125. CAPÍTULO 125
Pulso el botón de llamada. Pasan los segundos más largos de mi vida y… el teléfono no da señal, sale apagado o fuera de cobertura. Una sensación fría de caer al vacío me recorre desde la cabeza a los pies. Lágrimas de dolor brotan de mis ojos descontroladas.
—No, no, ¡no! —grito sin control, tirando el móvil estrellándolo contra la pared.
Me arrepiento en el mismo segundo en el que veo cómo impacta contra el tabique. Mi madre, que no debía de andar lejos, llega arrasando abriendo la puerta.
—¡Lía!, ¡¿qué pasa?! —pregunta mi madre mirándome—, cariño, has llamado… —dice con tristeza acercándose a mí para abrazarme cuando descubre el móvil en el suelo.
No puedo articular palabra así que simplemente asiento, mientras me siento en el suelo apoyada en mi madre que también se sienta conmigo. Me pasa una mano acariciandome el pelo mientras con la otra me agarra para que no me separe de ella.
—Ya está mi niña, ya está —dice mi madre con dulzura acunándome.
Me arrebujo en el regazo de mi madre mientras sigo llorando desconsoladamente.
—Te dije que no llamaras cariño… —me consuela mi madre.
—¿Por qué? —pregunto al aire—, ¿por qué no ha cogido ese vuelo? —digo sin fuerzas.
Mi madre se tensa cuando me escucha y se queda en silencio, meditando su respuesta, como siempre hace.
—Lila mi amor —rompe su silencio mi madre—, no lo sé… —admite agarrándome con más fuerza aún.
Es la primera vez que mi madre no sabe qué decir para animarme.
Mi padre llega corriendo y se queda en el marco de la puerta.
Veo cómo pregunta a mi madre con la mirada.
Noto cómo con un gesto sutil con la cabeza señala el móvil en el suelo.
Mi padre comprende al instante. Se agacha con mi madre y conmigo y nos rodea con sus brazos.
—Lía —susurra—, hemos caído, pero somos Romero…
—dice mi padre con cariño—, se nos permite caer, pero, solo para volver a la lucha más fuertes —dice cogiéndome a mi madre y a mí levantándonos—, son las seis de la tarde —dice mirando su reloj—, tienes dos horas para levantarte y transformar lo que sientes ahora en la fuerza que te hace falta para subirte al escenario esta noche y superar cualquier cosa que venga —dice mientras arrastra a mi madre fuera de la habitación junto a él.
Me tiro en la cama intentando hacer lo que mi padre me ha dicho, pero… no es tan fácil, esta vez no.
Escucho a la gente gritar de la emoción, estoy a punto de salir y el ambiente es increíble, pero, esto que antes era una de las cosas que más gasolina me daba para cantar con todo mi ser, ni siquiera me ayuda para poder arrancar ahora.
Empieza a sonar la base de "Diez Mentiras" con la que va a comenzar el concierto.
Debo continuar, por ellos, no merecen que mi dolor opaque su alegría.
Me pongo la máscara y comienzo a cantar.
Llevo ya medio concierto, me meto entre bambalinas para beber agua, refrescarme y que me retoquen el maquillaje.
—¿Lía qué te pasa? —pregunta Violeta preocupada—, estás cantando pero no transmites —me echa la bronca.
—Lía, ¿dónde está tu chispa? —pregunta Olivia también preocupada—, cantas pero te conocemos lo suficiente como para saber que solo dices las letras no las sientes.
—Lo siento chicas, no es un buen día —me excuso—, tenéis razón, voy a por todas —digo intentando infundirme valor justo antes de salir otra vez a seguir cantando el resto de mi anterior disco, “Neón”.
Ya casi acaba el concierto y estoy acabando "Latidos de Neón", solo queda alguna más que el público me pida.
He conseguido cantar y mantenerme en el escenario distraída de mis pensamientos casi por completo.
Al fin y al cabo esto es lo que más me gusta en el mundo.
En el momento en el que termino el último acorde y compruebo dónde están mis amigas para ver si esta vez lo he hecho mejor, veo una silueta que me resulta familiar.
Mi corazón da un vuelco cuando la reconozco. Es Alonso.
Necesito mirar un par de veces más mientras hago la pose final de la canción.
Saludo al público y voy directa hacia donde está él.
Está aquí, eso me llena de felicidad y de esperanza, pero, a la vez me enfada y me da miedo.
¿Ha venido aquí para terminar definitivamente o para luchar por lo nuestro?
Ha tardado un mundo en decidirse, llevo tres semanas esperándole y ahora que por fin está aquí no sé si quiero mandarle a la mierda o comérmelo a besos.
Lo que está claro es que en el mismo momento en el que le he reconocido, una descarga de energía ha recorrido todo mi cuerpo devolviéndome lo que mis amigas me decían entre bambalinas que había perdido.
Devolviéndome las ganas de que mi música tenga un eco en la eternidad.