101. CAPÍTULO 101
Llego hasta Alonso en el borde de la cama.
Coloco una mano en cada pernera de su pantalón corto y tiro para sacárselo de un solo movimiento, dejándole completamente desnudo.
Así es como más me gusta verle. Me siento a horcajadas sobre él.
Noto su respiración agitada. El conjunto ha funcionado a la perfección.
Sonrío sabiendo que ahora mismo es total y completamente mío.
Apoyo mis caderas completamente sobre las suyas y, con movimientos suaves y calculados, empiezo a rozar mi centro contra su dureza.
Alonso suelta un gemido sordo y echa la cabeza hacia atrás.
Me encanta que se vuelva tan loco conmigo.
Le agarro la cabeza y le obligo a mirarme.
Uno mis labios con los suyos con una delicadeza que sé que le descoloca estando tan agitado.
Continúo dándole besos largos, deleitándome con el contacto de nuestros labios, sintiendo cada contacto de su piel con la mía.
Continúo moviéndome, notando cómo está deseando entrar en mí.
Rozo con mi sexo una y otra vez toda su longitud, dándome tiempo a volver a lubricar gracias a nuestra excitación.
—Lía, por lo que más quieras —dice Alonso desesperado—, déjame entrar, no puedo más.
—Aún no —digo sensualmente, silenciando su boca con la mía.
Alonso recorre mi espalda con sus manos.
Desde mi trasero hasta mis hombros, parándose levemente en el body hasta que vuelve a encontrar mi piel desnuda.
Sé con una seguridad aplastante que ahora mismo el conjunto le está sobrando.
Noto cómo cada vez estoy más sedienta de él, pero quiero tomármelo con calma.
Puede que hoy solo lo hagamos una vez y prefiero que sea memorable antes de que haga saltar todo por los aires.
Cuando le diga que quiero gritarle al mundo entero, que es el único hombre al que quiero en mi cama y en mi vida.
No quiero perder el control aún. Paro en seco mis movimientos para mirarle a los ojos y pasarle la yema de mi pulgar por sus labios.
—Te amo —le digo, desnudándome más aún de lo que alguna vez lo hemos hecho.
—Te amo —contesta Alonso, recuperando por un breve instante la cordura.
En el instante en el que escucho esas palabras de sus labios me llena la felicidad y hago justamente lo único que llevo toda la noche evitando desde que hemos entrado en el camarote, pierdo el raciocinio.
Le beso con una furia obscena, devorando cada milímetro de su boca, ocupando cada espacio vacío dentro de ella con mi lengua.
Me muevo desesperada, dejándome caer una y otra vez sobre él hasta que consigo hundir toda su hombría dentro de mí en un movimiento que hace gruñir a Alonso y a mí gemir de puro placer por haberle encontrado por fin.
La ola de placer que estalla dentro de mí me hace volver a recuperar algo de cordura.
En vez de moverme con la urgencia que tanto mi cuerpo como Alonso me piden, empiezo a mover mis caderas lentamente, usando solo mi cintura sin ayudarme por mis piernas.
Alonso gruñe de nuevo quejándose por el cambio de ritmo, pero volviéndose loco cuando nuestros dos sexos se juntan y separan rítmicamente con el movimiento delicado de mis caderas.
Alonso pone sus manos en mi cintura en un intento desesperado de controlar algo el ritmo.
No le dejo. Gruñe de nuevo y, en vez de acelerar el ritmo, usa la fuerza de sus manos para intentar que cada empellón llegue más profundo.
Gimo al final de cada vaivén que llega cada vez más profundo por la fuerza de sus manos apretando mi trasero contra sus caderas.
Al verse totalmente sometido a mi voluntad, Alonso prueba un último intento de recuperar algo de control, empieza a besar mis pechos hasta que llega a los pezones que muerde sutilmente, provocando pequeñas descargas eléctricas de placer en mi pecho.
Me desconcentra lo suficiente como para que, con una fuerza que no sé de dónde saca, cambie las tornas consiguiendo darme la vuelta, apoyando mi espalda sobre la cama.
Pone esa maldita sonrisa suya que me vuelve loca cuando se pone encima de mí.
Ha conseguido darme la vuelta, pero aún tengo más ases bajo la manga.
Sin pensárselo dos veces, vuelve a juntar su hombría con mi centro, pero, en vez de dejarse llevar por la pasión animal que nos caracteriza, lo hace con movimientos suaves y delicados que ahora me torturan a mí.
Cierro los ojos y me dejo llevar por sus movimientos lentos y profundos que me hacen arquear la espalda cada vez que siento una embestida.
Recorro su espalda desnuda con mis manos, asiendo mis manos a ella cada vez que cae sobre mí el placer de sus movimientos.
Si sigue así, no voy a tardar en irme. Alonso acelera ligeramente sus movimientos, haciendo que mi punto de ebullición llegue al límite.
En el momento en el que él siente que estoy en pleno apogeo, sale de mí para estimular con sus manos mi sexo del cual salen despedidos varios chorros que le empapan parcialmente a él y dejan la cama perdida de mí.
Alonso sonríe satisfecho. Esto aún no ha acabado.
Aprovecho que se ha quitado de encima y, recuperando el aliento, me levanto de la cama.
Lee perfectamente mis intenciones y se sienta con la espalda apoyada en el respaldo.
Avanzo hasta él con las piernas aún temblando y con esa maldita sonrisa suya asomando en sus labios.
Me siento encima de nuevo, a lo que veo que Alonso asiente levemente, pero, según me siento encima, me doy la vuelta y le doy la espalda.
Alonso suelta una pequeña risa por lo bajo, confirmando que le gusta lo que ve y, sobre todo, lo que hago.
Coge con una de sus manos su hombría y la guía hasta la entrada de mi sexo.
Al notarlo no me lo pienso y bajo mi cadera en un movimiento seco, sintiendo una vez más cómo nos unimos por las caderas.
Esta vez no me contengo y empiezo a moverme con firmeza.
Acelero los movimientos de mi cadera, llevada por la excitación de sus gruñidos sordos cada vez que completo un vaivén.
Me está excitando tanto que estoy otra vez a punto de estallar, pero no quiero volver a hacerlo sin que él también lo haga.
Lo intento, pero mi sangre cada vez me quema más.
Me dejo ir con un gemido de placer y frustración.
Él se ríe y gime mientras mis espasmos arquean mi espalda y, entonces, lo siento, Alonso libera toda su excitación dentro de mí.
Vuelvo del baño después de darme una pequeña ducha rápida con Alonso y limpiarme los restos de nuestro encuentro.
Él está terminando de cambiar las sábanas.
Le miro con intensidad, estudiando cada movimiento que hace.
Continúa estirando las telas, ajeno a la intensidad con la que lo miro, ajeno al fuego que siento en el pecho y ajeno a la charla tan importante que tenemos que tener.
Me acerco a él y le doy un beso corto y lleno de amor.
Me tumbo en la cama y él hace lo mismo. Cuando Alonso se tumba en su lado, me acerco a su cuerpo y me acurruco junto a él.
Y así, en mi otro refugio, sintiéndome protegida, es cuando me siento suficientemente valiente como para proponerle un plan descabellado.
—Alonso… —digo aún con el estómago apelmazado de los nervios—, ¿qué te parecería si lo hiciéramos público?
—¿El qué? —responde ubicándose—, ¿lo nuestro? —pregunta inseguro.
—Sí, lo nuestro.