Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 4 La caída de Roma
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4 La caída de Roma

ÁLEX

Estaba sentado en la Fontana di Trevi, pero mi mente estaba a muchos kilómetros de allí, en Nueva York.

Pese a que Roma era mi casa, quería volver, quería verla, pero por el momento iba a ser imposible. Teníamos que acabar con los Léoni.

Esa familia nos había hecho demasiado daño a lo largo de nuestras vidas.

Siempre interponiéndose en nuestro camino, acechando en las sombras.

Habían provocado la muerte de nuestros seres queridos y nosotros les habíamos permitido seguir respirando durante demasiado tiempo, hasta el punto de tener que huir a un país desconocido en busca de la libertad que aquí nos faltaba.

Era el momento de devolverles parte de ese dolor.

Por suerte, contábamos con la ayuda de mi primo y los hombres que antes estaban a mi cargo y ahora estaban al suyo. Romano ya debía estar volando a Italia. Era algo que teníamos que hacer los tres juntos. La venganza sería épica.

Lo único bueno de haber vuelto era que nos reencontraríamos con Julia y ella por fin podría venir con nosotros a Nueva York. No veíamos la hora de volver a estar de nuevo todos juntos. Bass y ella merecían tener una vida feliz por encima de todo. O una vida. Solo pedía eso.

Mi hermano y mi cuñada habían pasado por mucho.

Llevaban saliendo desde que eran unos críos.

A veces no sabía cómo lo hacían. Cómo tenían esa complicidad, esa conexión, ese poder el uno sobre el otro.

Nunca los había visto pelear de verdad. Seguro que lo habrían hecho más veces de las que pudieran contar y, sin embargo, ahí estaban. Separados pero más fuertes que nunca.

Bass era el mediano de los tres y, por suerte, había heredado la gracia de mi madre y el saber estar de mi padre.

No era tan serio como yo, tan distante. No era tan despreocupado como Romano, tan descuidado.

Tenía lo mejor de cada uno y yo no podía admirarlo más.

Sabía lo que mi cuñada, lo que cualquier persona, veía en él.

Sabía lo que valía y lo valoraba por ello.

Por eso comprendí lo intranquilo que se mostró cuando Leo lo informó de que Julia estaba en peligro y que su actitud anterior era simplemente fachada.

Mi hermano tenía la peculiar costumbre de impregnar sus palabras con burla e ironía, creyendo que así tapaba la realidad de lo que ocurría a nuestro alrededor.

Por una parte, casi se lo agradecía, porque hacía que todo pareciera más fácil de llevar, más liviano.

Aun así, estaba en contacto permanente con Leo por si ocurría algo y el momento había llegado. Esta amenaza ya no podíamos ignorarla.

Los Léoni se dieron cuenta de que Julia estaba haciendo transacciones para nosotros y enviaron a dos de sus hombres   para que nos delatara. Pero ella nunca lo haría por mucho que la presionaran. Por eso, cuando mi primo mandó un mensaje a Bass informándole, corrimos hacia Roma.

Quedaba poco para que se reencontraran. Teníamos que esperarla en la piazza Cociferi en cinco minutos.

Bass ya estaba allí. Me levanté de la Fontana y dirigí mis pasos hacia esa parte de mi ciudad que me resultaba tan conocida, pero lentamente, esperando darles un poco de intimidad.

Dios sabía que la necesitaban, pese a que yo también estaba deseando verla .

Me apoyé en la pared de la iglesia y vi a una morena de pelo corto mirando hacia ambos lados y hacia atrás. Sin duda, era Julia. Aunque nadie vivía tranquilo, y menos en Roma.

Por mi cuerpo subió el rumor de la incertidumbre, de lo que nos depararía el futuro, de si volvería a verla. Yo sabía que sentía por Blake algo muy parecido a lo que mi hermano sentía por mi cuñada, pero no podía siquiera llegar a imaginar lo que supondría para ellos este reencuentro.

Bass salió de entre las sombras y fue en su busca.

Cuando ella lo vio, le cambió el rostro.

Sus ojos se abrieron, iluminándole la cara, y comenzó a llorar.

Mi hermano la rodeó con los brazos y la protegió como solo un Cabante sabría hacerlo.

Esa sería la última vez que estarían separados. Nos encargaríamos de ello.

Cuando se miraron, sonrieron, se besaron y se abrazaron con fuerza, supe que era el momento para acercarme. Julia levantó la cabeza del hombro de Bass y posó en mí su mirada, comenzando a reír casi a carcajadas. No fui capaz de expresar cuánto la adoraba.

Miró a mi hermano, separándose de él apenas unos milímetros, y luego se concentró en mí. Cogí su cara entre mis manos y le besé la frente, sintiéndome casi completo. Luego nos abrazamos los tres, sabiendo que ese era solo el primer paso de lo que estaba por llegar.

—Te hemos echado mucho de menos —le dije con afecto. La felicidad que henchía mi pecho casi paliaba la presión que llevaba todo el día sintiendo.

—Ya será menos. Seguro que habéis campado a vuestras anchas sin nadie que os controlara —se burló.

Si algo tenía mi cuñada era un carácter muy parecido al de Bass. Y poder bromear en ese momento se me antojó un lujo que no estaba a mi alcance, así que decidí disfrutarlo mientras durara.

—Y aunque parezca mentira, eso es lo que más he añorado. —Le di un toquecito en la nariz y ella, como siempre, la arrugó en respuesta.

—¿Lo mandona que soy o lo bien que te conozco?

—Lo bien que echas los sermones, nadie me regaña como tú. —Se rio con ganas y Bass me dio un golpe en el hombro siguiéndonos la broma.

—Pero bueno, ya está bien, ¿no? ¿Quieres dejar en paz a mi chica?

Le devolví el golpe, cariñoso. Por primera vez desde que recordaba, yo también reí a carcajadas.

—También es mi chica, Bass —me burlé.

—De eso nada, hermano. Tú ya has encontrado a la tuya —dijo mientras abrazaba a Julia de nuevo y la apoyaba en su costado.

¿Tendría razón? Puse gesto serio, obviando esa afirmación. En ese momento ni siquiera sabía el alcance de lo ocurrido en Nueva York, cómo habría afectado a las familias la muerte del padre de Blake ni cómo estaría ella soportando la pérdida.

De lo único que estaba seguro era de que el beso que nos dimos antes de venir no sería el último. Yo no lo permitiría.

No habría llegado tan lejos, no habría admitido sentir esto por alguien si no pensara llegar hasta el final. Quería ver lo que aguardaban esos sentimientos. Quería aceptarlos y que fueran correspondidos. Quería experimentar la atracción y perderme en ella sin volver la vista atrás.

—Espera, espera. —Julia abrió mucho los ojos—. ¿Se puede saber qué me he perdido?

—Alguien ha conseguido cazar a Álex —cuchicheó Bass, como el que cuenta un secreto a voces.

—¡No puede ser! ¿A quién has engañado para que te aguante?

Puse los ojos en blanco e hice una mueca de disgusto .

—Te has perdido muchas cosas, nena —dijo él, dándole un beso en la coronilla.

—Pues ya me estáis poniendo al día. —Arqueó las cejas, dispuesta a indagar más en lo que su novio había afirmado, pero le fue imposible. El cielo rugió junto a un ruido de sirenas. Los carabinieri se acercaban.

Teníamos que correr. Debíamos irnos, refugiarnos lejos de los que nos acechaban. No quería hacer conjeturas, pero no había que ser muy inteligente para saber quién los había mandado. Eso solo podía significar que los Léoni estaban cerca.

No podíamos alojarnos en nuestra casa ni en la de Julia, porque nadie debía saber todavía que estábamos en Roma, así que compramos algo de cena y nos fuimos al hotel que mi cuñada había reservado. Era discreto y, por supuesto, utilizamos nuestros nombres falsos, los mismos que para el vuelo.

Ellos cogieron una habitación y yo otra. Me despedí hasta el día siguiente.

Me duché, dejando que el agua recorriera mi cuerpo como nunca lo había hecho Blake. Pensando en todo lo ocurrido. En lo que nos había traído hasta aquí. Sintiéndome perdido cuando tenía que ser más fuerte que nunca.

Cené un poco y miré el reloj. La diferencia horaria, la adrenalina, los oídos, que aún me palpitaban por el estruendo de la explosión...

Todo hacía imposible que fuera capaz de conciliar el sueño, así que encendí la televisión y me tumbé, dejando vía libre a la tormenta que se agolpaba en mi cabeza.

Para la misión que teníamos por delante debía mantenerme frío, impasible. Debía demostrarles a todos lo que no era capaz de demostrarme a mí mismo. Pero comenzaría a partir de mañana, dejando que la habitación, y mis pensamientos, me consumieran esa noche.