Superestrella 114. CAPÍTULO 114
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114. CAPÍTULO 114

La prensa cada vez nos agobia más, las preguntas que me sueltan tienen cada vez más maldad, y las que sé que tiene que oír Lía cuando va al estudio no son mejores.

Ya ni siquiera nos podemos librar de ellos en la moto.

Quemamos ese cartucho demasiado rápido. No podemos ir a ningún sitio juntos sin que haya dos o tres coches siguiéndonos, ya han recurrido incluso a motos por si nos da por intentar escapar con la mía.

La semana pasada intentamos ir a ver a mis padres y tuvimos que dar media vuelta.

Tampoco estamos pasando nuestro mejor momento Lía y yo.

Ambos estamos muy susceptibles. Intentamos no hacer caso a lo que dice la prensa, pero una mentira repetida mil veces nos hace dudar hasta a los que sabemos la verdad absoluta.

—¿Vuelves al estudio? —pregunto incrédulo a Lía cuando está cogiendo su bolso para volver a salir.

—Sí, Oli y yo estamos terminando algo muy potente —dice Lía sin mirarme siquiera.

—Pensaba que íbamos a quedarnos en casa hoy y…

—Y estar tirados en el sofá como siempre sin hacer nada —dice Lía sin maldad aunque me sienta muy mal.

—No sé, quizá si no hubiera un ejército de paparazzi ahí abajo podríamos hacer más cosas —digo con una mala leche que me sale sola.

—Te he dicho mil veces que podemos ir a muchos sitios que no les permiten estar molestándonos —dice Lía enfadada.

—Claro que sí, y pagar cuatrocientos euros por un menú de diseño, y que claro los pagues tú, eso es justo lo que necesitamos para que la prensa deje de decir que soy un mantenido —suelto con rabia—, que yo lo único que quiero es ir a tomarme algo con mis amigos —digo con tristeza—, amigos que por cierto solo puedo ver en videollamada y cada vez menos porque ellos siguen sus vidas…

—digo lanzando el dardo—, no como yo, que parece que se ha congelado.

—No quiero discutir, Alonso, hemos hablado mil veces que la prensa siempre va a decir que eres un mantenido…

—dice Lía con cansancio—, si no dicen algo malo no venden, siempre te lo digo, la mala noticia vende más que la buena, y el cotilleo vende más que las dos juntas —dice Lía ya sin paciencia—, una semana más y podremos mudarnos —dice Lía agarrándose el puente de la nariz con los dedos mientras cierra los ojos resoplando.

—Esa es otra, hace ya un mes desde que dijimos que sí a la casa y casi dos desde la última vez que fuimos al Refugio —digo con veneno en la sangre—, ¿qué coño está haciendo Violeta?

, porque a estas alturas deberíamos estar ya mudándonos —digo con frustración y rabia—, por no hablar de Jorge, ¿qué cojones está haciendo para que todos los putos reporteros se vayan de aquí?

—Te he dicho un millón de veces que lo de la casa no es cosa de Violeta, que fue un problema con las escrituras —dice mirándome con furia—, y Jorge no puede hacer nada en la vía pública no es policía, te lo he dicho otro millón de veces —dice Lía abriendo la puerta y marchándose.

Enciendo la televisión y lo primero que me aparece es un programa que está hablando de nosotros.

La apago inmediatamente con la sangre hirviendo.

Cojo el móvil y antes de meterme en redes lo tiro en el sofá.

No puedo ni usar las redes para desahogarme con algún meme o algún vídeo de los que me hacen reír y olvidar el mundo, porque dos vídeos después va a salir uno de Lía o de los dos y me voy a cabrear.

Voy a la habitación a coger los cascos. Cuando los tengo en la mano los miro fijamente.

Los vuelvo a guardar en el cajón donde los tengo.

Me pongo las playeras. Cojo el móvil del sofá y las llaves de la moto.

Cierro la puerta de casa con llave y me dirijo al garaje.

Llego a la moto y me pongo el casco. Arranco y conduzco hasta la puerta del garaje.

Pulso el botón del mando que abre la puerta y cojo aire preparándome para lo que viene.

Según la puerta termina de abrirse. Acelero y sin mucho cuidado atravieso la marabunta de medios.

Conduzco más temerariamente de lo normal.

Miro por el retrovisor y veo una moto que me sigue.

Intento perderla por las calles del barrio hasta que por fin la pierdo de vista.

Sonrío. Pueden ir en moto como yo, pero conozco el barrio como la palma de mi mano.

Pongo rumbo a la autopista y conduzco. Simplemente hago eso, conducir.

Cuando me quiero dar cuenta he ido en piloto automático y estoy bastante lejos de casa.

Estoy en el pueblo. Nunca he traído a Lía aquí.

Me acerco a la finca que tienen mis abuelos.

Aparco la moto delante de la puerta. Me bajo y salto la valla.

Ando hasta el madroño que plantamos mi abuelo y yo cuando tenía cinco años.

Nuestro lugar favorito en el mundo. Me quito el casco y lo dejo en el suelo.

—Abuelo, soy yo, Alonso —digo como si me escuchara—.

Necesitaba despejarme y mi mente me ha traído directamente aquí.

Te necesito, abuelo —digo rompiéndome—. Cuando pasó lo de Nuria al menos te tenía para animarme —digo con las mejillas llenas de lágrimas—, y ahora creo que me va a pasar lo mismo con Lía —admito soltando por fin los pensamientos que llevo cargando estas semanas conmigo mientras me siento y apoyo mi espalda en el tronco—, no puedo más, abuelo, voy a explotar.

Creía que ya estaba preparado para volver…

—digo apoyando mi cabeza en el árbol—, pero estaba equivocado.

No lo estaba, no lo estoy, y no sé siquiera si alguna vez lo estaré —le reconozco a mi abuelo—, estoy roto, abuelo, y la única que había conseguido reunir todos los pedazos era Lía —sollozo secándome las lágrimas con la muñeca—, y ahora su mundo va a ser el que consiga que esos fragmentos se rompan en tantos pedazos que me va a resultar imposible volver a amar a nadie —digo apretando los puños con rabia—, ¿por qué me pasa esto a mí?

, ¿no podía enamorarme de una chica… normal?

No puedo seguir hablando, tengo la garganta bloqueada, lo único que puedo hacer es llorar e intentar calmarme. Miro el paisaje. Las vistas desde la finca de mis abuelos a la zona de la Vera castellana me ayudan a poder continuar hablando con mi abuelo.

—Ojalá estuvieras aquí —digo aún con restos de humedad en mis mejillas—, hemos comprado una casa…

—me callo para rectificar sonriendo amargamente—, bueno, en realidad la ha comprado Lía, y yo la voy a pagar como pueda…

—le digo a mi abuelo resoplando—, ah, sí, estoy en paro.

Marcos me echó con la excusa de que la prensa espantaba a la clientela…

—digo sonriendo—, pero bueno, a ti nunca te gustó que trabajara en la cafetería —reconozco acordándome—, como siempre me decías, "Tienes la mente más afilada que he visto en toda mi vida, tu mente es como un hacha, Alonsillo, pero la tienes guardada por puro miedo a dar el primer golpe y ver de qué acero estás hecho" —digo otra vez con lágrimas en los ojos—, pues viejo, ya pegué el primer golpe y se me rompió en las manos…

De pronto mi móvil vibra. Leo la notificación, “Lía Romero ha subido una nueva historia”.