Superestrella 110. CAPÍTULO 110
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110. CAPÍTULO 110

—¿Estás listo? —me pregunta Lía en la puerta de casa—, es la primera vez que nos van a pillar a los dos juntos en la calle —dice preocupada.

Sonrío con una calma que sé que la está poniendo nerviosa. Hay algo en lo que ella no ha caído aún y estoy disfrutando de lo lindo con lo atacada que se está poniendo con mi calma y mi relajación.

—Tranquila, respira —digo con tanta calma que casi veo cómo le tiembla un ojo.

—¿Se puede saber cómo puedes estar tan tranquilo? —pregunta enfadada, sacando el dedo índice acusatorio.

—Lía, lo único que me preocupa es que me mandes la ubicación al móvil para ir a ver las casas —digo como si no existieran más problemas en el mundo.

—Pero ¿tú te has drogado o qué? Sabes la que nos espera según salgamos al coche —dice estresada, como si no fuera consciente de ello—, van a ir a por ti a muerte, vas a escuchar preguntas muy desagradables.

—Lía, tranquila de verdad —digo llegando al límite de su paciencia. Justo cuando sé que me va a insultar en castellano-argentino se lo aclaro todo—, recuerda que tengo garaje y salimos desde ahí —digo abriendo la puerta, dirigiéndome hacia la planta sótano del edificio, dejando a Lía sin palabras.

Una vez en el coche me pongo nervioso. En cuanto se abra la puerta tengo que ir despacio para no atropellar a nadie.

Esto me pone de los nervios. Parece que no tienen aprecio a su vida.

Todo con tal de sacar una foto que pueda ser mal interpretada.

Afortunadamente, en cuanto se abre la puerta del garaje tardan en reaccionar y me da tiempo a salir con relativa normalidad.

—Vale, ubicación, por favor, señorita copiloto —digo relajado mientras entrego mi móvil con la aplicación de mapas abierta.

—Pues vamos primero a Ciudalcampo, esa casa me da buenas vibes —dice Lía con la mirada iluminada.

—Pues pon la dirección y vamos para allá —digo mientras conduzco hacia una glorieta que sé que tiene salida hacia la autopista del norte.

—Quiero decirte algo, pero no quiero que te vuelvas loco y te enfades —dice Lía mientras escribe la dirección de la casa en el móvil.

—Si empiezas así la conversación —digo apartando un segundo la mirada de la carretera—, me da la sensación de que sabes que me voy a enfadar, pero me lo vas a decir igualmente —digo sonriendo hacia el parabrisas delantero.

—Vente conmigo a Argentina… —dice Lía sin más.

—Como las tiritas —digo, abrumado por las connotaciones de esa frase—, del tirón para que no duela, ¿eh? —aclaro mientras vuelvo a apartar la mirada un momento de la carretera para mirar a Lía.

—He pensado que ya que… —hace una pausa buscando las palabras adecuadas— tienes tiempo ahora… Pues mejor pasarlo juntos allí en Argentina —dice Lía en voz baja, casi disculpándose—, así conoces al resto de mi familia.

—No sé —digo intentando controlar las emociones que está desatando esta conversación.

—Mi tía seguro que te dice que para cuándo la boda —dice riendo Lía—, le encantan las bodas —aclara mientras apoya el móvil en el hueco que hay entre el centro de control y las marchas—, tienes que conocerla.

—Lía… No sé si es buena idea presentarme a tu familia estando en paro, sin tener oficio ni beneficio —digo con una sinceridad que creo que ha ofendido a Lía.

—Alonso, para mí eres más que lo que haces o a lo que te dedicas —dice un poco enfadada—, para mí eres lo que me aportas y me haces ser cuando estoy contigo —dice, haciendo un chasquido con la boca, molesta.

—Relájate, fierecilla —digo riendo y arrepintiéndome al instante.

Lía me pega un puñetazo en el hombro que voy a recordar durante años.

—A mí no me digas que me relaje —dice seria mientras se vuelve a colocar en el asiento.

—Joder, cómo te pasas —digo soltando el volante, sosteniéndolo solo con una mano para con la otra tocarme el hombro del golpe—, vale, iré a Argentina contigo…

La verdad, tampoco me hacía mucha gracia que mi refugio me abandone durante dos meses —digo vulnerable—, además, desde que no trabajo intento mantener mi mente ocupada, si no, se me va la mente a pensamientos que… Bueno, prefiero no tener.

—Tu abuelo… —susurra Lía.

—Sí, le echo de menos —digo con la voz temblorosa—, sería muy feliz viendo todo lo que estamos haciendo juntos. Sé también que le fliparía la casa que terminemos comprando y que la querría inaugurar con una de sus famosas paellas o barbacoas —digo con un sentimiento agridulce en el pecho.

—Podemos hacerla igual, en su honor —propone Lía—, si quieres, en mi familia tenemos una costumbre…

—dice mirando por la ventana—, encendemos un farolillo y escribimos una nota con todo lo que queremos decirle a la persona que se ha ido —dice Lía, mientras las palabras empiezan a amontonarse en su garganta—, quemamos la nota en el fuego del farolillo y lo liberamos para que todo lo que queremos decirles se consuma y libere de la misma manera.

—Me parece muy buena idea —digo mientras un escalofrío recorre mi espalda—, hay muchas cosas que me quedaron por decir a mi abuelo.

—Lo sé, cariño —dice Lía mientras me agarra la nuca con una mano—, a mí también me quedaron algunas.

—Bueno, vamos a cambiar de tema porque menudo bajón —digo intentando animarnos—, que vamos a comprar una casa juntos. Creo que es algo bonito y alegre.

—Tienes razón, vamos a por esa casa —dice Lía animada—, aunque que sepas que me gustaba más la de casi ocho millones de euros —dice, quedándose tan ancha, como si fuera calderilla.

—Claro, y pides una hipoteca tú también, te arruinas por comprar una casa, menuda empresaria estás hecha —digo negando con la cabeza.

—No me iba a arruinar —dice Lía, segura con una sonrisa que no termino de identificar.

—Claro, porque tienes seis millones de euros vendiendo todo lo que tienes. Te compras una casa de ocho y no te arruinas —digo recalcando la obviedad y la lógica de mi planteamiento.

—Cariño —dice Lía como si le hablara a un niño inocente—, ¿de verdad te crees que la gente le dice realmente el patrimonio que tiene a Broncano?

—Eso ¿qué quiere decir? —contesto incrédulo—, ¿que tienes más de seis?

—Mucho más —responde Lía, dejándome la sangre helada por un momento.