Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 3 Presión mediática
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BLAKE

Conforme avanzábamos por el pasillo, el llanto desgarrador de mi madre se mezclaba con el de mi abuela y ambos provenían de la planta baja.

Bajamos las escaleras guiados por el sonido. Dejamos que nos envolviera, sintiéndolo cada vez más cerca, hasta que divisamos a toda nuestra familia esperándonos en la entrada.

—Mi niña —pronunció mi madre en cuanto me vio y vino hacia mí.

La acogí entre mis brazos y la apreté fuerte contra mi pecho, intentando darle un consuelo para el que no estaba preparada—.

Se ha ido, Blake, me ha dejado sola —dijo mirándome a los ojos.

Los suyos estaban bañados en lágrimas. Pasé los pulgares por sus mejillas con la intención de limpiarlas, pero esa era una de las tantas cosas que escapaban a mi control y cejé en el empeño—.

¿Cómo voy a seguir viviendo? Quiero irme con él, quiero morirme con él —repetía una y otra vez asiendo con firmeza la tela de mi vestido, como si existiera la posibilidad de aferrarse a él a través de mí.

Comprendí su desconsuelo. Mis padres llevaban juntos desde los catorce años, se conocieron en una excursión que hizo el colegio de papá a las Galerías De Lucchi de Florencia, donde mamá vivía, y mantuvieron el contacto por teléfono, por carta y visitándose cuando podían, hasta que mis abuelos tuvieron que trasladarse a Estados Unidos y ella no dudó en venirse con él.

No pude decir nada. No encontré las palabras para expresar lo que sentía sin caer yo también, y fue tío Agostino quien rompió el momento con un carraspeo.

—Lena, ya basta. —Fue tajante. Lo entendí, pero me habría gustado que hubiera tenido más tacto—. Por muy rotos que estemos, cuando salgamos de aquí tenemos que mostrarnos firmes y más unidos que nunca, ¿de acuerdo? Todos los ojos estarán puestos en nosotros.

Dio un vistazo a cada persona que estaba en aquella estancia. El silencio sepulcral solo era interrumpido por unos sollozos. Tardé unos segundos de más en darme cuenta de que era yo quien los emitía.

Mi madre se apretó más contra mí y yo besé su cabeza, intentando contenernos a las dos.

Mis abuelos también estaban fundidos en un abrazo y solo salían de ellos respiraciones entrecortadas.

Aun así, Doménico tuvo la fortaleza suficiente como para asentir y valoré tanto el esfuerzo que hizo que lo admiré aún más por ello.

Intentaría seguir su ejemplo de entereza.

Lo haría aunque me costara una parte de mi alma.

Tía Bianca cogió a mamá de entre mis brazos y acunó mi mejilla durante un segundo antes de salir por la puerta.

Volví a coger aire, no sabía cuántas veces lo había hecho ya para calmarme, pero nunca parecían ser suficientes, y empecé a andar detrás de ellas.

Dos limusinas nos esperaban para llevarnos al cementerio. En la primera irían mi madre, mis tíos y mis abuelos; y en la segunda, mis primos y yo. Y llevaríamos un coche de seguridad delante y detrás de cada una de ellas.

Cuando nos pusimos en marcha, comenzó otro tipo de ruido.

Nueva York estaba de luto. Todos lo estábamos.

Le habían arrebatado la vida a una de las personas más influyentes de la ciudad a sangre fría, en su propia casa.

Los telediarios no dejaban de dar la noticia y los periodistas nos asediaban a las puertas de la mansión.

Los hombres que teníamos patrullando el perímetro y custodiando la verja apenas eran capaces de contenerlos, y sus gritos llegaron hasta nosotros.

—Señora Marconni —llamaban a mi madre—, ¿quién cree que ha podido atentar contra su marido?, ¿tenía enemigos?

—¿Cómo afectará esto a la cadena de hoteles De Lucchi? ¿La junta de accionistas ha tomado alguna decisión? —preguntaba otro.

—¡Blake! —Escuché mi nombre y apreté los dientes—. ¿Qué opina de que su padre haya fallecido en tan extrañas circunstancias? ¿Retrasará esto su boda con John Ricco?

—¡Odio a esos malditos buitres! —exclamé asqueada.

—Estamos controlando la información, no saldrá nada que no queramos —aseguró mi primo—. Además, que no dijeran nada al respecto sería incluso más sospechoso que dejarlos especular. La muerte de tío Roberto…

—Ha sido un asesinato, Giordano. Habla claro —siseé con rabia.

—Ey, tranquila —me pidió Cósomo—. Mi hermano no tiene la culpa de lo ocurrido, no lo pagues con él.

Di un golpe en el asiento.

—¡Claro que la tiene! ¡Todos tenemos las manos manchadas de sangre y todos vamos a cargar con esta muerte, aunque no pusiéramos la bomba!

—Estás siendo muy injusta. A nosotros nos duele esto tanto como a ti, pero no arreglamos nada peleándonos. —Giordano intentó hacerme razonar y solté una risita agria.

—Tiene gracia que todavía creáis en la justicia. Lo han matado en nuestra propia casa, delante de nuestros ojos, mientras nosotros estábamos distraídos con mierdas.

—¿A qué te refieres con «mierdas», Blake? —preguntó Cósomo a la defensiva. Él sabía muy bien a lo que me refería.

—Álex, Romano, Martia, ellos son una distracción que no nos podemos permitir.

—Estarás de broma —bufó.

—¿Me ves cara de estar bromeando?

—Joder, prima, ¡no estás siendo razonable! No podemos estar pendientes de todo, todo el tiempo.

Me incliné hacia adelante, hasta estar a un palmo de su cara.

—Pues deberíamos. La mafia no es un trabajo, es nuestra vida. Una en la que el riesgo a morir es demasiado alto como para ignorarlo.

—Y entonces ¿qué? ¿Nos quedamos solos por miedo a lo que pueda pasar? ¿Dejamos que la paranoia nos gobierne? ¡Yo no pienso cortar con Roma por tus manías!

Nuestras narices se rozaban. Los ojos de mi primo echaban las mismas chispas que los míos.

—Tú puedes hacer lo que quieras, pero yo no voy a caer otra vez en el mismo error.

—¿Vas a dejar de vivir, Blake? ¿Crees que eso es lo que querría tu padre? Si algo nos ha enseñado su muerte es que tenemos que aprovechar cada segundo.

Apreté los dientes hasta hacerme daño. Más del que ya padecía.

—¡Vete a la mierda, Cósomo!

—¡Vete tú a la mierda!

—Muy maduros los dos —dijo Giordano—. Ahora, separaos.

Me crucé de brazos y apoyé la cabeza en el respaldo. Sabía que tenían razón, pero me dolía el corazón. Me dolía demasiado.

—Disculpen, ya hemos llegado —nos anunció el conductor unos minutos después y se bajó de la limusina para abrirnos la puerta.

Miré hacia fuera. Había mesas con comida, furgonetas y cámaras por todas partes.

—¿Han montado guardia a las puertas del cementerio?

—Una foto nuestra aquí o en la mansión, donde todo ocurrió, vale mucho dinero y si los sobornamos para que no emitan imágenes estaríamos dándoles poder sobre nosotros.

—¿Y es mejor que campen a sus anchas como unos malditos carroñeros? ¿Como si tuvieran el derecho a alimentarse de nuestra desgracia? —pregunté con rabia.

—En un tiempo prudencial enviaré mensajes a todos nuestros contactos en las redacciones y enterraremos la noticia con otra —expuso Giordano—. Siempre surge algo más suculento que quita importancia a lo anterior, solo hay que esperar.

Tenía la intuición de que aquello sería un esfuerzo inútil. El anuncio de mi boda con John había abierto la puerta a que todos empezaran a hacer preguntas y se inmiscuyeran en nuestras vidas privadas, y ahora iba a ser muy difícil deshacernos de ellos.

—Mi paciencia tiene un límite y ya está rebasado —siseé cuando vi que algunos periodistas habían notado nuestra presencia y ya se estaban acercando.

—Joder, Blake tiene razón. Actúan como si esto fuera un maldito espectáculo —se quejó Cósomo.

Mordí mi labio inferior con una ira indescriptible. Sabía que mi padre no estaba en el ataúd, pero exigiría a todos los asistentes que mostraran el respeto que se merecía.

Me puse las gafas de sol como barrera entre los periodistas y yo, y salí de la limusina.

—Pues que comience la función.