121. CAPÍTULO 121
—No ha venido a dormir a casa —digo con tristeza—, ni siquiera nos hemos despedido —explico a mis amigas mientras un nudo en la garganta cada vez me hace más difícil hablar—, no sé siquiera si sigo teniendo novio a estas alturas o lo hemos dejado —consigo decir antes de romper a llorar con el corazón roto.
—Lía… —dice Violeta sin poder decir nada más, acariciando mi mejilla.
—Sí que tienes novio, no digas tonterías —dice Olivia acercándose para darme un abrazo.
—Si quieres le digo al piloto que dé la vuelta —sugiere Violeta ante mi dolor.
—Sí, eso, díselo y vamos a por Alonso. Te lo voy a traer de la oreja para que se explique —dice Olivia enfadada—, anda que dejar así el colgante… —dice en voz baja, rumiando.
—No, necesito llegar a Argentina —digo con un dolor en el pecho insoportable—, si no fuera por mis padres y por vosotras no sé qué haría —confieso sollozando—, ahora más que nunca necesito estar con los míos. Es lo único capaz de curarme.
—Lía, no estás en condiciones de dar un concierto, al menos déjame cancelarlos —ofrece Violeta.
—No, no puedo hacerle eso a la gente, muchos se gastan sus ahorros para venir a verme y han marcado la fecha del concierto como algo que les dejará eco en su vida… No puedo fallarles también a ellos —digo en un hilo de voz.
—¿Y tu salud mental para cuándo? —me echa la bronca Violeta.
—No, tía, su salud mental no —interviene Olivia—, su corazón… —dice solemne—, ¿cómo se cura un corazón roto?
—No canceles nada —digo a Violeta firme, mientras me seco las lágrimas en el asiento del jet privado.
—No me gusta, Lía —interrumpe Violeta.
—Déjame acabar… —le echo la bronca a mi amiga—, los conciertos son a partir de la tercera semana, tiempo de sobra para recuperarme —digo sin creerme yo misma mis propias palabras.
Me levanto del asiento y voy a la parte de atrás del avión.
Mi padre ha fletado un jet privado transatlántico.
Después de enterarse de la discusión no quería que fuera en ningún vuelo comercial, así que si sigo andando hacia la parte de atrás del jet va a haber una cama.
Efectivamente, llevo razón. Sonrío tristemente recordando las veces que se lo repetía a Alonso y él se ponía a picarme con la única intención de llevarme la contraria.
Mi corazón se resiente, siento una punzada y me falta el aire.
Ando hasta la cama lentamente y me tiro directamente en ella.
Si es así como se siente de verdad un corazón roto, no quiero volver a enamorarme nunca más.
Me rindo ante la evidencia, si Alonso necesita estar lejos de mí es porque ya no me necesita.
Antes huía para pensar, necesitaba estar solo pero volvía a mí.
Ahora está huyendo directamente de mí, soy yo quien le hace daño.
Después de todo lo que hemos luchado juntos, después de todo lo que hemos superado juntos, nos ha destruido un enemigo invisible que ninguno de los dos ha visto venir, nosotros mismos.
Intento apagar el ruido de mi cabeza, estoy abrumada, sé que todo el mundo quiere ayudarme, pero ahora mismo si no puedo estar junto a Alonso solo quiero estar sola.
Y entonces lo entiendo. Ahora comprendo por qué con algún problema grave Alonso apaga el móvil e intenta estar solo.
No podía haberlo averiguado en peor momento, se me rompe el alma al saberlo.
Ahora sé con la mayor de las certezas que Alonso siempre me amó.
Y esto no es que me ayude precisamente, más bien al contrario, me destroza por dentro.