Superestrella 106. CAPÍTULO 106
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106. CAPÍTULO 106

Llego al trabajo un poco antes como siempre, lo bueno del turno de mañana es que la prensa no suele ser muy madrugadora.

Cuando llego a la puerta de la cafetería hay apenas cuatro o cinco reporteros.

Entro sin que me molesten demasiado. Cuando entro me encuentro con Alberto, el nuevo chico que ha contratado Marcos.

El problema es que no le toca en este horario.

—Alberto, creo te puse que vinieras por la tarde, no me fastidies que me he equivocado y te puse por la mañana al final.

—Qué va, Alonso, es que ayer me dijo Marcos que viniera por la mañana —contesta el chaval, sincero.

—Está bien, voy a hablar con Marcos porque ahora se me desajustan los horarios un poco.

—Es verdad, me ha dicho que si te veía te dijera que quería hablar contigo —me dice Alberto, dándose en la frente con la mano.

—Vale, gracias.

Voy al despacho de Marcos, no suele ser normal que esté a primera hora de la mañana y menos aún que me cambie los horarios del personal.

Abro la puerta del despacho y entro. Veo cómo Marcos está concentrado en el ordenador mientras mira unos papeles también en la mesa.

En cuanto se percata de mi presencia se pone tenso. Esto no me gusta.

—Alonso, pasa, siéntate —me dice alargando una mano hacia la silla que está enfrente de su escritorio.

—¿Pasa algo? —pregunto confuso—, ¿por qué has cambiado a Alberto de turno?, ahora me has desajustado el horario, Marcos —le digo a modo de bronca.

—Verás, Alonso, le he cambiado porque nos va a hacer falta por la mañana… —dice Marcos evitando el contacto visual directo—, la cosa es que esto me resulta muy difícil, pero los negocios van primero —dice más para sí mismo que para mí.

—Marcos, ¿qué pasa? —pregunto sospechando lo que me quiere decir.

—Alonso, con la prensa en la puerta esta última semana las ventas han caído muchísimo, y no podemos permitirnos después de la reforma un mes malo —dice Marcos armándose de valor y mirándome a los ojos—, por lo tanto tengo que extirpar el origen de mis problemas de raíz, eres uno de los mejores encargados que he tenido y me duele decir esto, pero he decidido que a partir de hoy no sigas formando parte de la empresa —suelta la bomba Marcos.

Una sensación de impotencia y rabia me sube desde el estómago hasta la garganta, el cuerpo me pide levantarme y darle un guantazo por tan estúpida decisión, y la mente me pide que le grite y le insulte. Afortunadamente mi sentido común se hace con el control.

—Firma los papeles, por favor, no te deseo ningún mal, Alonso, de verdad, pero si no te despido a ti tendría que echar a todos los demás porque me obligarían a cerrar.

—Bueno, si así te sientes mejor —digo con rabia contenida—, piensa lo que quieras —digo mientras firmo los papeles del despido con un “no conforme” justo antes.

—Alonso, no has hecho nada malo pero, así son los negocios…

—Marcos, no digas nada más, recojo mis cosas y me voy —digo saliendo por la puerta con un nudo en el estómago de rabia y frustración.

Y eso hago, recojo las cosas de mi taquilla y las guardo en una bolsa de plástico que siempre tengo en la misma por si se me olvida traerme la mochila.

Miro el vestuario donde nos cambiamos con melancolía.

Salgo cargado con la bolsa hasta las mesas donde los clientes se sientan, echo un último vistazo y salgo por la puerta poniendo la cara más insensible que puedo, para que los siete u ocho reporteros que hay en la puerta ahora no averigúen lo que ha pasado y Lía tenga que enterarse a través de ellos.

Salgo por la puerta y voy a toda prisa hasta mi coche.

Me monto, arranco y empiezo a conducir hacia casa.

Intento despejar mi mente de todo rastro de los sentimientos de frustración, rabia o impotencia que ahora mismo me rondan.

Cuando por fin lo consigo comienzo a solucionar el mayor problema que se me plantea ahora mismo.

Tengo paro, pero tengo que trabajar en otra cosa, el problema es que tiene que ser algo que no sea de cara al cliente, la prensa me la volvería a liar…

Otro pensamiento me viene de pronto. Lía.

No puede enterarse, montaría en cólera e intentaría por todos los medios solucionarlo.

Por dentro se sentiría como la peor de las personas y eso no puedo hacérselo.

Tengo que llamar a Violeta y que me prometa que no se lo va a decir.

Entre todos estos pensamientos llego a casa, menos mal que tengo garaje.

Entro por la puerta sintiendo el inmenso silencio que reina en la casa y que yo he roto.

Me siento un extraño en mi propia casa ahora mismo, no debería estar aquí, pero a la vez, es mi único refugio, ni siquiera nuestro parque se podría librar del acoso sistemático de los medios del corazón en este país.

Me tiro en el sofá y por fin libero todas las emociones que llevo conteniendo desde la cafetería.

Doy un grito largo que se transforma en lágrimas de dolor por haber perdido algo por lo que llevaba luchando años.