115. CAPÍTULO 115
—Buenas, gente —saludo a la cámara del móvil—, quería hablar con vosotros.
Llevo unas semanas que publico pocas cosas, pero Alonso y yo no estamos en nuestro mejor momento —dejo una pausa tragando saliva—, el acoso de la prensa rosa está siendo muy fuerte y nos está pasando factura —digo mirando hacia mi regazo—, por eso he tenido que escribir una canción especial con toda la rabia que llevo dentro.
En la siguiente historia os pondré el enlace directo de la canción en Spotify —termino de decir mientras pulso el botón en la pantalla para que deje de grabar.
Subo una imagen en negro. Coloco el link del enlace. Pongo el título de la canción encima, “Jaula de Cristal". Yo misma pulso para ver si funciona y escucho la canción.
Salgo a la calle y ya saben mi nombre,
pero nadie sabe cómo estoy…
Dicen que vivo en un cuento perfecto,
no ven lo malo detrás del neón.
Cada palabra la usan en mi contra,
cada silencio es otra traición,
me piden cuentas por vidas ajenas,
por historias que nunca fui yo.
No soy la foto que quieres colgar,
ni el rumor que te hace sentir mejor,
soy carne y hueso, y también siento…
cuando disparas sin tener razón.
Vivo en una jaula de cristal,
todos miran,
pero solo él me ve,
me señalan desde sus sofás
sin saber quién soy.
Inventan pecados que pagar,
me condenan sin hablar,
y yo gritando mi verdad
en esta jaula de cristal.
En esta jaula de cristal…
No hay intimidad, no hay descanso,
todo se vuelve titular,
si sonrío es estrategia,
si me hundo, marketing viral.
Me vigilan como si fuera culpable
de no cumplir su ideal,
me quieren fuerte, perfecta pero rota,
para tener de qué hablar.
No puedo amar siendo normal,
no puedo querer a los que me quieren ver,
él me ha enseñado
a no pedir perdón por ser
quien soy,
por ser real.
Vivo en una jaula de cristal,
todos miran,
pero solo él me ve,
me señalan desde sus sofás
sin saber quién soy.
Inventan pecados que pagar,
me condenan sin hablar,
y yo gritando mi verdad
en esta jaula de cristal.
En esta jaula de cristal…
Quiero caer sin que aplaudan,
equivocarme sin dar
ninguna explicación,
que mi nombre no sea un titular fácil
ni mi vida un reality show.
No soy tu ejemplo, no soy tu error,
no soy tu forma de descargar el rencor.
Déjame respirar,
déjame ser quien soy,
apaga el flash, baja la voz,
que mi vida no es tu espectáculo.
Sigo en esta jaula de cristal,
pero ya no me voy a esconder,
que hablen, que inventen, qué más da,
no me van a romper.
Siempre le voy a amar,
y si este precio tiene la fama,
no lo voy a pagar,
mi alma no está en venta
ni en tu jaula de cristal.
Si algún día dejo de brillar,
que sea porque yo lo elegí.
Porque elegí amar.
Porque elegí amar.
Porque elegí amar.
Acabo de escuchar la canción e inconscientemente le busco.
Hace una hora que he vuelto a casa y no sé dónde se ha metido.
Quiero llamarle, pero estoy cansada de ser yo siempre quien le busque.
Me da miedo que ahora huya, pero es lo que hace siempre.
Pensé que había cambiado su manera de afrontar las cosas desde que empezamos a salir.
Supongo que el amor no puede con heridas tan profundas.
Busco en mi teléfono el contacto de mi madre y la llamo.
Ahora mismo ella es la única que puede aconsejarme.
Le doy a su contacto y el teléfono empieza la videollamada.
Da tono dos veces y mi madre acepta la llamada.
Aparece con mi padre de fondo, sentado en el sofá escuchando aparentemente mi canción.
—Hola, mamá —digo apagada.
—Hola, Lilita, ¿qué te pasa? —pregunta mi madre preocupada.
—Mamá, creo que… creo que… a Alonso se le ha acabado el amor —suelto, casi rompiendo a llorar—, la prensa le está superando y siento que esto es culpa mía.
—No, cariño, ¿cómo puedes decir que es culpa tuya…? —dice mi madre, sentándose y colocando el móvil contra algo para no tener que usar las manos.
—Yo quise morir matando, yo le convencí para que lo hiciéramos público… —admito con un nudo en la garganta—, y al final nos he matado… He roto al único hombre que sentía que me veía de verdad.
—Lila, mi niña, no es culpa tuya… —dice mi madre con tristeza—, nadie podía saber lo que pasaría al hacerlo público. Es más, me parece que fuisteis muy valientes —dice mi madre intentando animarme.
—Eso es justo lo que dice Alonso —digo sonriendo amargamente.
—Cariño, no dudes tampoco del amor que te tiene Alonso —dice mi madre.
—Hija, tu madre y yo hemos visto cómo te mira y eso no es un amor normal, es amor de verdad —dice mi padre, apareciendo detrás de mi madre.
—Lila, mi amor, le han echado del trabajo por culpa de los que ahora le llaman mantenido… —dice mi madre con dulzura.
—Y no la ha líado delante de la prensa ni una sola vez, ¿sabes cuánta rabia tiene que llevar dentro el chaval? Y se comporta ante las cámaras por ti, para no dañar tu imagen —dice mi padre orgulloso.
—¿Desde cuándo os acabáis las frases? —digo riendo con lágrimas en los ojos.
—Desde que nuestra hija necesita que sus padres le recuerden que ella es una luchadora —dice mi madre con firmeza.
—Desde que se le ha olvidado que los Romero nunca nos rendimos, nos podemos romper —dice mi padre con mucho ánimo—, pero jamás nos rendimos, siempre nos levantamos y volvemos a la lucha —dice mi padre emocionado—, y nunca, me oyes, hija, nunca nos dejamos vencer.
—Papá… mamá… —alcanzo a decir antes de dejarme llevar por el llanto.
—Lila, mi amor, ¿cuándo vienes a Argentina? —pregunta mi madre con la mayor de las ternuras.
—Nosotros estamos ya aquí —confirma mi padre.
Sonrío, llevada por la tristeza que estoy sintiendo ahora mismo y porque tengo miedo de cómo se pueda sentir ahí Alonso. Va a estar con toda mi familia y, si no siente que yo sea su refugio como yo siento que él es el mío, no va a estar a gusto.
—Lía, cariño —me llama mi padre a través de la pantalla del teléfono—, cuando estéis aquí los dos, negaré haber dicho nada bueno de Alonso —dice muy serio—, ya sabes, por eso de mantener un aire autoritario y que el chaval se lo siga ganando —dice divertido.
—Julio, si luego eres un pedazo de pan —dice mi madre riendo.
Mis padres consiguen sacarme una sonrisa. Siempre han sido mi cable a tierra cuando todo se derrumbaba, o volaba sin darme cuenta de la altura. Sonrío a mis padres y me seco las lágrimas.
—Os quiero —digo mirando a ambos—, la semana que viene como tarde estamos allí, os lo prometo —digo recuperando un poco la compostura—, os dejo, voy a hacer la cena —digo despidiéndome de ellos.
Me levanto del sofá donde estaba sentada y voy a la cocina.
Abro el frigorífico y miro la comida que hay, pensando rápidamente una cena.
Miro la hora, son las nueve y media de la noche.
Alonso no tiene que tardar en volver. Cojo el pavo y cierro la nevera.
Cojo cuatro huevos de la gallina que tenemos al lado de la vitrocerámica.
Me acuerdo de que Alonso la compró en el chino de casa porque siempre me decía que los huevos no tienen que estar en la nevera.
Rompo dos huevos en un plato y los bato.
Voy a hacer un par de tortillas francesas con pavo.
Espero que Alonso no tarde mucho en volver.