117. CAPÍTULO 117
—En serio, tía, ¿te hiciste la dormida? —dice Olivia, incrédula.
—¿Qué querías que hiciera? —pregunto molesta—, que le dijera que llevaba media hora llorando, que tengo miedo de que se rinda —digo enfadada.
—No, tía, pero no me parece sano que no habléis del asunto, nada más —aclara Olivia.
—Bueno, pasado mañana es el viaje a Argentina, seguramente hablemos allí —intento convencerme mientras me paso la mano por el pelo.
—¡Ah, muy bien!, para que estemos todos incómodos en el viaje —dice Olivia, negando con la cabeza.
—Lía, yo también creo que deberíais hablarlo antes —interviene Violeta, calmada—, os queréis con locura, eso está claro, pero los dos sois muy cabezones también —dice sonriendo dulcemente—, y esta vez parece que ninguno de los dos quiere ceder por el otro.
—No lo entendéis, chicas… —digo enfadada, mientras desecho sus palabras con un gesto de la mano.
—Explícanoslo entonces, Lía —dice Violeta tranquilamente, mientras se acomoda en el sillón de la sala de grabación.
—Creo que deberías explicarlo, sí —dice Olivia, girándose hacia mí dejando el ordenador a su espalda.
Me quedo petrificada ante mis amigas. Tengo pánico a decir lo que realmente siento. Por eso me cuesta tanto hablar con Alonso.
—Pues no hablo con él porque… —cojo aire intentando armarme de valor—, porque tengo miedo —digo mientras espero que mis amigas digan algo.
Al seguir ellas calladas me obligan a seguir explicándome—, tengo miedo de que si hablamos, todo se acabe —digo, convirtiendo por fin mis pensamientos en palabras.
—¿Realmente crees que después de lo que ha aguantado Alonso, querría dejarlo ahora, en la recta final? —dice Violeta, echándose hacia delante en el sofá.
—¿Recta final? —digo sentándome en el sofá, derrotada al lado de Violeta.
—Sí, tía, Vi está en lo cierto —explica Olivia—, estáis a nada de iros a tener otro respiro, vacaciones en Argentina, y encima cuando volváis… —mi amiga sonríe cálidamente—, volveréis a una casa en la que podréis envejecer juntos.
Pienso en las palabras de Olivia y Violeta.
Tienen razón. Pero sigo teniendo miedo. Ellas no han sentido el silencio que hay entre Alonso y yo.
Ayer fue la primera vez que no me dio un beso de bienvenida.
Y hoy, por miedo a que no me diera el de despedida, me he ido antes de que se despierte.
He tenido ya suficientes relaciones como para saber que estamos en un momento crítico.
Si conseguimos superar esto, no va a haber nada que pueda separarnos.
Soy una Romero y lucharé. ¿Pero hasta qué punto se puede luchar cuando la persona en la que confías y te apoyas sientes que ya se ha rendido?
Vuelvo a casa nerviosa. Llevo todo el camino de vuelta debatiéndome entre lo que mi instinto me dice y lo que me han dicho mis amigas y mis padres.
Abro la puerta de casa. Entro y ahí está él.
Pero el hombre que está ahora mismo en el sofá no es el hombre del que me enamoré.
Me mira con una sonrisa cansada. La realidad es que el hombre que ahora me sonríe no tiene la vida ni la alegría que tenía el Alonso que se portó como un héroe contemporáneo el día que nos conocimos.
Es apenas una sombra de lo que fue. Lo peor de todo es que sé con certeza que todo esto es culpa mía.
Por mucho que digan que es de la prensa, que en realidad lo es, yo traje a esa prensa y esta vida otra vez a su puerta.
Alonso me ha querido tanto que se ha consumido. Incluso su aspecto parece apagado.
—Hola —saludo con mi mejor sonrisa.
—Hola —contesta él, mirándome con cansancio.
—Hoy también me quedo en casa, pero tengo que hacer ejercicio —digo rápidamente, pasándome la mano por la nuca.
—Está bien —contesta Alonso mientras se levanta del sofá—, ¿has comido?
—No —respondo, mirando cómo se aleja hacia la habitación.
—Yo sí —dice él—, tienes la comida en el micro —aclara, justo antes de entrar a la habitación y cerrar la puerta.
No aguanto más. Tengo que romper esta rutina que nos está destruyendo. Abro la puerta de la habitación. Veo cómo se tumba con las manos en la cabeza.
—¿Te pasa algo?, ¿estás bien? —pregunto preocupada.
—Me duele mucho la cabeza —dice en un hilo de voz.
—¿Te has tomado algo? —pregunto con dulzura, dejando a un lado la charla que necesitamos.
—Sí, ya me he tomado la pastilla —dice Alonso pesadamente, mientras se termina de acomodar en la cama.
—Vale, descansa —digo cerrando la puerta.
Como la comida que ha cocinado Alonso. Hago ejercicio en el salón.
Compongo tocando suavemente los acordes en la guitarra.
Compruebo un par de veces que Alonso esté bien.
Me siento en el sofá cuando entra la noche y enciendo la tele.
Los programas del corazón están haciendo su agosto con nuestra supuesta separación.
Miro instintivamente el cuaderno morado que está apoyado en la mesa.
Miro justo después la puerta del dormitorio.
Hundo mi rostro en mis manos y suspiro. No puedo más.