118. CAPÍTULO 118
Ayer por fin me llamaron para una entrevista.
Cuando me he despertado Lía acababa de irse.
Poco después he salido yo hacia la entrevista.
He perdido a la prensa y me he dirigido al sitio.
Según me han visto he notado cómo me han reconocido.
Me han hecho un par de preguntas sin sentido y me han despachado.
Vuelvo a casa herido en el orgullo. Cuando la gente me ve ya no me ve a mí.
Ve al novio de Lía Romero. No deja de ser una curiosa ironía.
Lía se enamoró de mí porque era el único que la veía de verdad, y al enamorarme yo de ella, a mí que me veían por quién era, han dejado de hacerlo.
Lía vuelve a la misma hora de siempre. Según cierra la puerta, se apoya en la puerta y resopla con cansancio.
—¿Mal día? —pregunto con ternura.
—Sí, menos mal que mañana nos vamos a Argentina —contesta Lía incorporándose—, ¿has hecho ya la maleta? —pregunta ajena a lo que le voy a decir—, estoy deseando poder alejarme de todo esto.
—No voy a ir a Argentina, Lía —suelto la bomba sin más.
—¿Cómo que no vienes a Argentina? —pregunta Lía sin poder creérselo—, Alonso, te estoy ofreciendo una salida a toda la mierda que llevas acumulando en Madrid —dice ofendida—, el despido, los paparazzi , todo —dice avanzando hacia mí—, así quizás te puedas centrar por fin en lo tuyo, que tienes un título de la hostia muerto de risa en un cajón cogiendo polvo.
En la vida hay que hacer sacrificios por lo que queremos y tú prefieres quedarte aquí a lamentarte.
—¿Sacrificios, Lía? —contesto con una rabia que me ha nacido en el estómago en un instante—, ¡¿me estás hablando tú de sacrificios?
! ¡¿Qué cojones has sacrificado tú por nosotros, Lía?
! —digo avanzando hacia ella, haciendo que retroceda un paso—, porque el único que ha sacrificado cosas en esta relación he sido yo.
No he parado de perder cosas desde que estamos juntos —digo con dolor en el corazón—, he perdido mi trabajo, mi independencia económica, he perdido mi privacidad, estoy perdiendo a mis amigos y a mi familia porque no puedo verles…
Joder, he perdido a mi abuelo y ni siquiera he podido llorarle contigo por miedo a que te descubrieran en su entierro —suelto con lágrimas de rabia en los ojos—, he perdido mi vida, mi normalidad. Todo para poder dártela a ti.
—¡¿Te crees que a mí no me dolió ponerme esa puta peluca?
! —me corta con la voz rota mientras aprieta los puños—.
¡Se me cayó el alma a los pies por tener que ocultarme y no poder estar a tu lado, Alonso!
—me grita con rabia—, me convertí en una extraña ese día para proteger vuestra intimidad.
No me trates como si fuera el verdugo, porque yo también estaba rota en ese cementerio —dice Lía casi en un susurro.
Veo cómo Lía se está empezando a romper, pero decido ignorarla y seguir defendiendo mi verdad. Estoy cansado de ser yo siempre su escudo.
—He aguantado que me llamen mantenido, cuando ellos me han convertido en eso precisamente.
Aguanto todos los días cómo en la televisión o en las redes sociales me comparan con Juan Castillo.
He aguantado el linchamiento constante de la prensa en la misma puerta de mi casa.
Algo que me prometí no volver a sufrir, pero por ti lo he hecho…
¿Seguimos hablando de sacrificios? —digo furibundo—, no voy a ir a Argentina a estar de brazos cruzados y vivir a tu costa.
Necesito trabajar, para poder ser independiente y valerme por mí mismo para no perder mi autonomía.