetería o en cualquier plaza. Blake no existía allí y, sin embargo, seguía invadiéndolo todo.

—Mejor que Roma te hable de su chico.

—Quiero escuchar las dos historias, pero algo me dice que la tuya no está siendo muy feliz. —Cogió mis manos entre las suyas—. Y ya sabes lo fan que soy de las causas perdidas.

Tuve que sonreír, pero me obligué a hablar.

Y una vez que empecé, lo solté todo. Me sinceré con mi cuñada mientras mis hermanos escuchaban callados algo que ellos ya sabían: la impotencia que sentía por haberla dejado en aquella situación, que se iba a casar con otro y que eso me dolía más de lo que hubiera esperado en un primer momento; que no sabía lo que era estar enamorado, pero que el amor debía de parecerse mucho a lo que estaba sintiendo, porque Blake se había metido bajo mi piel y era incapaz de sacármela de dentro.

También le conté que por muchas barreras que hubiéramos puesto o por muy complicada que a simple vista pareciera nuestra relación, en realidad había sido demasiado fácil llegar hasta donde nos encontrábamos, dejarla colarse por cada grieta de mi cuerpo hasta sentirla en todo lo que me rodeaba, y que con ella siempre era así: ardiente, pasional y desgarrador al mismo tiempo.

Como un premio y un castigo. Como una jodida necesidad que nunca se saciaba.

Al terminar, no me sentí mejor. Aquello no cambiaba nada, al contrario, compartirlo con ellos hacía que mis sentimientos fueran más reales y no tenía ni idea de cómo gestionarlos.

Pasado un tiempo prudencial, nos volvimos a poner en marcha. Durante el trayecto, todos estuvimos callados. Roma no. La ciudad se alzó ante nosotros estruendosa. El cielo cubierto de nubes descargó su ira contra la tierra que tanto amábamos y comenzó a llover, como si lamentara nuestro regreso.