Superestrella 105. CAPÍTULO 105
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105. CAPÍTULO 105

Termino de cantar mi colaboración y la gente se vuelve loca, vamos con la segunda y última canción de este festival para mí. En cuanto baje del escenario voy a poder llamar a Alonso, llevo dos días sin hablar con él porque me sale todo el rato el buzón de su teléfono.

—Bueno, gente, vamos con un tema inédito hoy —digo con una sonrisa, mientras escucho al público rugir de emoción—, es una canción muy especial que habla de la montaña rusa de sentimientos que es el enamorarse y lo importante que es elegir a la persona adecuada —la gente hace un pequeño silencio—, esta va por ti, cariño, una más, te quiero, Alonso —según pronuncio esas palabras, el público se vuelve loco en un solo grito ensordecedor, confirmando que les encanta mi declaración—, allá va, gente —consigo decir—, “Montaña Rusa”.

Nos conocimos sin promesas,

con risas prestadas y algún miedo escondido,

yo llevaba el mundo a cuestas,

tú me enseñaste

a reírme del ruido.

Café frío, noches largas,

confesiones que no salen en canciones,

cuando todo se caía a pedazos

tú eras calma en mis decisiones.

Y aunque el tiempo a veces duela,

aunque el camino no sea igual,

sé que si me tiembla el suelo

tu mano me va a sostener igual.

Porque estás, cuando gano y cuando pierdo,

cuando el mundo me cierra las puertas

y no sé cómo volver.

Porque ves más allá de la fama,

del dinero,

porque me ves a mí primero…

Y decidiste subirte a esta montaña rusa,

conmigo.

Risas compartidas,

sueños por cumplir,

si me pierdo buscando mi norte

sé que te voy a encontrar a ti.

No hacen falta explicaciones,

con mirarnos todo tiene sentido.

Porque estás, cuando gano y cuando pierdo,

cuando el mundo me cierra las puertas

y no sé cómo volver.

Porque ves más allá de la fama,

del dinero,

porque me ves a mí primero…

Y decidiste subirte a esta montaña rusa,

conmigo.

Seremos un amor del día a día,

seremos todo lo que necesitamos

y nunca olvidaremos el porqué nos elegimos.

Porque estás, cuando gano y cuando pierdo,

cuando el mundo me cierra las puertas

y no sé cómo volver.

Porque ves más allá de la fama,

del dinero,

porque me ves a mí primero…

Y decidiste subirte a esta montaña rusa,

conmigo.

Acabo la canción, la gente aplaude y salta de la emoción.

Observo a toda esta gente que disfruta de mi arte, felices por haber podido escuchar una canción exclusiva de mi nuevo disco.

Y me doy cuenta una vez más de que, como dice Alonso, mi arte está teniendo eco.

No podría sentirme más orgullosa y feliz en estos momentos.

Hemos superado todos los obstáculos que nos ha ido poniendo la vida y, sobre todo, los que nos hemos puesto nosotros mismos.

Tengo un subidón de aúpa ahora mismo y quiero compartirlo con él.

Bajo del escenario despidiéndome de todo el público, que ahora mismo vitorea mi nombre al unísono.

Llego a la parte de atrás del escenario, donde me esperan Olivia y Violeta.

—Bueno, Oli, creo que una canción más y el marketing del disco está más que listo.

—Y yo que creía que iba a ser un suicidio —reconoce Olivia feliz.

—Has estado increíble —dice Violeta abrazándome.

—Necesito llamarle y compartirlo con él —digo a mis amigas feliz—, ¿habéis podido contactar con él? —pregunto preocupada.

—No, he hablado con Enrique —me calma Violeta, separándose de mí—, dice que va a trabajar como siempre aunque en la puerta siempre hay un montón de prensa y los clientes tienen que atravesar la pelota de reporteros que se monta —dice mi amiga, encogiéndose de hombros.

—Si esta noche no consigo hablar con él, mañana mismo vuelvo a Madrid —digo con firmeza.

—Lía… No podemos hacer eso —contesta Olivia—, tenemos compromisos que si no cumplimos nos pueden demandar y arruinar el sello —dice preocupada.

—Está bien —respondo enfadada—, ya pensaremos algo —digo mientras me marcho.

Me dirijo hacia el camerino pensando a mil por hora, preguntándome qué podría estar pasando.

Entro a la sala y en el tocador veo un paquete pequeño.

Perfecto, ya ha llegado el regalo que he encargado para Alonso.

Abro la caja y paso mis dedos por el regalo.

Es perfecto. Sonrío pensando en la reacción de Alonso cuando se lo dé.

Cojo el teléfono, lo desbloqueo y le llamo.

Nada, salta el buzón directamente. Como que me llamo Lía Romero que, en cuanto pueda hablar con el pelotudo de Alonso, le va a llover toda mi mala sangre.

Llega la noche y me voy a la cama, miro el móvil una última vez a ver si me ha escrito.

No hay nada, ni una sola notificación. Suelto un suspiro largo, dejo el móvil en la mesita cargando y me acomodo en la cama, dándole la espalda al teléfono.

Intento cerrar los ojos y calmar mi mente.

De pronto recibo tres o cuatro mensajes seguidos.

Son avisos de disponibilidad del número de Alonso.

Miro durante un minuto la pantalla, debatiendo internamente si llamarle o no.

Seguramente ahora que tiene cobertura o le funciona la línea reciba las más de diez llamadas perdidas que le he hecho en estos días.

Busco su contacto en mis favoritos, miro el botón de llamada.

Y, justo cuando me decido a pulsar, vibra el teléfono en mi mano con el nombre de Alonso.

Atiendo la llamada rápidamente y automáticamente la cámara delantera de mi teléfono se pone a grabar.

—¿Alonso? —pregunto aún sin ver una imagen clara de su cámara.

—Lía —escucho que dice Alonso—, ¿me ves bien?

Toda la mala leche que tenía encima se disipa en un segundo según escucho mi nombre saliendo de su garganta.

—Alonso, ¿estás bien? —pregunto preocupada mientras veo cómo la cámara por fin le enfoca y puedo verle con claridad.

—Sí, perdona —se disculpa Alonso—, después de lo del aeropuerto me entró un poco el pánico y no quería mirar el móvil.

—¿Es muy grave? —pregunto con dulzura.

—Entre todas mis redes sociales… Más de mil nuevas peticiones de amistad y chorrocientos nuevos mensajes privados —admite con una sonrisa amarga Alonso.

—Cuando vuelva a Madrid nos reunimos con Violeta y Jorge y diseñamos un plan de actuación al detalle, cariño, lo siento… —intento disculparme.

—Vale, no te preocupes —intenta calmarme Alonso, aunque no le funciona muy bien el tono decaído que tiene—, sé que la llamada no ha sido muy larga, pero tengo que llamar a mis padres y explicarles todo, Lianta —me explica sonriendo—, quería llamarte la primera…

Te he echado de menos pero, ya me conoces…

Necesito estar solo para pensar y calmarme.

—No te preocupes —digo con ternura—, lo entiendo, pero prométeme que mañana sí que hablamos mucho más, quiero contarte un montón de cosas y cotilleos —digo sonriendo, intentando animarle.

—Te lo prometo, Lianta, te quiero —contesta Alonso, justo antes de colgar.