Superestrella 112. CAPÍTULO 112
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112. CAPÍTULO 112

—Alonso, ¿no te da vergüenza con treinta años ser el novio mantenido de una niña de veintiséis años? —me dice un reportero, poniéndome el micro en la cara.

—Lía ha montado una escena hoy ante toda España diciendo que eres un "tío normal"… ¿No te parece denigrante que tu propia pareja tenga que recordarle al mundo vuestra grandísima diferencia socioeconómica para justificarse ante sus fans? —suelta otro con una maldad más que clara.

—En muchos programas importantes del país están diciendo que Juan Castillo aporta mucho más al mundo que un parásito social que vive del Estado.

¿Tienes miedo de que se le pase pronto el capricho de la "normalidad" y te deje por otro hombre que realmente haga algo en la vida? —dice una reportera con muy mala leche.

—Alonso, hemos confirmado que tu anterior jefe se vio obligado a prescindir de ti por tus aires de grandeza y tus constantes faltas de puntualidad desde que estás con Lía…

¿Qué hay de cierto en que has provocado tu propio despido para poder vivir del cuento?

—dice otro, y esta sí que casi me hace explotar.

—Se comenta que has dejado tirados a tus compañeros de la cafetería porque ya no te hace falta trabajar… ¿Es verdad que has dejado el empleo porque Lía Romero te pasa una asignación mensual? —otra pregunta más de las que están poniéndome al límite.

—Alonso, muchos de tus excompañeros nos han confirmado que te venía grande el puesto de encargado y que has aprovechado el tirón mediático de tu novia para cogerte unas vacaciones indefinidas a su costa. ¿Qué tienes que decir a eso? —escucho a otra reportera.

—Alonso, ¿te parece normal que una estrella del nivel de Lía tenga que manchar su imagen pública bajándose de una furgoneta a pelearse con los fotógrafos mientras tú te escondes en el piso esperando a que te solucione la vida?

—dice otro, mientras me giro con cara de pocos amigos y veo en las caras de los reporteros que esperan a que diga algo porque han conseguido su objetivo.

—Sabemos que el equipo de Lía, entre las cuales están sus mejores amigas Violeta y Olivia a la cabeza, te ven como un lastre y una influencia muy negativa para su carrera…

¿Es cierto que te han pedido que te apartes para no seguir hundiendo su reputación en los medios?

—esta última me hace hablar con la mirada.

Afortunadamente, trabajar de cara al público te prepara para muchas cosas, entre ellas aguantar impertinentes y gente estúpida sin modales.

Doy gracias a la vida y a todos los clientes difíciles por haberme preparado para este momento.

Consigo superar la marabunta de reporteros y entrar al portal.

La que me ha caído y solo he ido a tirar la basura y comprar el pan para la comida.

Llego a casa y toda la rabia que se me ha acumulado me sale dando un puñetazo en la puerta según la cierro.

El dolor recorre mis nudillos hasta mi hombro.

Necesito poder ir a correr o algo para descargar la furia que llevo dentro, pero no me dejan.

Me doy cuenta de la reacción tan adolescente que he tenido.

Qué ridículo me siento. Busco en la habitación los cascos inalámbricos y los conecto.

Busco en Spotify una lista dedicada a Lía y le doy al play .

Ahora mismo solo necesito escuchar su voz.

Me tumbo en la cama. Cierro los ojos y me concentro en la voz de Lía.

No sé cuánto tiempo pasa cuando un sonido extraño interrumpe mi calma. Abro los ojos y me asomo a la entrada. Es Lía. Apoya la frente en la puerta y suelta un suspiro que parece infinito. Levanta la vista y veo que se fija en el pequeño desperfecto que he causado con el puñetazo en la puerta.

—¿Mal día? —pregunto con dulzura.

—Mala semana —responde Lía mientras gira su cabeza para mirarme—, pero creo que ya somos dos —dice señalando con la cabeza el ligero abollón de la puerta.

—No he sido capaz de controlar mis emociones cuando he llegado a casa —digo sin darle más importancia.

—Lo siento, Alonso. Pensaba que hacerlo público haría las cosas mucho más sencillas y resulta que lo ha complicado todo —dice Lía con los ojos humedecidos.

—No es culpa tuya, cariño —digo acercándome a ella para abrazarla—, ni siquiera tu bruja podría haber sabido cómo se iba a comportar la prensa —digo intentando calmarla.

—No puedes ni ir a ver a tus padres, Alonso —dice Lía derrotada.

—Seguro que cuando vivamos en nuestra nueva maravillosa casa las cosas cambiarán, solo hay que aguantar un poco más —intento animarla mientras la aprieto fuerte contra mi pecho.

—Necesito desaparecer, Alonso. Vamos al Refugio —dice Lía, separándose un poco de mí para poder mirarme a los ojos.

—¿No crees que tendrán gente ahí? —pregunto confuso.

—Lo dudo. Es nuestro Refugio, de ese lugar solo sabemos tú y yo —confirma Lía.

—Pues yo por mí me la juego —digo sonriendo—, pero vamos en moto —digo travieso, soltando a Lía de mi abrazo.

Lía sonríe ante mi sugerencia y asiente.

Diez minutos más tarde estamos ante la puerta del garaje con los cascos puestos y preparados para quemar rueda hasta nuestro Refugio.

La puerta se abre y hay un montón de periodistas esperando.

Al ver la moto pierden el interés, sin sospechar que somos nosotros.

Acelero antes de que lo averigüen y enfilamos la primera calle para llegar a nuestro destino.

Noto el cálido viento de verano rozando la piel de mis manos y brazos y siento cómo Lía se agarra a mi cintura.

Diez minutos más tarde llegamos sin contratiempos.

Antes de bajarme doy un largo vistazo al parking y al parque, buscando paparazzi o reporteros. Despejado.

—Vas a tener razón —digo mientras me bajo de la moto.

—¿Dime cuándo no la tengo? —contesta Lía vacilona.

—No voy a contestar —digo solemne—, sé que es una trampa —digo riendo mientras me quito el casco.

—¿Dejamos los cascos en la moto? —pregunta Lía mientras se quita el suyo.

—Sí, mejor que ir cargados —confirmo mientras abro los maleteros de la moto para los cascos.

—Alonso… —dice Lía mirando hacia el suelo—, quería que viniéramos aquí porque quería enseñarte algo —dice vulnerable.