124. CAPÍTULO 124
—Águeda, esto está buenísimo —dice Jesús, devorando el plato.
—Si quieres te enseño cómo hacerlo para que se lo cocines a esa nueva novia tuya —dice mi abuela, mientras me mira para que le chive el nombre.
—Olivia —digo por lo bajo para que me escuche.
—Eso, para tu nueva novia Olivia. Esa joven es oro molido, cuídala —amenaza mi abuela a Jesús, mientras Enrique se ríe.
—Y tú no te rías tanto, a ver cuándo le pides ya la mano a Amelia —ataca mi abuela, haciendo que casi se atragante mi amigo con la última cucharada que se ha llevado a la boca.
—Qué pasa, ¿que cuando la abuela os da caña a vosotros no es tan gracioso, eh? —digo con suficiencia.
—Y tú —dice mi abuela mirándome mientras me señala—, deberías sin ninguna duda ir a Argentina a decirle a esa chica que te has equivocado y que la amas —dice mi abuela echándome la bronca.
Esto me pasa por hablar.
—Sí, Alonso, ya es hora de que superes a Nuria y todos tus miedos —dice Enrique, animado, levantándose de un salto de la silla.
—Tengo dinero en la caja fuerte, cógelo y paga el billete —dice mi abuela, levantándose de la silla y marchándose.
—Si no te llega pongo la diferencia —dice Enrique, mientras desbloquea su móvil.
—Tengo un billete que me mandó mi suegro para ir a Argentina —confieso.
—¿Pues a qué esperas, tío?, además, le has llamado suegro, eso significa que no la has dado por perdida —dice Jesús con determinación.
—Hace media hora que lo he perdido —admito.
—Pues compra otro —dice mi abuela, volviendo con un montón de dinero—, aquí hay doscientos euros, ¿te llega? —pregunta mi abuela.
—No, Águeda, vale cuatrocientos veinte euros el de ida solo —informa Enrique—, yo pongo la diferencia, pero sale esta noche de madrugada —dice mi amigo decepcionado.
—Tengo una idea —interviene Jesús.
En un abrir y cerrar de ojos estamos en el aeropuerto.
Ha pasado todo muy rápido, lo único que soy capaz de pensar ahora mismo es que estoy frente a un jet privado con destino a Lía.
Miro el móvil y lo pongo en modo avión mientras subo por las escaleras para meterme dentro.
Miro detrás de mí y veo a Jesús subir también al avión, dándole la mano al copiloto.
—¿Jesús, te vienes? —pregunto sonriendo.
—Claro, Al, yo también echo de menos a Oli. Además, así aprovecho el jet privado que acabo de alquilar.
—Mira que, con lo rata que eres, te hayas sacado esto de la manga —digo agradecido a mi amigo.
—Por estas cosas ahorro, Alonso —dice sonriendo—, para cuando realmente hay que gastarlo.
El avión despega en menos de diez minutos y pone rumbo a Argentina. En once o doce horas estamos allí, tiempo suficiente como para pensar en qué decirle a Lía.
—¿Cuándo llegamos más o menos? —pregunto haciendo cuentas.
—Pues sobre las diez de la noche allí con el cambio de hora —responde de memoria Jesús.
—¿Y dónde estará Lía? —pregunto, sabiendo que mi amigo ya lo sabe de primera mano.
—En mitad de un concierto, si nos damos prisa, sobre las diez y media o las de once llegamos al recinto, a partir de ahí es cosa tuya, Al —dice mi amigo con tranquilidad.
Tengo la sensación de que el vuelo se me va a hacer eterno.
Sonrío. Ahora mismo estoy haciendo la típica de ir a buscar en avión a la chica que quiero, como en las películas que tanto le gustan a Lía.
No he podido hacer la carrera por el aeropuerto por empanado, pero gracias a mi abuela y mis amigos he podido hacer esto.
Gracias. Abuelo, allá voy, a por mi ikigai .
Gracias por mandar a la abuela para que por fin reaccionara y luchara una vez más por mis sueños… por ella.