1 Mi corazón sin ti
CÓSOMO
Roma y yo acabábamos de llegar al aeropuerto. Ya no podíamos retrasarlo más. Se iba. Y una parte de mí lo haría con él. Otra con tío Roberto. ¿Qué quedaría de nosotros cuando todo pasara? ¿De tía Lena? ¿De mi prima? ¿Qué sería de nosotros como familia?
La línea de sucesión estaba clara y todos cerraríamos filas en torno a Blake.
Teníamos que estar más unidos que nunca, ser uno en el auténtico sentido de la palabra, pero ¿cómo hacerlo si entre nosotros había un traidor?
Aún no habíamos tenido tiempo para asimilar lo que acababa de pasar y ya estábamos dando el siguiente paso.
Porque a la vida no la para ni la muerte.
Ni siquiera la de alguien tan importante como tío Roberto.
—Todavía no entiendo cómo han podido entrar en tu casa. Es una fortaleza, joder.
«Con ayuda de dentro», quise responder, pero no lo hice.
Desde la explosión, mis pensamientos viajaban a la velocidad de la luz buscando alguna manera de que lo ocurrido se hubiera producido ante nuestras narices sin darnos cuenta.
Aún no tenía forma de confirmarlo, pero todo apuntaba a que había sido uno de los nuestros. ¿Cómo si no se iban a acercar tanto?
—Tenemos una treintena de hombres de seguridad trabajando en casa, sin contar al personal de mantenimiento, cocina, limpieza… Es una fortaleza a la que demasiadas personas tienen acceso —respondí sin dejar de darle vueltas al asunto.
Roma chasqueó la lengua contra los dientes con fastidio.
—No quiero irme en estas circunstancias, no quiero dejarte, Cósomo.
—Pero tienes que hacerlo —dije con más rencor del que quería demostrar—. Tienes una boda a la que asistir, ¿no?
Asintió, pese a que ambos sabíamos que era mentira. Había una boda, sí. Su tía se casaba con el alcalde. Pero ese no era el motivo por el que sus hermanos, o él mismo, debían volver de forma tan precipitada a Italia.
Había algo más. Algo que no me decía y que yo no me había atrevido a preguntar hasta ese momento por miedo a que lo negara, a que me mintiera en la cara, a volver a ese punto de nuestra relación en el que éramos dos extraños. Por miedo a sentir que no confiaba en mí.
Después de la explosión, y de esos minutos eternos de absoluta incertidumbre, Roma le devolvió la llamada a Bass y, al colgar, lo primero que hizo fue coger un billete de avión, solo de ida; lo segundo, ponerme esa excusa.
Pero yo no era una persona que se callara las cosas que le inquietaban. No durante demasiado tiempo.
—Pensaba que no podíais volver, que era peligroso.
Tragó saliva y apoyó su frente en la mía. Fue un gesto tan íntimo que me aceleró el corazón.
—No lo haría si tuviera otra opción. Te lo juro, Cósomo, jamás te dejaría por voluntad propia.
Sabiendo parte de lo que había ocurrido en Italia gracias a mi contacto, temía por su vida mil veces más que por la mía.
—Dime la verdad, por favor —rogué contra sus labios.
Él soltó un gemido, que casi pareció un lamento, antes de separarse un poco de mí para que nuestros ojos se encontraran. En ellos vi que le estaba costando tanto o más que a mí el no contármelo todo de una vez, y ese pequeño rayo de esperanza me ofreció un consuelo que no sentía merecer.
—Algunos asuntos que parecían estar controlados no lo están. Necesitamos resolverlos antes de que no haya vuelta atrás .
—Asuntos que no me vas a contar —afirmé.
—Confía en mí, amor. Es lo único que te pido. —Él también me rogaba con su voz, con sus palabras. Con todo su cuerpo y con el alma. Transparente, pura y cristalina, como yo la veía.
Sabía que Roma tenía un lado oscuro. Uno del que solo había atisbado migajas. También tenía muy claro que poseía una parte muy vulnerable a la que me había dado acceso. Aun así, no supe lo que era el miedo hasta que vi el mío reflejado en sus ojos.
—Necesito saber que volverás —susurré con voz ronca, no sabía si en shock , atenazada por todo lo que había ocurrido, o porque estaba a punto de saltar como una olla a presión.
Porque lo que en realidad me pedía el cuerpo era retenerlo a mi lado o ir con él para protegerlo, y no podía hacer ninguna de las dos cosas.
—Volveré, te doy mi palabra —aseguró y lo creí—. Y tú prométeme que seremos los mismos cuando lo haga.
Fruncí el ceño. No esperaba que aún estuviera inseguro. Yo tampoco le había dado a nadie lo que le había regalado a él y no tenía intención alguna de quitárselo.
—Pues claro que sí. ¿Qué te hace pensar lo contrario?
Cerró los ojos un solo segundo y supe que pronunciar las siguientes palabras era una de las cosas más duras que había hecho en las últimas horas.
—No nos conocemos desde hace mucho y me asusta irme y que cuando vuelva todo sea diferente. Que esto haya sido para ti algo pasajero…
—Roma —lo callé sin entender cómo era posible que no estuviera seguro de lo que sentía por él—.
¿Acaso te he dado alguna señal de que esto fuera pasajero para mí?
¿No te he demostrado cada día cuánto me pones?
—Coloqué una mano en su nuca y la otra viajó hasta su vientre, por debajo de su camiseta.
Mi respiración en su cuello hizo que se le erizara el vello de todo el cuerpo—.
Cuando estás a mi lado, no puedo ver a nadie más que a ti.
Tú eres en quien pienso cada hora de cada maldito día.
—Mordí el lóbulo de su oreja y soltó un gemido—.
Eres tú quien hace que mi polla palpite y que mi corazón se salte un latido.
Eres tú y seguirás siendo tú cuando vuelvas.
—Has sido el primero, lo sabes —balbuceó casi con timidez—. Ese es el problema, para ti yo no soy el primero.
—Eres el único. Siempre lo serás —contesté con tanta seguridad que me estremeció incluso a mí.
—No hagas promesas que no puedes cumplir.
Suspiré. Lo último que quería era que se enfrentara a lo que fuera que le esperaba en Italia con la cabeza en esto. Debía centrarse y yo solo iba a confirmarle algo que ya debería saber.
—Lo nuestro no ha hecho más que empezar. Solo necesito que te mantengas a salvo para poder cumplir todos los planes que tenemos. —Sonreí tan canalla que aún no había averiguado cómo había podido tener tanta suerte como para que un chico como él se hubiera fijado en mí.
Y cuando me devolvió la sonrisa supe que ya podía caerse el mundo a nuestro alrededor, que juntos encontraríamos la forma de caminar sobre los escombros.
Cuando anunciaron la última llamada del vuelo con destino a Roma volvimos a mirarnos, rumiando una despedida sin fecha de vuelta.
—Te escribiré siempre que pueda.
—Ten mucho cuidado.
—Tú también.
Tomé su cara entre mis manos para que sintiera que mis siguientes palabras eran verdaderas.
—Lo digo en serio, Roma. Te llevas mi puta vida contigo.
Me cogió de la nuca y me dio un beso que hizo que quisiera continuar aferrado a él todo el tiempo que me quedara en este mundo.
—Y yo dejo la mía aquí —aseguró con verdadera devoción.
Aún no sabíamos lo poco que faltaba para poner a prueba aquellas palabras.