122. CAPÍTULO 122
Llegamos Jesús, Enrique y yo a casa de mi abuela.
Me ha pedido que le arregle un par de cosas en casa y me he llevado ayuda.
Desde que Lía se fue a Argentina hace ya tres semanas y la prensa ha dejado de hablar de nuestra ruptura me han dejado en paz.
He podido volver a hacer vida normal. Nos bajamos los tres del coche de Enrique que nos ha tenido que traer ya que el mío creo que va a pasar a mejor vida.
Típico. Cuando la vida ve que estás jodido de dinero te jode un poquito más.
Sonrío ante la ironía. Antes de llamar al timbre mi abuela nos abre.
Debía de estar esperándonos desde hace un rato.
—Hola, Águeda —dice Jesús cariñoso, dándole a mi abuela un achuchón.
—¡Abuela! —dice Enrique cogiendo a mi abuela en volandas y dándole un beso sin hacerle daño.
Mi abuela se desternilla de la risa y le pega en el pecho a Enrique con cariño.
—Tú siempre tan fuerte, niño —dice cogiéndole de la mejilla a Enrique y apretándosela—, y tú tampoco te libras, Jesusito —dice mi abuela mientras le coge a él la suya.
—Hola, vieja —digo sonriendo—, sin piedad con ellos —digo divertido—, bueno, ¿qué teníamos que arreglar, abuela? —pregunto para no tener que quedarme demasiado.
—Pues la persiana del salón —dice mi abuela haciendo que me recorra un escalofrío por la espalda—, el riego automático de los patios y limpiar y podar el jardín un poco —enumera mi abuela.
—Vale, me quedo con el riego, que siempre se me ha dado bien —digo organizándonos—, Jesús, tú te pagaste la carrera haciendo de manitas, ve a ver qué puedes hacer con esa persiana —le digo a mi amigo con firmeza—, Henry, las tijeras de podar están aquí en el garaje, te las doy y ponte con el resto si no te necesita Jesús —termino de organizar a mis amigos.
—Señor, sí, señor —contesta riéndose Jesús.
—Cómo lo echas de menos, ¿eh? —me dice Enrique cogiéndome del hombro—. No te preocupes, si se puede no pisas ese salón otra vez y nos vamos relativamente rápido de aquí —me dice en un susurro mientras me da una pequeña torta cariñosa.
Mis amigos se ponen manos a la obra y mi abuela se queda conmigo en el patio delantero mientras intento entender el aparato del riego automático.
Mientras estoy sentado en una banqueta que usaba mi abuelo cuando tenía que ponerse a programar todo esto, mi abuela saca la suya para sentarse a mi lado.
—Alonso, cariño, ¿qué ha pasado con Lía? —pregunta directa y sin rodeos mi abuela.
—Nada, abuela… —respondo para intentar evitar la conversación mientras me mira fijamente y se acomoda en su banqueta—, es complicado, discutimos antes de que se fuera a Argentina, ya está —reconozco sin dejar de mirar el riego y pulsar botones para entenderlo.
—Alonso, soy tu abuela, no intentes darme migajas para que me calle —responde mi abuela con firmeza—, soy vieja, no tonta —dice echándome la bronca.
—Abuela, ¿de verdad quieres hablar de esto ahora? —pregunto molesto.
—Pues sí, ahora quiero hablarlo, ¿cuándo lo quieres hablar si no?, ¿cuándo sea demasiado tarde? —dice enfadada.
—Está bien —resoplo dejando de atender al riego y mirándola a los ojos—, discutimos porque cada uno defiende su verdad —admito a mi abuela—, yo defiendo mi independencia y mi autonomía, además de nuestra intimidad —digo convencido—, Lía en cambio se debe a sus fans y, sin querer, con sus canciones expone precisamente esa intimidad que yo defiendo —explico a mi abuela—.
Luego también discutimos porque no para de decirme que no pasa nada por vivir con su ritmo de vida, pero, abuela, sabes que no me gusta sentirme como un aprovechado y que me lo paguen todo, me duele en el alma sentirme así —digo con frustración.
—Alonso, sus canciones no exponen vuestra intimidad —suelta mi abuela el misil a mi línea de flotación—.
Alonso, eres muy inteligente para muchas cosas, pero a veces eres tan inocente…
—dice mi abuela con condescendencia—, Lía es cantante y, encima, compone su propia música.
Los artistas suelen ser personas muy sensibles y la manera de expresarse de Lía es a través de su música —expone mi abuela con determinación—, he escuchado su canción de la jaula, es muy buena, y defiende precisamente vuestra intimidad —dice mi abuela con firmeza.
—Ya, pero… —intento contestarle.
—¡Ni pero ni peras, Alonso! —interrumpe mi abuela—, esa mujer te ha escrito varias canciones y no son buenas solo por su letra, sino porque se ve que cuando las canta su mensaje es de verdad.
Ella le está cantando al mundo, literalmente, que te quiere con todo su ser, Alonso…
—dice mi abuela acercándose a mí con su banqueta.
—Abuela, el amor a veces no es suficiente —respondo con tristeza.
—Alonso, del pasado solo debemos aprender, para eso sirve, pero nunca debemos dejar que nos impida avanzar.
Tu problema ha sido que has dejado que tus vivencias del pasado dictaminen tu futuro —dice mi abuela acariciando mi mejilla con ternura—, sé el daño que te produjo todo el asunto de Nuria, pero recuerda el pasado está solo para aprender.
Todos cambiamos con el tiempo, tú incluido, y todos en este mundo somos diferentes —me explica mi abuela mirándome a los ojos con intensidad—, no puedes dejar que el dolor de una relación fallida no te deje evolucionar en tu relación del presente —sentencia mi abuela con cariño—, Lía es perfecta para ti y tú para ella.
Ambos os complementáis y ambos lucháis por lo mismo, solo que desde diferentes puntos de vista —dice mi abuela con intensidad—, desde el punto de vista desde el que os han educado y desde el punto de vista en el que vosotros os habéis forjado, pero seguís luchando por lo mismo —dice mi abuela sonriendo—.
Vuestro amor es de verdad, como el de tu abuelo y el mío, no dejes que los ecos de tu pasado ni unos reporteros que no os conocen destruyan algo tan bonito y especial.
Me quedo callado ante tal muestra de sabiduría. No sé ni qué contestar, solo siento que tiene razón.
—Y respecto a lo de sentirte mantenido y que no quieres que la muchacha te invite —continúa mi abuela con determinación—, ¿has pensado alguna vez cómo se siente ella cuando no la dejas pagarte nada?
, ¿has pensado que quizás ella pueda sentir que la menosprecias, que su dinero no es suficientemente digno para que lo gaste en ti?
Lía ha construido su imperio desde abajo —dice mi abuela molesta conmigo.
Mi abuela tiene razón, no he tenido empatía en esto. Nunca me había planteado pensar en cómo se sentiría Lía cuando rechazaba su dinero.
—Hoy os quedáis todos a comer en mi casa, eso puedes aceptarlo, ¿no? —me pregunta mi abuela con una sonrisa.
—Sí, claro, cualquier cosa que hagas va a estar muy buena —digo sin saber que es una trampa.
—¡Vaya! ¿Eso tu orgullo independiente te deja aceptarlo? —me suelta dejándome desarmado.
—No es lo mismo, abuela… —empiezo a defenderme.
—Sí lo es —me vuelve a interrumpir—, porque yo gasto mi dinero en lo que quiero y en quien quiero —me amenaza mi abuela—, ¿lo entiendes ahora? —pregunta con una sonrisa.
—Lo entiendo, abuela —digo captando realmente su mensaje—, lo entiendo.