Superstición: El poder de la mafia (La mafia más oscura 2) 2 El rey de Nueva York
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2 El rey de Nueva York

BLAKE

El aire de mi habitación estaba cargado de un silencio ensordecedor.

No soportaba ver parlotear a mis amigas como si no hubiera ocurrido nada, así que las mandé callar mientras me arreglaba para el velatorio.

Estábamos las tres en mi habitación y ambas se afanaban en ayudarme a vestirme como si de repente no supiera hacerlo sola.

Valoraba sus esfuerzos y, aunque no pudiera hablar con ellas de muchas de las cosas que me atormentaban, eran las mejores amigas que podía pedir en un día como el que tenía por delante.

Duró treinta minutos, o eso me dijo Giordano, porque a mí me pareció una eternidad.

El tiempo transcurrido desde que mi padre subió al coche hasta que voló en mil pedazos.

Treinta minutos fueron suficientes para que nuestras vidas cambiaran.

Y sentí cada uno de ellos en mi propia piel, como si la muerte me acariciara con la elegante crueldad que la caracterizaba.

Continuaba en estado de shock y no me lo podía permitir, pero el cuerpo tenía maneras muy curiosas de reaccionar ante las catástrofes, y ni siquiera yo sabía cómo iba a hacerlo en esas circunstancias.

Aún sentía el ardor del fuego en mi piel, el malestar en el estómago, la boca seca, el olor a humo mezclado con los gases tóxicos del vehículo, y los cortes en mis pies por haber corrido descalza hasta el garaje.

Los tímpanos me zumbaban a causa de la explosión y me sentía flotar a la deriva en un mar de incertidumbre.

Los médicos me habían atendido, me hicieron una revisión y curaron el daño visible.

Cuando se fueron, estuve segura de que lo hicieron convencidos de su buen trabajo, pero las heridas que ellos no podían ver seguían lacerándome el alma.

El ruido del camión de bomberos, las sirenas de la policía y la ambulancia continuaban retumbando en mis oídos y yo solo me dejaba hacer, consciente de que evitar lo ocurrido jamás había estado en mi mano y con la impotencia arañándome desde dentro.

Mi padre me había preparado para el día en que él faltara y yo siempre prestaba atención, me tomaba sus lecciones con seriedad y memorizaba cada advertencia que me hacía, aun pensando que ese momento tardaría décadas en producirse.

Ni tan siquiera era capaz de imaginar un mundo sin él y ahora lo único que poseía eran miles de recuerdos diluidos a través de los años, un puñado de consejos que debía empezar a poner en práctica y un vacío inexorable que amenazaba con engullirme hasta que no quedara nada.

—Blake, deja que lo haga yo —me pidió Zia casi temiendo mi reacción. Asentí en respuesta y ella se colocó detrás de mí para subir la cremallera.

El protocolo decía que debíamos ir de riguroso luto, por lo que yo había escogido un vestido negro con escote bardot, largo por debajo de las rodillas, y unos stilletos de veinte centímetros.

Era un atuendo que decía: «Sí, sigo aquí.

Tocada pero jamás hundida. Venid a por mí si os atrevéis, cabrones».

Me nutría de la rabia y necesitaba que los demás me vieran más fuerte que nunca. Solo quienes me conocían bien sabrían que no era más que un muro que acababa de levantar a mi alrededor. Uno tan infranqueable que tendrían que matarme para derribarlo.

Me senté frente al espejo y dejé que Fiorella me maquillara las ojeras y me hiciera un sobrio recogido. Mientras mis amigas se movían de un lado a otro, yo me fijé en la imagen que me devolvía mi reflejo en él.

Apenas parecía una sombra de mí misma y abracé ese sentimiento. Lo hice mío. Cerré los ojos y asumí que la oscuridad era un buen lugar en el que refugiarse. Solo cuando todo estaba oscuro se podía ver bien la luz, aunque fuera un pequeño resquicio. Y eso era lo que necesitaba.

Mi mente no dejaba de pensar en lo ocurrido con mi padre y la única conclusión a la que llegaba era que, quien había puesto esa bomba, estaba cerca. Demasiado cerca como para poder verlo en perspectiva.

Cósomo abrió la puerta y el llanto de mi madre entró en mi habitación.

Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en la carne, intentando que el dolor físico fuera más fuerte que el otro, el que me estaba golpeando por dentro una y otra vez sin descanso.

Porque si me arriesgaba a soltar una sola de las lágrimas que me quemaban tras los párpados, sería incapaz de parar.

—Blake… —No dijo nada más. No hacía falta.

Y una sensación de alivio inundó mi pecho al darme cuenta de que en un momento como aquel había alguien que me comprendía sin palabras.

Un «¿cómo estás?» sería algo superfluo y esperaba mucho más de mi primo que esa pregunta retórica—. Acabo de dejar a Roma en el aeropuerto.

Iba vestido con traje y corbata negros, y una camisa blanca que resaltaba sus ojos. Ambos parecíamos estar listos ya, no podíamos retrasarlo más, así que me puse en pie.

—Nosotras nos vamos. —Zia me dio un abrazo al que Fio se unió. Les agradecí el gesto devolviéndoselo.

—Nos vemos en unas horas.

Cabeceé tragándome el nudo que se me había formado en la garganta. Recogieron sus cosas y se marcharon, ya que ellas acudirían al cementerio con sus familias .

Salí a la terraza y cogí el paquete de tabaco de la cornisa. La mano me tembló un poco al encender el cigarro. Por suerte, mi primo no lo vio. Escuché cómo cerraba la puerta de la habitación antes de seguirme.

—¿Has sabido algo de Álex? —se atrevió a preguntar.

—No hay nada que saber. Se ha ido, ¿no? —respondí con una voz más áspera de la que él se merecía.

—Pero volverá, los tres lo harán.

—No necesito saber nada de ellos, Cósomo —aseguré dando una calada y expulsando un humo tan dañino como yo misma.

—Sigues llevando su pulsera.

Bajé la mirada hacia la mano con la que sostenía el cigarro y vi la pulsera que me había regalado Álex allí, como si ya formara parte de mí, recordándome todo lo que había perdido, quemándome la piel de una forma tan real que parecía ser él quien estuviera rozando mi muñeca en ese momento.

La mariposa que llevaba colgando resplandecía a la luz de un sol que me resultaba ofensivo, por atreverse a brillar tanto en un día tan triste como aquel; y los diamantes engarzados destellaban como si estuvieran enviando un mensaje en código morse.

Todo en ella gritaba «Álex» hasta quedarse afónica y yo no podía soportarlo más.

Abrí el cierre, me la quité y la guardé dentro del paquete de tabaco. Los dos me hacían el mismo daño en ese momento.

—¿Cómo lo sabías?

—Me la enseñó, ¿sabes? Le dio vergüenza, pero lo hizo, y el orgullo que vi en sus ojos, Blake...

—Para, ¡basta, por favor! No sigas —rogué.

—Él estuvo contigo en el garaje, arriesgó la vida por ti.

—No, por favor. No puedo.

Me sentía demasiado vulnerable, frágil, desnuda, y con esas palabras le pedía que se callara.

Que no insistiera en algo que haría que se quebrara aún más ese fragmento de corazón que todavía conservaba, porque si había alguien ante quien podía derrumbarme y ser yo era ante mis primos, y no quería hacerlo por nada del mundo.

Apagué el cigarro casi entero y me acerqué a la puerta que Cósomo flanqueaba.

—Déjame entrar —ordené pegándome a su cuerpo, como si estuviera dispuesta a pasar por encima de él si hiciera falta.

Mi primo me rodeó los brazos con las manos para que no pudiera moverme, quedando ambos frente a frente.

—Sé que no lo vas a hacer, pero puedes demostrar el dolor que sientes. Conmigo, aquí, los dos solos. Nadie lo sabrá.

Cogí aire y casi accedí a su oferta. Era tan tentador cobijarme en él.

Sin embargo, no debía hacerlo. El ataúd, que contenía unos restos simbólicos de cenizas, ya estaba en la capilla ardiente, esperando a que apareciéramos para abrir sus puertas.

Quedaban muchas horas por delante en las que debíamos permanecer estoicos.

Habría mucha gente mirándonos, estudiando todos y cada uno de nuestros movimientos, y no podíamos mostrar ningún signo de debilidad.

—No esperes que me hunda, Cósomo, no está en mi naturaleza —dije con rotundidad y él dejó ir un suspiro.

—Lo sé, y aun así no esperaba verte tan entera. —Subió las manos a mi cara y se acercó para susurrarme en el oído—: Cada palabra que se dice en la calle sobre ti es cierta. Mereces el reino que acabas de heredar.

Su aliento hizo que me estremeciera. En otras circunstancias, le hubiera preguntado a qué se refería y nos hubiéramos reído de ello frente a una botella de champán con la sensación de ser invencibles.

En otras circunstancias, la vida tendría color y un millón de posibilidades, en lugar de ese blanco y negro que se respiraba en el ambiente.

Asentí, demasiado sensible como para pronunciar algún tipo de respuesta sin que se me escapara una lágrima, y nos pusimos en marcha.