100. CAPÍTULO 100
Lía me arrastra hacia la piscina con urgencia.
Todos nuestros amigos se han ido cada uno a su camarote, pero Lía me ha arrastrado hacia la piscina en cuanto el grupo se ha dispersado.
Lía se quita con sensualidad mi sudadera quedando completamente desnuda en la parte superior de su cuerpo dejando solo las braguitas de su biquini puestas.
Miro alarmado a todos lados por si alguien la pudiera ver.
Ella nota mi inquietud y se ríe mientras se quita la braguita también.
—¡Pero qué haces, loca! —digo en voz baja, mientras ella me ignora y se tira a la piscina.
—Ven —dice Lía con una voz magnética mientras me hace el gesto con el dedo índice de manera provocativa—, lánzate al vacío —dice juguetona.
—No sé qué te ha dado —digo negando con la cabeza—, pero bueno, muy tonto tendría que ser para rechazar lo que me estás proponiendo —digo sonriendo mientras me desvisto en un par de parpadeos.
Lía sonríe con perversión y me lanzo al agua. Nado hasta ella y la beso. Lía se agarra a mí para besarme con más pasión. No puedo en el agua con el peso de ambos y me hundo. Se ríe de la aguadilla involuntaria que me acaba de hacer y nada hasta el borde de la piscina.
—Aquí mejor —dice mordiéndose el labio inferior, haciendo que me hierva la sangre.
Nado sin pensármelo hasta ella, llevado por el deseo.
Vuelvo a besarla, pero en esta ocasión me agarro al borde.
Lía vuelve a agarrarse a mí y esta vez, con el soporte del borde, consigo no hundirme.
En cada beso que nos damos noto cómo sus labios forman una sonrisa.
Lía rodea mi cadera con sus piernas y mi dureza empieza a rozar y tantear su sexo con cada movimiento de su cintura.
Seguimos besándonos, ajenos a quién pueda o no vernos.
Y, sin buscarlo, me introduzco dentro de ella.
—Ah, me haces daño —susurra mientras deja de moverse.
Salgo de ella con delicadeza y la miro a los ojos con intensidad.
—Si quieres paramos —digo con dulzura.
—No, me apetece mucho —dice, guiando con su mano mi longitud otra vez directamente hacia su centro.
Me estremezco y me dejo llevar. Después de cada empellón miro a Lía, pero no tiene cara de estar disfrutando. Sigue haciéndole daño, pero no quiere admitirlo. Sin pensármelo, dejo de moverme y me alejo de ella.
—¿Qué haces? —pregunta confundida y vulnerable Lía.
—Amor, no estás disfrutando y no quiero seguir haciéndote daño. Vamos al camarote, anda, ya innovaremos en otra ocasión —digo saliendo de la piscina y poniéndome el pantalón corto nada más.
Lía resopla decepcionada. En el fondo sabe que llevo razón.
Sale de la piscina recuperando un poco el pudor que parecía haber abandonado en la piscina.
Le lanzo mi sudadera. Se viste con agilidad y coge la parte de abajo de su bañador.
Se cruza conmigo echándome una mirada indignada.
Sé que en realidad me lo agradece, pero odia no salirse con la suya y menos aún no llevar razón.
Vuelvo a la habitación y Lía no está. Frunzo el ceño.
Juraría que la he visto entrar. Miro la puerta del baño y está cerrada.
Me dirijo a ella y, cuando intento abrirla, el pestillo está echado.
—¿Lía, estás bien? —pregunto preocupado mientras llamo a la puerta.
—Sí, dame un momento —contesta mientras escucho cómo se queja.
—El agua no favorece a la lubricación —digo preocupado—, sal y te ayudo con métodos naturales —digo poniendo el tono más seductor que puedo.
—Vete a la cama, ahora salgo —dice Lía, más como una orden que una petición.
Resoplo y le hago caso. Cuando se pone cabezona lo mejor es no discutir con ella, al final terminará entrando en razón.
Me siento en el borde de la cama. La puerta del baño se abre.
¡Hostias! No me jodas. Qué conjunto, madre mía.
Se me van los ojos recorriendo todo su cuerpo sin saber por dónde empezar y con ningunas ganas de terminar de hacerlo.
—¿Y bien? —dice Lía, poniendo una pose sexy en la puerta—, ¿te gusta?
Por fin mi mente se centra e intento memorizar en un par de parpadeos la escena con la que ahora mismo mis ojos se están deleitando.
Lía se ha puesto un body de encaje blanco con transparencias.
Lleva también unas medias blancas de encaje unidas por los muslos con unas ligas y, lo que más me ha gustado, donde deberían ir unas braguitas o algo, no hay nada.
De pronto me lanza algo. Reacciono por instinto y cojo al vuelo lo que me ha lanzado. Son las braguitas.
—Quería ponérmelas, pero estoy deseando poder estrenar el resto contigo, así que eso que adelantamos —dice mientras anda hacia mí con sensualidad.
Joder, esta mujer me vuelve loco. Con cada paso que da acercándose a mí, una certeza se va instalando cada vez más profunda en mi mente. Es ella. Mi ikigai .
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