Superestrella 116. CAPÍTULO 116
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116. CAPÍTULO 116

Despierto con un ligero dolor en la espalda y con un poco de frío.

Es de noche. Después de ver a Lía aireando que tenemos problemas al mundo entero y de escuchar su canción necesitaba cerrar los ojos.

Dejar de pensar en todo. Debía de estar tan cansado que me he quedado dormido.

Me levanto y cojo el casco. Miro en el móvil la hora.

Las once y doce de la noche. Veo también un par de llamadas perdidas de Lía.

Se me escapa un largo suspiro mientras miro el madroño.

—Gracias abuelo, te quiero —me despido.

Me pongo el casco, me monto en la moto y pongo rumbo a casa.

Conduzco más relajado, más ligero, como si realmente hubiera podido hablar con mi abuelo.

Después de dos horas de conducción llego al garaje donde no hay nadie esperando.

La puerta se abre y me meto con la moto.

Dejo el casco en el maletero y subo a casa.

Abro la puerta con cuidado. Miro la hora, la una y media de la mañana.

Voy a la cocina a beber agua y descubro un plato con una tortilla francesa y pavo.

Abro el frigorífico y bebo. Cojo el plato y lo vacío en un taper.

Lo cierro y lo meto en la nevera. Me asomo a la habitación y veo que Lía está profundamente dormida.

Me quito toda la ropa. Busco el pijama y me lo pongo.

Me tumbo en la cama. No la toco. Un inmenso vacío de unos quince o veinte centímetros nos separa.

Me coloco boca arriba mientras miro al techo y escucho la respiración tranquila de Lía.

Giro mi cabeza para mirarla. Está en paz.

Lo mejor es que la deje dormir. Me levanto de la cama y me voy al sofá.

¿Se puede amar con toda tu alma a alguien y a la vez sentir que ese amor te está destruyendo?

¿Es acaso sano?¿Nuestro amor es real? ¿Realmente Lía me quiere, o está usando lo que la hago sentir para explotar su valor comercial?

Sí, ella me quiere. Usa los sentimientos que tiene y los expresa en su música, pero, ¿eso donde deja nuestra intimidad?

No me parece plato de buen gusto que le diga al mundo entero que estamos mal.

Les esta regalando una victoria a todos los que nos quieren separar.

Tengo que dejar de sobrepensar. Cojo el móvil y me meto en redes.

Un suicidio necesario. El primer video que me aparece es de un programa del corazón.

Posible ruptura Lía y su novio. Eso dice el video.

Otro vídeo. Lía deja la normalidad para irse con Juan Castillo.

Joder con el futbolista, ya podrían sacarle otro novio diferente.

Deslizo el dedo por la pantalla para ver otro más.

A la tercera va la vencida. Uno de los que me gustan.

Un doblaje de animales diciendo cosas graciosas.

Poco a poco noto como el cansancio se vuelve a apoderar de mí y finalmente cierro los ojos.

Despierto sobresaltado. Creo que he oído la puerta.

Miro por puro instinto. No veo nada extraño.

Me incorporo y me quedo sentado mirando a la nada.

Me levanto por fin cuando mis dos neuronas consiguen volver a conectarse.

Miro en la habitación. Lía no está. Investigo por toda la casa.

Se ha ido. Desayuno y sin nada más que hacer me pongo a limpiar.

Compruebo que las cajas están bien precintadas.

Me aseguro que está todo lo que no es estrictamente necesario empaquetado.

Miro el reloj, solo ha pasado media mañana.

Miro por la ventana. Gracias a la canción de Lía y su video hoy hay más periodistas aún.

Niego con la cabeza y suspiro. Voy al sofá y me siento.

Enciendo la tele y directamente me meto en una plataforma de streaming.

Pongo el teléfono en modo no molestar. Busco una película y le doy al play.

La película está casi acabando cuando escucho unas llaves en la puerta. La puerta se abre y aparece Lía. Parece agotada.

—Hola —saludo levantándome del sofá.

—Hola —saluda ella también.

—¿Has comido? —pregunto esperando que me diga que no.

—Sí, con las chicas —responde Lía—¿Y tú?

—Sí —contesto mintiendo— ¿Vas a volver hoy al estudio? —pregunto yendo hacia la cocina.

—No, hoy no puedo más —responde Lía cansada— me voy a echar un rato y luego a componer.

—Vale ¿te dejo la cama entonces? —pregunto confirmando más que preguntando.

—Sí, voy a estar con la guitarra —dice Lía yendo a la habitación.

Salgo de la cocina con los restos de la cena de anoche y vuelvo al salón.

Es la primera vez desde que estamos juntos que ni si quiera nos damos un beso cuando nos vemos.

Esto me resulta dolorosamente familiar. Me siento en el sofá y antes de reanudar la película escucho acordes de guitarra.

Parece que no se ha echado al final. Le doy al play mientras como lo que no cené ayer.

Quedan dos días para ir a Argentina. Tengo miedo.

Miedo de que lo nuestro esté realmente acabado y el viaje sea una excusa para alargar el sufrimiento de un amor que nunca debió haber existido.

Un amor moribundo y condenado desde el mismo momento en el que nuestras miradas se cruzaron, entre toda la gente que andaba esa mañana de diciembre, por los alrededores de la cafetería.

Llega la noche y Lía no ha salido de la habitación excepto por un par de veces.

Una ha ido a la cocina a coger una botella de agua.

Otra ha cogido los cuadernos que tenía en el salón.

Me acerco sin hacer ruido a la puerta medio entornada del dormitorio.

Lía está llorando en silencio mientras mira fijamente un cuaderno.

—¿Quieres cenar? —pregunto sobresaltándola— iba a poner en la airfryer unos filetes de lomo.

—No tengo hambre —contesta Lía con una sonrisa cansada mientras se seca rápidamente las lágrimas de los ojos.

—Yo tampoco en realidad —miento de nuevo— me iba a venir a la cama, pero, no quiero que dejes de componer —me excuso— si quieres me voy al sofá.

—No, ya he acabado por hoy, de hecho yo también me voy a acostar ya —dice Lía atropelladamente.

Asiento lentamente y entro en la habitación.

Me voy al baño a ducharme antes. Salgo de la ducha y voy a la habitación para ponerme un pijama nuevo.

Miro a la cama y Lía está dándome la espalda.

Estudio su silueta y noto como respira tranquilamente.

Ya se ha dormido. Me tumbo de nuevo y me coloco justo entre el borde de la cama y el abismo silencioso que nos está separando más que cualquier noticia o discusión.