Superestrella 111. CAPÍTULO 111
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111. CAPÍTULO 111

—Entonces la de Ciudalcampo —confirma Violeta—, ¿estáis seguros?

—Claro que sí, si la hubieras visto… —digo, mientras recuerdo la visita—. Me he imaginado ahí viviendo para siempre con Alonso —digo inocente—, es un buen sitio para formar una familia y hacernos viejos juntos.

—Eh… Vale… —balbucea Violeta.

—No es que los vayamos a tener ahora —aclaro rápidamente, dándome cuenta de la reacción de mi amiga—, no te asustes, solo quería que te hicieras una idea de lo ideal que es.

—Vale, pues voy a moverlo. Hago unas llamadas y te voy diciendo —responde Violeta, soltando un gran suspiro—, empezamos por dos millones doscientos y subimos a dos y medio máximo.

—Eso es —confirmo a mi amiga, mirándola con felicidad.

Violeta se levanta del sofá para ir a hacer las llamadas a un sitio más tranquilo, mientras que Olivia y yo nos quedamos en la sala de grabación. Últimamente Olivia no está muy centrada, no sé si es que tiene problemas con Jesús o qué.

—Oli, sabes que puedes hablar con Vi y conmigo de lo que sea —digo a mi amiga, que está en su mundo mientras retoca unos acordes.

—Sí, ¿por? —contesta mi amiga disimulando.

—¿Me vas a contar ya lo que te ha pasado con Jesús o tengo que seguir insistiendo como en el viaje de vuelta del festival?

—¡Uy, no, no, no!, suelto prenda, pero, tía, no vuelvas a repetir nunca la turra del viaje porque te juro que renuncio al sello si hace falta —dice Olivia, entre la risa y la tristeza.

—Pues cuéntame qué te pasa —digo con ternura—, no me gusta verte así.

—Lía… Hace tres semanas que me tenía que haber bajado y no lo hace —suelta Olivia sin más.

Me quedo petrificada, comprendiendo lo que acaba de decir mi amiga. Pienso a toda prisa qué decir para no dejarla en el más absoluto silencio después de la confesión.

—No te preocupes, sé que cuesta asimilarlo —dice Olivia sonriendo—, me he hecho el test y ha dado positivo —dice resoplando mi amiga—, no sé qué hacer, solo lo sabes tú.

—Hay que decírselo a Vi, tía, ella ya ha pasado por esto —comienzo a decir.

—No, Violeta tuvo a Leo porque después de la endometriosis necesitaba esa victoria —dice mi amiga con cierta amargura—, ella va a decir que para adelante, pero tú estás en mi misma situación —dice Olivia vulnerable.

—A ver, tía, es una decisión que solo puedes tomar tú, aunque yo lo primero que haría sería decírselo a Alonso —confieso, sabiendo que mi amiga no es así.

—¿Y espantar a Jesús? Gracias, pero no, gracias —dice Olivia, cada vez más atacada.

—Tía, tú lo has dicho si estás en mi situación, formando tu carrera profesional y tomas las mismas precauciones que yo… —digo pensativa—, ¿cómo narices ha podido pasar?

—¿Te acuerdas de la noche que me pillaste en el barco en la cocina?

—dice mi amiga, sin esperar la respuesta—, pues me había tomado la píldora antes de beber, mezclar y todo —explica mi amiga—, pues resulta que si vomitas la pastilla antes de tres horas, junto a que era mi semana de placebo…

—dice Olivia con las manos en la cabeza.

—No sé qué decirte, la verdad, Oli, solo que voy a estar contigo al mil por cien decidas lo que decidas.

—Eso es lo único que necesitaba oír —dice Olivia, levantándose para darme un abrazo.

—Bueno, sí, ahora que lo pienso… —digo apartando a Olivia—, ¿me estás diciendo que lo estuvisteis haciendo esa semana incluso cuando sangrabas? —pongo cara de disgusto.

—Pues claro, no iba a dejar que me ganarais —dice Olivia riéndose.

Mientras miro a Olivia, riéndome por su competitividad, mi mente me traiciona y empieza a acelerarse pensando en que podría haber sido yo.

¿Qué haría en esa situación? Estoy en lo mejor de mi carrera, un hijo…

Matrimonio todavía, pero un hijo… Me viene el vértigo por la realidad que estamos viviendo Alonso y yo, llevamos seis meses y ya nos estamos yendo a vivir juntos, ¿nos estamos precipitando?

—Lía, Oli —dice una voz que conozco desde la puerta—, tengo una idea para la portada.

—Lidia, ¿qué tal? —pregunto, contenta de que forme parte de nuestra pequeña familia corporativa—, ¿te tratan bien?

—Sí, estoy muy contenta, más allá de que cobro dos veces más de lo que cobraba en el café —dice sonriendo con satisfacción—, me siento realizada. Gracias, chicas.

—A mí no me des las gracias, dáselas a Olivia, que fue quien te descubrió —digo, dando el crédito que se merece Olivia—. Bueno, si no os importa me voy a casa, quiero estar con Alonso y que no se tire mucho tiempo solo —admito, levantándome del sillón donde estoy sentada.

—Sobrepiensa demasiado, no se lo tengas en cuenta, cuando está preocupado es así —explica Lidia—, a ver si a ti te hace caso y saca partido al título que tiene en vez de tenerlo muerto del asco en un cajón.

—No quiero presionarle con eso ahora mismo —reconozco mirando a Lidia—, me gusta dejarle el espacio que necesita para pensar —digo, mientras paso al lado de Lidia para irme.

—Pues haces bien —dice Lidia—, hay veces que es lo único que necesita.

Salgo a la calle, en la que Jorge y su equipo han creado un pasillo con vallas que llega al coche desde la entrada del estudio.

Hay tanto fans como periodistas. Consigo distinguir a varias niñas pequeñas, tienen que tener la edad de Lola, quizás más mayores.

Llevan un cartel en el que pone "Te queremos Lía".

Más allá de lo mucho que me enternecen este tipo de mensajes hoy estoy más sensible de lo normal, así que decido intentar alegrarles el día.

—Jorge —digo señalando a las niñas con la cabeza.

Mi primo entiende perfectamente lo que quiero hacer y asiente, acompañándome. Me acerco a las niñas, que son de la altura de la valla, y me agacho para hablar con ellas.

—Hola, chicas —digo sonriendo.

—¡Ah! —gritan todas con una agudeza que habría sido capaz de romper los cristales de un coche.

—¿Qué hacéis aquí en vez de en el cole, a ver? —digo en tono de broma, apoyándome en la valla.

—No tenemos ya cole —dice la más mayor con voz inocente—, estamos aquí porque queríamos verte —dice emocionada.

—¿Y no será mejor verme en un concierto, chicas? —pregunto con dulzura—, aquí hay mucho periodista, podrían haceros daño sin querer.

—Es que nos quedamos sin entradas —dice una de ellas.

—Y no nos llegaba con lo que habíamos ahorrado —dice otra.

—¿Los periodistas están aquí porque quieren que te des un beso con tu novio? —dice la más pequeña con una dulzura que me desarma.

—¡Anda!, pues a lo mejor —digo divertida—, pero no está aquí… —admito a las niñas mientras se desinflan.

—¿Qué pasa, que queríais verle? —pregunto extrañada.

—Es tan guapo —salta la mayor de ellas.

—¡Oye!, que es mío —digo riendo por lo descaradas que son.

—Mi hermana mayor dice que es como un príncipe azul —dice de nuevo la pequeña con voz inocente.

—¿Y dónde está tu hermana?, a ver si es muy guapa y me lo quiere robar —digo sonriendo.

—Aquí —contesta una niña de unos dieciséis más o menos, que está al lado de las niñas y en la cual no me había fijado hasta ahora.

—Qué os parece si os consigo unas entradas VIP para el próximo concierto en Madrid y así también le conocéis —digo, mientras cojo las cosas que la hermana mayor me da para que ponga mi autógrafo en ellas.

Al quedarme tanto tiempo hablando con las niñas, los periodistas del corazón empiezan a acercarse sin respeto ninguno.

Uno de ellos, con pocos escrúpulos por lo que veo, consigue llegar donde las niñas pequeñas, apartándolas, pisando a una de ellas sin querer y poniéndome un micrófono en la cara.

Jorge reacciona para que no se acerque más, sin esperar la reacción que me sale de las tripas.

—¡¿Qué haces, sinvergüenza?! —grito al reportero, arrebatándole el micro de las manos.

—¿Lía, es verdad que estás engañando a tu novio de ahora con Juan Castillo? —consigo oír que dice mientras Jorge le agarra y uno de seguridad se lo lleva.

La pregunta hace que me hierva más la sangre y, sin pensarlo, aprieto fuerte el micro del periodista y lo reviento contra el suelo con la furia que llevo acumulando estos días por el menosprecio sistemático hacia Alonso.

Según el micro impacta en el suelo rompiéndose en mil pedazos, la prensa avanza empujando las vallas.

Mi equipo de seguridad reacciona intentando empujarlas de su lado, dejando a las niñas entre dos fuerzas cruzadas.

—¡Las niñas, Jorge, joder! —grito furiosa, avanzando hacia la valla intentando abrir un hueco para que las niñas pasen.

La sangre se me calienta tanto que algo dentro de mí me pide que lo suelte y eso hago.

—¡Basta! —digo con un grito que me desgarra la voz y hace que todo el mundo se quede paralizado—, ¡¿queréis una exclusiva de mi relación?

! —digo furibunda mientras pongo a las niñas detrás de mí—, ¡aquí la tenéis!

—escupo las palabras—, ¡dejad de relacionarme con el cerdo de Juan Castillo e intentar hacer de menos a Alonso por ser un tío normal!

¡¿Queréis saber por qué le elijo a él por encima de los millones que tienen muchos otros?

! ¡Porque él es el único hombre en esta sociedad podrida que tenemos que me ama por lo que soy, no por lo que valgo o lo que represento!

¡Porque es el único hombre que cuando me mira a la cara es capaz de verme a mí, a Lía, a la persona que realmente soy!

¡El único que me ve de verdad! ¡Y aun así me ama!

¡Así que dejad de compararle con hombres que no le llegan ni a la suela del zapato, porque me tenéis hasta los cojones de comparaciones!

Todos se quedan mudos, no sé si por la sorpresa o por qué. Jorge por fin reacciona y me lleva hasta el coche. Justo antes de que cierre, asomo la cabeza y miro a las niñas.

—¿Habéis venido con vuestros padres? —pregunto aún alterada.

—No, en metro —responde la de dieciséis.

—Subid que os llevamos a casa.